Capítulo catorce, Jensen.

2297 Words
Dios mío... No era una oración. Era un reconocimiento, un maldito susurro de desesperación. Ella inclinó la cabeza hacia mí, y cuando nuestras miradas se encontraron de nuevo, vi el reflejo de mi propio deseo en sus ojos. Ese deseo que me estaba quemando por dentro, destruyendo todo lo que alguna vez creí saber sobre el autocontrol, sobre la devoción, sobre el bien y el mal. —Quiero hacerte olvidar todo —le susurré, mi voz áspera y rota, porque era lo único que podía pensar. Quería borrar todo su dolor, todo su miedo, quería reemplazarlo con esto, con nosotros. Mis manos se deslizaron por sus muslos, ascendiendo lentamente, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo mi tacto. La camiseta que antes la cubría ahora yacía en el suelo, y lo único que quedaba entre nosotros era el espacio reducido, la presión del deseo que nos envolvía. Mis labios bajaron por su cuello, besando cada centímetro de ella como si fuera un sacrificio que estaba dispuesto a hacer. Y entonces, mientras la sostenía por la cintura, sentí cómo se arqueaba hacia mí, como si me ofreciera todo lo que tenía, como si me suplicara que cruzara esa línea que ambos sabíamos que ya estaba rota. Mis manos subieron, lentamente, hasta sus pechos, y al sentir su suavidad, todo dentro de mí se desplomó. Cada barrera, cada advertencia, cada razón por la que debía detenerme se evaporó, dejándome solo con el deseo de hacerla mía. Me inclinó hacia ella, con los labios rozando su clavícula, subiendo hasta su cuello mientras sus suaves suspiros llenaban la habitación. Sentía sus piernas temblar a cada beso, cada roce de mis manos, y cuando finalmente levanté la cabeza para mirarla, sus ojos estaban cerrados, perdida en todo lo que estábamos haciendo. En ese momento, no había culpa, no había dolor. Solo quedaba la verdad: la quería, con cada parte de mi ser, de una manera que nunca había experimentado antes. Una intensidad Cada palabra que ella susurraba, cada vez que me rogaba que la hiciera mía, era como un látigo directo a mi conciencia. Podía sentir su cuerpo temblando sobre mí, el calor que emanaba de su piel mientras me pedía lo que sabía que no podía darle. Pero en ese momento, no podía pensar en nada más que en ella, en cómo se movía, en cómo me miraba. El deseo era como una serpiente enroscada en mi pecho, apretándome, haciéndome difícil respirar. La escuché rogar una vez más, casi suplicante. Mis manos se movieron por sí solas, agarrando su cintura con una firmeza que me asustó, y antes de que pudiera procesarlo, la tumbe con suavidad sobre la cama, su cuerpo cediendo al mío como si siempre hubiera pertenecido ahí. Todo mi ser ardía por ella, pero sabía que no podía cruzar esa línea. No aún. Me quedé de pie al borde de la cama, observando cómo se acomodaba, sus pechos subiendo y bajando rápidamente con cada respiración, su piel brillando a la luz tenue de la lámpara. Ella estaba en bragas, su cuerpo estirado sobre las sábanas, completamente expuesta, completamente mía, pero al mismo tiempo no lo era. Mi ropa, en cambio, permanecía perfectamente colocada. Mis pantalones, mi camisa, incluso mi cuello almidonado. Era como si me aferrara a lo único que quedaba de mi control, como si mantenerme "pulcro" de alguna manera me ayudara a no perderme del todo en ella. Me arrodillé en la cama, sobre ella, y bajé mis manos, deslizándolas lentamente por sus muslos hasta rozar la fina tela de sus bragas. Sentí cómo su respiración se agitaba aún más, su pecho se arqueaba ligeramente hacia mí, esperando, deseando. Mis dedos juguetearon con el borde de la tela, sin prisa, disfrutando del placer de ver cómo su cuerpo respondía a cada toque, a cada mínima caricia. —No puedo hacerte mía —dije, mi voz casi un susurro, baja y temblorosa—, pero eso no significa que no te haga sentir todo lo que necesitas. Me incliné hacia ella, depositando besos suaves en su vientre, mis labios rozando su piel con la delicadeza que merecía, pero con la intensidad que ambos sabíamos que sentíamos. Podía oírla gemir en voz baja, apenas un sonido que escapaba de sus labios, y aquello fue suficiente para hacerme temblar. Mis besos fueron ascendiendo, subiendo por su cuerpo hasta que llegué a sus pechos. Mi boca se detuvo ahí, mis labios trazando círculos alrededor de su piel mientras mis manos seguían acariciando sus muslos. Sabía que la estaba volviendo loca, sabía que cada movimiento que hacía, cada vez que ralentizaba