5. Fuerza

1036 Words
B E L L E Salgo del coche despidiéndome poco después del chofer, este asiente, observo como espera a que ya este dentro del edificio con precaución de que no lo vea. Ese maldito viejo, hago mi mejor esfuerzo por no recordar a mi padre, era lo que podría considerarse su amigo más cercano, sino fuese por los diferentes estatus económicos y sociales que los distanciaban. Sabe que soy demasiado orgullosa para pedírselo. Rápidamente la emoción se convierte en humillación al saber que medio mundo sabía de mi caótica situación con Einar Nerón. Si el viejo Patricio sabía mi situación era obvio que todos los que me rodeaban también. Tal vez me lo había buscado con mis propias manos. Tal vez debí haber permanecido lejos… Tal vez era esto lo que mi padre evitaba a toda costa. Finalmente da media vuelta y observo como conduce en dirección a la mansión de los Carter. Hago una señal al conserje con la mano al verlo, él sonríe mientras me abre la puerta de la entrada como siempre. —Buenas noches, señora Carter. Hoy llega tarde—responde él con su clásica actitud de charlatán. Nunca me ha gustado la gente cotilla, suelto un bufido sin mirarlo. —Buenas noches—no me detengo en mi recorrido, mis tacones resuenan encima de la alfombra roja del suelo, y menos aún para darle explicaciones a un sirviente. A pesar de todo noto sus ojos puestos en mi cuello como si yo tuviese alguna obligación de explicarle mi vida a un simple conserje. Finalmente tomo aire con fuerza cuando entro en el ascensor, entrecierro los ojos y mi mente ve la perfecta oportunidad para torturarme con la escena previa en la oficina. Tomo aire con fuerza, tal vez después de todo había sido mi imaginación. Él no sabe que me he mudado, que he roto con Matthew… Aunque sea por cuestión de tiempo… Todo me vale. Poco después escucho el timbre en señal que ya me encontraba en mi planta, en la puerta de mi apartamento encuentro una carta en el suelo. Mi respiración se entrecorta, busco entre mis pertenencias la pistola que he tomado del despacho antes de venir, mientras intento caminar tranquila hacia el felpudo de mi entrada. Siento mi corazón correr desbordado, como si en cualquier momento estuviese a punto de salirse de mi pecho. Incluso sentía todas mis extremidades sudar, aún sabiendo lo mucho que odio el sudor humano. Trago saliva con fuerza mientras con la mano libre tomo la carta. Dejo ir aire inmediatamente al ver que era de Stella notificándome de alguna novedad relacionada con el trabajo, así era como se comunicaba conmigo fuera del horario de trabajo, no tengo w******p ni nada parecido, de hecho odio eso de tener que fingir sentimientos por las personas cuando no los tengo…Estoy mejor asi. No dependo de nadie ni nadie depende de mi. Pronto tendríamos nuevo asesor económico, un tal James Jefferson. Aun recordaba ese tipo, solía ser un empresario de éxito, su mujer lo dejó sin un centavo, y lo peor de todo es que encima prefirió quedarse con sus hijos a la empresa y el dinero, un blandengue… Lo importante es que era bueno en su área. La empresa no había quebrado por su fallo en la materia sino por su fallo en su vida sentimental. Busco de nuevo las llaves en mi bolso, dejo el arma, para finalmente abrir la puerta, entro y cierro con llave, pongo el cerrojo, y la clave de seguridad, mientras mi hermoso caniche corre a mis piernas. —Hola bonito…¿Me has echado de menos?—pregunto con una sonrisa dulce mientras lo tomo en brazos. Él me lame la cara y yo me dejo sin más. Finalmente lo dejo en el suelo mientras le coloco comida en su tiesto. Camino por el largo pasillo hasta llegar a mi habitación, pronto me deshago del duro y letal peinado que llevo dejando mi pelo suelto como pocas veces estaba. Me quito el traje blanco y me coloco un vestido-pijama, poco después me quito las lentillas y tomo mis gafas. Finalmente salgo de mi habitación y voy directa a la cocina, saco un par de huevos y me hago una omelette de forma rápida, pongo la tele aún sabiendo que eran altas horas de la madrugada y que probablemente no habría nada. Al menos me haría un poco de compañía, noto como Yago, mi caniche, corre a mis piernas como si hubiese notado algo extraño en la entrada. Yo lo calmo dándole unas leves caricias. —No te preocupes, mamá está contigo—intento apaciguarlo, la pobre criatura había sido abandonado en una perrera, ni siquiera habían tenido el buen gusto de llevarlo ahí, simplemente lo dejaron a su suerte. Finalmente tomo la sartén sirviendo el contenido en un plato, tomo tenedor y cuchillo, un trozo de pan, colocándolo todo en una de las mesas del salón, mientras dejo mi peso caer mi peso encima del sofá. Yago no duda en tirarse encima mío, acabo cubriéndolo con mi manta mientras doy unos bocados a mi comida. El timbre empieza a sonar de forma estridente. Bajo el volumen de la comedia de turno y tragando saliva con fuerza me acerco a la entrada. Tomo el teléfono de casa en mi mano dejando en marcación rápida el numero de la policía. Intento ver a través del ojo de la puerta de quien se trata, para mi sorpresa al otro lado no había nadie. Dejo ir aire con fuerza y vuelvo a mi sitio, me coloco de nuevo en el sofá y de nuevo ocurre la misma escena. Suelto un par de maldiciones y camino hacia la entrada para encontrarme de nuevo con el mismo paisaje desértico. Espero unos cuantos minutos esta vez en un intento de ver el rostro del graciosillo de turno, observo como Yago me trae la manta finalmente, me siento en el suelo con la espalda puesta en la puerta mientras lo abrazo con una mano y con la otra marco el numero ahora de emergencias. Siento mi corazón desbordado y no me gusta. Pocas veces me permitía el lujo de sentir impotencia y todas estaban relacionadas con él.
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