Despertar en la cama de Jensen era como despertar en una nube. Literalmente. Su colchón era lo más suave que había sentido en años, y el calor residual de su cuerpo aún impregnaba las sábanas. Me recosté de nuevo, cerrando los ojos por un momento, embriagándome con su olor. Ese aroma tan característico de él, una mezcla de jabón y... algo más. Algo que hacía que sonriera como una tonta. Si alguien me hubiera visto en ese instante, seguro hubiera parecido una de esas chicas de película enamorada hasta los huesos.
Pero, como todo buen sueño, este no duró mucho. Abrí los ojos y me di cuenta de que Jensen no estaba a mi lado. La habitación estaba vacía, y la calidez de su presencia se desvanecía con cada segundo que pasaba. Me incorporé lentamente, y ahí, al final de la cama, vi mi vestido. Limpio. Seco. Doblado con precisión casi militar. Junto a él, mis zapatillas relucían como si jamás hubieran pisado la calle.
Me lo puse sin pensarlo dos veces. Porque claro, no me iba a quedar en ropa interior recorriendo su casa, ¿verdad?
Salí de la habitación, buscando a Jensen, y lo encontré en la cocina. Ahí estaba, de espaldas a mí, con esa maldita camisa negra que le quedaba demasiado bien. Y, por supuesto, la cinta blanca. Esa pequeña pero poderosa señal de que él y yo no deberíamos estar aquí. De que él, de alguna manera, aún mantenía distancia.
Pero antes de ir directamente hacia él, me tomé mi tiempo. Me paseé por la casa, observando los detalles. Todo era minimalista, sin demasiadas distracciones. Estanterías llenas de libros, una pequeña cruz en una de las paredes. Pero lo que me llamó la atención fue una foto en la que Jensen aparecía más joven, junto a otro chico que se parecía demasiado a él. ¿Sería su hermano? ¿David?
Me acerqué más, mordiéndome el labio. El chico de la foto tenía esa mirada... la misma que yo veía en el espejo a veces. El miedo a perderse. A desaparecer. Y por un segundo, temí. Temí terminar como él, lo que fuera que eso significara.
—Es mi hermano —la voz de Jensen me sobresaltó, pero no me moví—. David.
Sentí su presencia detrás de mí. Esa cercanía que ya no era incómoda, pero sí peligrosa. Bajé la mirada, pero no dije nada. No podía. ¿Qué se suponía que debía decirle?
Jensen se acercó un poco más, sus palabras suaves. —Era el mejor de nosotros dos. Siempre. Yo solo... intentaba seguirle el paso.
—Se nota que lo querías mucho —respondí finalmente, con la garganta algo cerrada. La verdad es que no sabía si quería seguir hablando de su hermano o si prefería evitar el inevitable elefante en la habitación. Pero sabía que ambos estábamos esquivando lo mismo. La conversación que debía ocurrir sobre nosotros.
Jensen respiró hondo, como si intentara prolongar ese momento un poco más. Como si las palabras que estaban a punto de salir fueran a romper algo delicado entre los dos. Y, de alguna manera, yo también lo sentía. Que una vez que abriéramos la boca, no habría vuelta atrás.
Jensen se quedó en silencio detrás de mí, y por un segundo pensé que quizá estaba esperando que yo dijera algo. Algo que suavizara el golpe de la conversación inevitable que se avecinaba. Pero, como siempre, mis palabras parecían quedarse atoradas justo en la punta de la lengua, ahogándose en esa mezcla de emociones que no sabía cómo gestionar.
Di un paso hacia la foto, como si eso pudiera distraerme de la realidad. —¿Cómo era? —pregunté, y aunque sonaba a una pregunta inocente, sabía que en el fondo no lo era. Lo que realmente quería saber era qué lo había llevado hasta aquí. ¿Qué lo había marcado tanto como para encerrarse en una vida de renuncia?
Jensen sonrió de forma triste. —Era... todo lo que yo no soy. Brillante, carismático, seguro. Todos lo adoraban.