mis caricias, la dejaba con hambre de más. Y eso me daba poder. Un poder que nunca pensé que querría tener sobre alguien, pero que ahora deseaba desesperadamente. Podía controlarlo, controlar la situación. No necesitaba cruzar esa línea, no aún. Pero podía hacer que se sintiera como si lo hubiera hecho. Mis manos subieron más, apartando lentamente sus bragas mientras seguía besando su cuerpo, deteniéndome en cada lugar que sabía que la haría suspirar. La escuché decir mi nombre, y esa fue la chispa que encendió algo dentro de mí. Estaba haciendo lo imposible por no dejarme llevar, por no ceder a todo lo que ella me pedía. Pero no podía detenerme tampoco. —No tienes idea de cuánto te deseo, Mary —murmuré contra su piel, mi voz ronca, cargada de todo el deseo que había estado conteniendo—. No sabes lo difícil que es detenerme, pero... quiero que sientas todo. La observé, su cuerpo estirado bajo el mío, sus piernas abiertas, sus labios entreabiertos en un gemido silencioso. Me moví más abajo, mis labios siguiendo la ruta de mis manos, hasta que llegué al borde de sus bragas. No las quité del todo, solo las deslicé lo suficiente para besar su piel desnuda. Mis labios rozaron la parte más sensible de su cuerpo, y la escuché gemir con fuerza, arqueando su espalda, entregándose por completo. —Quiero que sientas todo esto... pero sin cruzar la línea —susurré, mientras mis dedos comenzaban a explorarla con suavidad, provocando el placer que ella tanto deseaba. Mary temblaba, su cuerpo moviéndose en respuesta a cada movimiento mío. Mis caricias eran lentas, calculadas, pero con la intensidad suficiente para llevarla al límite, y yo disfrutaba de verla así, completamente rendida a lo que yo decidía darle. Mi boca seguía besando su piel, mis manos acariciándola de una manera que la hacía gemir mi nombre, una y otra vez. Pero nunca cruzamos la línea. Mi ropa seguía en su lugar, y aunque todo dentro de mí gritaba por más, por tomarla por completo, me mantuve firme. El deseo me quemaba, era casi imposible de controlar. Sentía mi erección palpitante, dura, reclamando algo que sabía que no debía reclamar. Era un fuego que me consumía desde adentro, una necesidad animal, primitiva, que no tenía nada que ver con lo que yo había prometido vivir. Mi mente luchaba entre lo correcto y lo que mi cuerpo pedía a gritos. Sabía que estaba en una pendiente resbaladiza, pero no podía detenerme. No ahora. Me arrodillé lentamente al costado de la cama, tirando de Mary hacia mí, con una suavidad que contrastaba con la brutalidad de mis pensamientos. Mis manos se posaron en sus muslos, abriéndolos delicadamente, desnudándola ante mí. Todo en ella me llamaba, la forma en que su cuerpo respondía a cada caricia, el deseo que veía en sus ojos, su piel ardiente. Sabía que estaba a punto de cruzar una línea invisible, pero no podía detenerme. No fueron mis manos las que la tocaron esta vez. Me incliné hacia adelante, dejando que mis labios encontraran su piel, su intimidad. Podía sentir cómo se estremecía bajo mi toque, cómo su cuerpo respondía a cada movimiento que hacía, cada caricia de mi lengua. Sus gemidos se hicieron más intensos, más profundos, y luego sentí sus manos en mi cabeza, enredándose en mi cabello, tirando de él, como si eso pudiera calmar la tormenta que ambos estábamos sintiendo. El calor de su cuerpo, la humedad, la forma en que se movía al ritmo de mis besos... todo era demasiado. Podía sentir la tensión en mis propios músculos, la fuerza con la que estaba reprimiendo mis ganas de simplemente tomarla, de hacerla mía de una vez por todas. Pero seguí controlándome, apenas. Me concentré en el sonido de sus gemidos, en cómo su cuerpo temblaba bajo mis labios, en las pequeñas sacudidas que recorrían su piel cada vez que mi lengua rozaba el lugar correcto. Los gemidos de Mary eran como música en mis oídos, su sabor en mis labios, el calor de su cuerpo cada vez más cercano al mío. Sus manos tiraban con fuerza de mi pelo, arrastrándome más y más hacia ella, pidiéndome sin palabras que no me detuviera, que siguiera, que la llevara al límite. Cada segundo que pasaba me sentía más cerca de perder el control, de rendirme por completo a mis deseos más oscuros. Pero no podía. No debía. Cada segundo que pasaba sentía que estaba perdiendo el control. El cuerpo de Mary temblaba bajo el mío, su piel ardía de deseo, y yo estaba peligrosamente cerca de rendirme. Me deslicé sobre ella, apoyando mi peso ligeramente para