La tarde había caído con una pesadez extraña. El cielo estaba gris, cargado, como si anunciara algo que aún no terminaba de suceder. Michell salió de la empresa más tarde de lo habitual. La discusión con Octavio seguía latiendo en su pecho, incómoda, persistente. No había sido solo lo que él dijo. Había sido lo que no dijo. Y eso dolía más. Caminó hacia su auto con la mente llena de pensamientos que no lograba ordenar. Abrió la puerta, se sentó y apoyó las manos en el volante. Cerró los ojos. —Esto se está saliendo de control… Respiró profundo. Pero no logró calmarse. Encendió el auto. No notó el vehículo oscuro estacionado a unos metros. No notó las miradas. No notó nada. A varias cuadras de ahí… Octavio estaba al teléfono. Su tono era distinto. Más frío. Más directo. —