Me giré para mirarlo. Estaba ahí, tan cerca y tan lejos a la vez. Sus ojos verdes, siempre tan intensos, pero ahora cargados de una especie de melancolía que me hacía sentir diminuta. No sabía si lo que me hacía querer estar más cerca de él era el hecho de que deseaba consolarlo, o si, simplemente, no podía soportar la distancia que nos imponía su maldita vocación.
—¿Y qué pasó? —pregunté, sin pensar demasiado.
Jensen me miró por un largo segundo, como si estuviera sopesando cuánto debía contarme. Luego suspiró, ese suspiro que parecía llevar siglos de historia encima. —Murió... joven. No estaba bien y yo no lo vi. Estaba demasiado ocupado... demasiado concentrado en mí mismo, en lo que quería hacer con mi vida.
Sentí un nudo en el estómago, y por un segundo tuve la loca idea de decirle que yo también me sentía rota, que yo también estaba colgando de un hilo.
En lugar de eso, opté por decir lo más obvio. —Lo siento, Jensen.
Y lo decía en serio, pero no solo por su hermano. Lo sentía porque sabía que todo lo que estaba ocurriendo entre nosotros iba a terminar mal. No había manera de que esto acabara bien. Y, sin embargo, ahí estábamos, estancados en ese limbo incómodo donde no éramos ni lo que debíamos ser, ni lo que queríamos ser.
—No deberías estar aquí —dijo él de repente, y me sobresalté por lo abrupto de sus palabras. Lo miré, confundida. ¿Aquí, en su casa? ¿Aquí, en su vida? ¿Aquí, en su maldita existencia en conflicto?
—¿Por qué no? —pregunté, casi desafiándolo.
—Porque lo que pasó anoche... lo que está pasando entre nosotros... —hizo una pausa, y pude ver cómo apretaba los puños, como si intentara mantener el control de algo que claramente se le estaba escapando de las manos—. No puede seguir así.
Claro. Ahí estaba. La charla que tanto había temido. La explicación lógica. La distancia. "No es por ti, es por mí", pensé con ironía, pero lo miré de frente, con el corazón latiéndome tan fuerte que creí que se me iba a salir del pecho.
—Entonces dime —le dije, cruzándome de brazos y apoyándome contra la pared—. Dime lo que realmente piensas. Porque, sinceramente, Jensen, estoy agotada de esta ambigüedad. Si no quieres que siga aquí, dilo, y me iré.
Había algo en mi tono, en la forma en que las palabras salieron, que lo hizo fruncir el ceño. Como si se diera cuenta de que no iba a aceptar una simple excusa de "es lo correcto". Yo no iba a darle esa salida fácil. No esta vez.
Jensen se acercó un paso, y luego otro, hasta quedar frente a mí. La tensión entre nosotros era casi palpable, como una cuerda tensada al límite. Y entonces habló, con la voz baja, como si estuviera confesando un pecado imperdonable.
—Te deseo, Mary. Te deseo de una forma que nunca debí permitir. Y no importa cuánto intente detenerlo, porque ya estoy más allá de cualquier control. Me estás quemando por dentro, y cada vez que estoy cerca de ti... todo lo que he prometido, todo lo que creí que era mi propósito en la vida, se está desmoronando.
Lo miré, y por un segundo no supe qué decir. Porque, por más que hubiera querido oír esas palabras, escucharlas de su boca lo hacía más real. Más imposible. Sentí como si mi piel se erizara bajo su mirada, y no podía negar que lo deseaba de la misma forma. Era casi ridículo lo conectados que estábamos en ese dolor, en ese deseo.
—No podemos hacer esto —agregó, pero el tono de su voz no coincidía con sus palabras. Sonaba más como una súplica, como si me estuviera pidiendo que lo detuviera, aunque sabía que yo era la última persona en este mundo capaz de hacerlo.
Me acerqué a él, muy lentamente, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Y, justo en ese momento, supe que esto iba a doler. Pero también sabía que, sin importar cómo terminara, ya no había vuelta atrás.