no aplastarla, pero lo suficientemente cerca como para sentir el calor que emanaba de su cuerpo, su respiración entrecortada, sus labios rojos, temblorosos, tan cerca de los míos. —Jensen, por favor... —su voz era una súplica suave, cargada de deseo. Su mano se movió lentamente hacia mi pantalón, acariciando con firmeza la erección que llevaba minutos controlando, haciendo que un gemido escapara de mis labios. Sabía que estaba a punto de perderme, sabía que en cualquier momento podría ceder. Todo en ella me llamaba a cruzar esa línea. Cerré los ojos por un segundo, intentando encontrar alguna reserva de control dentro de mí, pero su toque, su ruego, eran demasiado. Mary estaba tan cerca, tan vulnerable, pidiéndome algo que sabía que no debía darle, pero que ambos deseábamos. En un impulso desesperado, la callé con un beso, profundo, intenso, mientras mis manos volvían a moverse por su cuerpo. Sabía que no podía dejar que esto fuera más allá, pero no podía detenerme. Sentí su cuerpo arqueándose hacia mí mientras mis dedos encontraron su lugar, acariciando con precisión. Ella gemía en mi boca, su cuerpo respondiendo a cada movimiento, y la tensión en su abdomen me decía que estaba a punto de llegar. Mis manos seguían explorando, tocándola, llevándola al borde. Podía sentir cómo se aferraba a mí, cómo sus dedos se hundían en mi espalda, sus suspiros mezclándose con los míos mientras se acercaba cada vez más al clímax. —Jensen... —su voz era apenas un susurro, desesperada, entrecortada. Sabía lo que quería, lo que me estaba pidiendo, y aunque todo dentro de mí gritaba por ceder, por hacerla mía de una vez por todas, me contuve. Mis dedos se movieron más rápido, con más precisión, haciéndola gemir en mi oído, sus piernas temblando mientras llegaba al límite. Mary se aferró a mí con fuerza, su cuerpo convulsionando bajo el mío, mientras mis manos seguían trabajando, llevándola hasta el final. Sus gemidos llenaron la habitación, y aunque cada sonido que hacía era una tortura para mí, también era un recordatorio de que aún tenía algo de control. El clímax de Mary llegó en una oleada de intensidad que hizo que su cuerpo se tensara bajo el mío. La vi convulsionar ligeramente, su respiración se volvió errática, sus labios murmuraban palabras incompletas, y la sensación de su cuerpo contra el mío era casi demasiado para soportar. Cada gemido que escapaba de sus labios era una agonía dulce, y me hacía desear más, pero al mismo tiempo, me recordaba lo que estaba en juego. Sus manos todavía se aferraban a mi cabeza, su cuerpo estaba en un estado de éxtasis y agotamiento. Me moví lentamente, mi cara a centímetros de la suya, con el corazón latiendo con fuerza y la mente atrapada en una maraña de pensamientos confusos. Su cuerpo estaba tenso pero relajado al mismo tiempo, y yo no podía dejar de observar cada pequeño detalle: sus mejillas sonrojadas, su cabello desordenado, los restos de su maquillaje corriendo por su rostro. Mary se recostó en la cama, su cuerpo aún temblando por las olas de placer que había experimentado. El calor que había llenado la habitación ahora se había transformado en una sensación de agotamiento y serenidad. Me tomé un momento para observarla, sus ojos cerrados y su respiración lenta y profunda. Me acerqué, moviéndome con cuidado para no asustarla. Me incliné sobre ella y, con ternura, le di un beso suave en la frente. No podía evitar la necesidad de estar cerca suyo, de calmarla y protegerla en este estado vulnerable. —Duerme, Mary —susurré, mi voz era un murmullo suave en la oscuridad. —Tienes que descansar. Me recosté a su lado, tratando de mantener el contacto sin presionarla, y extendí mi brazo alrededor de ella, atrayéndola hacia mí con delicadeza. La sentí descansar su cabeza en mi pecho, y me quedé allí, escuchando su respiración relajada. Sabía que había cruzado una línea y que las consecuencias de nuestros actos no podían ser ignoradas, pero en este momento, todo lo que podía hacer era estar allí para ella. Su piel aún estaba caliente contra la mía, y el ritmo de su respiración se sincronizaba con el latido de mi corazón. Me esforzaba por mantener la calma y ofrecerle consuelo, mientras luchaba con el tumulto interno de mis propias emociones. La noche se desplegaba a nuestro alrededor, y con el silencio envolviéndonos, me concentré en asegurarme de que Mary se sintiera segura y cuidada, al menos por esta noche.
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