—¿Qué le ha parecido la chica, mi lord? —preguntó Timotti cuando llegamos a la residencia. Parecía genuinamente interesado en conocer mi opinión, aunque de saber el contenido de la carta que mi hermano sostenía entre sus manos no estaría tan dispuesto a esperar palabras amables de mi parte.
—Tiene belleza y distinción —respondí—. Pero carece de título.
—Eso no será un problema para Su Excelencia —señaló de inmediato—. Si decide cortejarla y después desposarla, ella será la duquesa. Además, su dote y educación no le envidian nada a la de la hija de un conde o un marqués.
La próxima duquesa…
Solo pensarlo me puso de mal humor, así que despedí a Timotti poniendo como pretexto el cansancio. El anciano se marchó dejándome solo en el enorme estudio, frente al retrato de mi hermano. No iba a reprocharle nada; siempre fue demasiado sentimental, pero una mujer de tal calaña habría hecho temblar hasta al hombre más frío.
—Hoy la vi —dije, acompañado únicamente por el silencio—. Debiste buscar a otra mujer. No debiste hechizarte con su belleza; si tan solo la hubieras olvidado… estarías aquí y yo en Escocia o en Francia.
Ni en mis sueños más oscuros me veía soportando la presión de ser llamado Su Excelencia. Había sido educado de la misma manera que él, pero siempre fue Arthur quien destacó en los deberes administrativos. A pesar de no ser presuntuoso, parecía sentirse orgulloso de ser duque; le encantaba el poder y la riqueza, aunque eso no lo convirtió en un hombre soberbio, si bien muchos argumentaban que cierta fortuna otorgaba el permiso de tener orgullo.
—¿Alguna vez has pensado en quedarte en Londres, Christopher? —me preguntó mientras jugueteaba con su fusta sentado sobre el césped verde, aquel día en que habíamos cabalgado por aquellas extensas tierras que papá había acrecentado con tanto ímpetu.
Negué.
—Convivir con una sociedad tan hipócrita no es lo mío. Prefiero tierras lejanas como Escocia, por ejemplo —él sonrió. Desde pequeños habían comentado que conservábamos cierto parecido, aunque no había nada más alejado de la realidad, o al menos eso me parecía a mí. Llevó su palma a mi hombro y lo palmeó en varias ocasiones.
—Siempre has sido un alma libre y salvaje, hermano, pero no eches en saco roto los deseos de nuestro padre. Cásate con una buena mujer y ten hijos. Recuerda que tu parte de la herencia siempre será administrada con cuidado por mí hasta que estés establecido —sus palabras me tranquilizaron; sabía que podía confiar en él plenamente.
—Vamos, no seas tan aburrido. Eres el mayor, ¿y quieres que sea yo quien se case primero? —le reproché—. Predica con el ejemplo, Arthur; eres mi hermano mayor, después de todo.
Él guardó silencio por unos segundos. Sus ojos permanecían fijos en el horizonte con la serenidad que lo caracterizaba.
—¿Crees que no lo he pensado? —preguntó de manera reflexiva. Recogió las piernas y las abrazó contra su pecho—. Podría casarme con cualquier mujer; estoy seguro de que ninguna se negaría. Pero no es tan sencillo. Londres es una ciudad llena de ambiciones. Me gustaría casarme y compartir mi vida entera con alguien de quien esté verdaderamente enamorado. El gusto es el encanto de un instante, pero el amor verdadero debe durar toda la vida. ¿No es así?
Tragué saliva al escuchar la seriedad con que mi hermano mayor hablaba del amor.
—Esto es Inglaterra; no todo debe girar en torno al amor. Es algo banal —dije intentando restarle importancia. Él guardó silencio con un gesto acongojado y después llevó la mano al bolsillo. Me tendió una carta. Estaba tan vieja y arrugada, y el papel tan amarillento, que supe de inmediato que era antigua.
14 de junio de 1810
Mi querida Anne:
Mi corazón no para de doler. La distancia entre nuestros cuerpos y la cercanía de nuestras almas y sentimientos me vuelve loco. Tu corazón debe estar roto, y me he tomado el atrevimiento de ofrecerte estas líneas para que no pienses que el amor que te profeso es falso. Mi deber como duque es mantener mi linaje por sangre, y el deber de Catherine es darme los hijos que mi estatus exige para conservar la dinastía Maxwell. El anuncio de su segundo embarazo me ha tomado por sorpresa, pero es un acontecimiento que me gustaría que bendijeras, porque si este segundo bebé es varón, reafirmará la seguridad de mi ducado. Mi hermosa diosa, dueña de mi corazón y mis pensamientos: te amo y te amaré hasta la eternidad.
Sir William Maxwell
Apreté la carta entre mis manos, presa de los recuerdos. Mi padre jamás amó a mi madre, y tampoco se molestaba en ocultar a su amante ante ella. Madre lo aceptaba de la mejor manera posible, pues sabía que, aunque él amara profundamente a otra mujer, nunca podría divorciarse de ella. Ese bebé del que hablaba la carta no era otro que yo.
—¿Ahora lo entiendes? —musitó en voz baja—. Padre nunca amó a nuestra madre, y en mis recuerdos conservo su rostro lleno de congoja. Ella sí lo quería, pero él no la amaba ni con la décima parte de la intensidad con que ella le profesaba sus sentimientos.
Me puse de pie mientras sacudía mis costosas prendas.
—Mantén siempre presentes el respeto y las promesas que se hacen en el altar. Respeta a tu cónyuge y dale siempre su lugar. Los hombres como tú y como yo, especialmente tú, no podemos darnos el lujo de amar libremente; nuestra familia desaprobaría que amaras a alguien que no fuera la hija de un marqués. Sin embargo, no debemos olvidar que somos caballeros.
Le di la espalda y me dirigí hacia mi caballo para cabalgar hasta la residencia.
—Hermano —me llamó, haciéndome bajar el pie del estribo—. Uno no decide a quién amar. El amor no conoce prejuicios, así que no culpo del todo a nuestro padre. Solo rezo por no tener que repetir su trágico destino.