El silencio entre nosotros se sentía pesado, cargado de todo lo que no podíamos decir en voz alta. Mis ojos se clavaron en los suyos, y había algo en la forma en que me miraba, una mezcla de deseo y culpa, que casi me hizo retroceder. Pero no lo hice. No podía. Estaba tan agotada de contener lo que sentía, de estar atrapada en esta maldita espiral de emociones sin salida.
—Jensen... —empecé, pero mi voz se quebró. Me aclaré la garganta y traté de recomponerme—. Dices que no podemos hacer esto, pero lo estamos haciendo. Lo hemos estado haciendo desde el día que nos conocimos. Desde el primer momento en que cruzamos esa línea sin siquiera tocarla. Y tú lo sabes. Lo sabes tan bien como yo.
El conflicto en su rostro era palpable, como si una parte de él quisiera correr y la otra estuviera desesperada por quedarse. Dio un paso más cerca, y mi respiración se aceleró. Podía sentir el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío, y sabía que, si me tocaba en ese momento, me iba a desmoronar.
—Mary, no entiendes... —Su voz era apenas un susurro, y me acerqué lo suficiente como para que nuestras respiraciones se mezclaran—. Esto... esto está mal.
*¿Mal?*, pensé con ironía. ¿Qué era lo correcto en todo esto? ¿Que él siguiera pretendiendo que podía ser el hombre santo que su sotana proclamaba, mientras yo me hundía en un pozo sin fondo? No. Yo ya había pasado demasiado tiempo sin sentir nada, y ahora que sentía algo, por más confuso que fuera, no estaba dispuesta a dejarlo ir sin luchar.
—Lo único que está mal aquí es que sigas mintiéndote a ti mismo. No puedes decirme que no sientes lo mismo. —Mi voz era baja, pero había una fuerza detrás de mis palabras que incluso a mí me sorprendió. Y por un segundo, pensé que iba a ceder. Que, por fin, iba a admitir que todo esto le estaba destruyendo tanto como a mí.
Pero, en lugar de eso, me miró como si estuviera al borde de un precipicio, y luego cerró los ojos, apretando los puños con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—No puedo, Mary. No puedo hacerte esto. No puedo arruinarte la vida por algo que... que ni siquiera debería estar ocurriendo.
Esa frase, *"No puedo arruinarte la vida"*, hizo que me riera. No de una forma alegre, sino amarga, como si el peso de todo lo que había pasado me hubiera golpeado de repente.
—Arruinarme la vida —repetí, todavía riendo un poco, pero sin ningún humor real detrás de mis palabras—. Jensen, ¿crees que no estoy ya arruinada? ¿Que no he estado arruinada desde antes de que aparecieras?
La crudeza de mis palabras lo golpeó, lo vi en la forma en que su rostro se endureció. Pero no me detuve. Porque, en ese momento, me di cuenta de que tenía que decirlo, de que, si no lo hacía ahora, tal vez nunca lo haría.
—No estoy pidiendo que me salves, Jensen. Ni siquiera sé si se puede. Lo que estoy pidiendo es que, por una maldita vez, dejes de esconderte detrás de esa... de esa sotana y seas honesto conmigo. Con nosotros.
Jensen me miró con tanta intensidad que sentí que mi piel se erizaba bajo su mirada. Parecía estar debatiendo consigo mismo, como si una parte de él quisiera saltar al abismo conmigo, mientras la otra seguía aferrada a lo que quedaba de su autocontrol.
Y, justo cuando pensé que finalmente iba a rendirse, que me iba a arrastrar con él a esa tormenta que habíamos creado juntos, su expresión cambió. Su mirada se suavizó, pero no de la forma en que lo haría si estuviera cediendo. Era más bien como si hubiera llegado a una decisión.
—Te amo, Mary. —Su voz temblaba, y esas palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Nunca pensé que realmente lo diría, pero ahí estaba, colgando en el aire entre nosotros—. Pero no puedo ser lo que necesitas. Y no puedo romper todo lo que soy por... por esto.
Lo miré, incrédula. Y por un segundo, me sentí derrotada. Porque sabía que, en el fondo, él tenía razón. Esto no tenía sentido. No había manera de que esto funcionara. Pero eso no significaba que doliera menos.
—Entonces hazme un favor —dije, finalmente. Mi voz era apenas un susurro, pero lo suficientemente fuerte para que me escuchara—. Acompáñame a buscar mis cosas con Eric. Solo eso. Luego... luego podemos hablar de todo lo demás.
Jensen parpadeó, sorprendido por mi súplica. No era lo que esperaba, pero sabía que no podía negarse. No después de todo lo que había pasado entre nosotros.
—¿Estás segura? —me preguntó, su voz apenas audible.
—Lo estoy. Necesito que estés ahí. Por favor. —Sabía que estaba pidiendo mucho, pero en ese momento, no podía enfrentar a Eric sola. No después de todo lo que había pasado.
Jensen asintió lentamente, como si la decisión le pesara, pero sabiendo que no había otra opción.
—Está bien —respondió—. Te acompañaré.
(...)
Cuando me dijo que me esperaría afuera, sentí una especie de alivio. Sabía que no podía enfrentar a Eric sola, aunque, en realidad, no sabía si tener a Jensen ahí cambiaba algo. Él no podía cruzar esa línea, al menos no más de lo que ya lo había hecho. Su promesa de llevarme a casa y luego volver a su iglesia se sentía como un recordatorio amargo de la distancia que aún existía entre nosotros. Pero no era momento de pensar en Jensen. No ahora.
Me paré frente a la puerta de Eric, con el corazón martillándome en el pecho. Mis dedos apenas tocaban la madera antes de retirarse. Sentía como si mi cuerpo me estuviera traicionando, como si mis nervios me jugaran una mala pasada. Quería salir corriendo. Y sabía que no debería haberle temido a Eric de esta manera. Pero la verdad es que sí, le tenía miedo. No porque fuera físicamente violento, sino porque tenía una forma de hacerme sentir pequeña, insignificante. Sabía exactamente cómo apretar los botones para mantenerme atrapada.
Cuando finalmente reuní el valor para golpear la puerta, ésta se abrió casi de inmediato, como si me hubiera estado esperando. *Qué conveniente.*
—¡Mary! —Eric prácticamente me rodeó con los brazos antes de que pudiera reaccionar—. Dios, estuve tan preocupado por ti. Pensé que algo malo te había pasado. Estaba a punto de llamar a la policía.
—No es necesario, Eric. —Intenté mantener la calma, pero mi cuerpo estaba rígido bajo su abrazo—. Solo vine a buscar mi celular.
Él se inclinó, intentando besarme, pero giré la cabeza rápidamente. El aroma a su colonia, fuerte y abrumador, me invadió, haciéndome sentir aún más sofocada. No era Jensen. No me hacía sentir segura.
—¿Qué? —preguntó, confundido, con una sonrisa tensa—. ¿Estás enfadada? Sé que la última vez no fue perfecta, pero podemos hablarlo, resolverlo. Ya verás, Mary, podemos hacer que esto funcione.
—Eric, solo... solo dame mi celular, ¿sí? —Mi tono se había vuelto más directo, más firme. No tenía tiempo para sus juegos mentales.
Vi cómo su expresión cambiaba, la confusión en sus ojos mezclándose con una creciente irritación. Al principio, parecía estar calculando cómo manipularme de nuevo, usando su truco de "buen chico". Pero cuando vio que yo no cedía, que mis palabras se volvían más serias, su fachada se agrietó.
—¿De verdad vienes solo por tu teléfono? —preguntó, su voz goteando incredulidad. Dio un paso atrás y cruzó los brazos, mirándome como si fuera una niña caprichosa.
—Sí, Eric. Solo por mi teléfono. —Ya no intentaba disimular mi impaciencia.
Sus ojos se entrecerraron, y por un segundo pensé que iba a intentar convencerme de otra cosa, de alguna mentira más. Pero en lugar de eso, su tono se endureció.
—Tú no eres nadie para dejarme a mí, ¿entiendes? —Su voz bajó peligrosamente, y mi estómago se hundió. Sabía que estaba perdiendo el control—. ¿Crees que puedes simplemente marcharte y aparecer cuando quieras? No. Las cosas no funcionan así, Mary.
Su reacción era lo que temía. Sabía que Eric podía ser encantador cuando quería, pero también sabía que debajo de esa máscara de hombre encantador había algo oscuro. Algo que ahora estaba mostrando.
—Te amo, Mary. No voy a dejar que te vayas así de rápido —dijo Eric, con la voz tensa, mientras me sujetaba del brazo con más fuerza de la que esperaba. Me quedé inmóvil por un segundo, procesando sus palabras, su tono. Estaba tan malditamente seguro de sí mismo, como si realmente creyera que tenía algún derecho sobre mí.
—No voy a entrar —le respondí, intentando mantener la calma, pero mi voz temblaba. Me sacudí, tratando de soltarme, pero él no me dejó. Su agarre se apretó, y en un instante, todo se descontroló.
Me empujó, y sentí el golpe seco del suelo bajo mi espalda. Un dolor punzante recorrió mi cadera, pero lo que más me sorprendió no fue la caída, sino lo rápido que todo cambió a partir de ese momento.
Antes de que pudiera reaccionar, de entender lo que acababa de pasar, Jensen apareció de la nada. Como una sombra oscura y alta que cubría todo. Estaba ahí, frente a mí, en cuestión de segundos. Y lo siguiente que vi fue a Eric siendo levantado del suelo, atrapado por el cuello de su camiseta mientras Jensen lo acorralaba contra la pared con una fuerza que jamás hubiera imaginado en él.
—¿Pa... padre Jensen? —Eric apenas musitó las palabras, su rostro lleno de confusión. Ya no era el hombre arrogante que me sujetaba hace unos segundos. Parecía pequeño, insignificante, en comparación con la figura imponente de Jensen.
El aire en la habitación cambió. Había una furia en Jensen que no había visto nunca antes. Sus ojos estaban fijos en Eric, como si todo lo que lo mantenía controlado hasta ese momento hubiera desaparecido. Su mandíbula estaba apretada, sus músculos tensos bajo la camisa negra. El sacerdote sereno y en control que conocía ya no estaba allí. Era como si una bestia se hubiera liberado dentro de él.
—Jensen, por favor... —le pedí suavemente, sintiendo cómo mis propias lágrimas se acumulaban en mis ojos—. Él no me hizo daño. No vale la pena... suéltalo, por favor.
Jensen seguía sujetando a Eric contra la pared, y aunque sus dedos parecían aflojarse, aún no lo soltaba del todo. Eric, todavía recuperando el aliento, lo miraba con confusión y rabia en sus ojos, como si no pudiera procesar qué hacía un sacerdote allí, en esa situación.
—¿Qué demonios haces aquí? —escupió Eric, su voz cargada de resentimiento—. ¿Qué clase de juego es este? ¿Por qué está aquí el padre?
Me apresuré a interponerme entre ambos, con el corazón acelerado. No quería que la situación empeorara, pero Eric era incapaz de detenerse cuando su orgullo estaba en juego.
—Jensen es mi amigo —dije, intentando sonar firme, aunque mi voz temblaba un poco—. Me trajo hasta aquí para que recogiera mis cosas.
—¿Tu amigo? —Eric se rió con incredulidad, y aunque la risa no era fuerte, tenía una malicia que me erizó la piel—. Por favor, Mary. No soy un idiota. Sé que hay algo más entre ustedes.
Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas. Quise responder, negar lo que estaba diciendo, pero no había forma de engañarlo. Eric nos miró, primero a mí y luego a Jensen, que seguía plantado frente a él como una sombra amenazante.
—No te culpo, padre. Después de todo, no eres un dios. —su tono burlón y ácido—. Sé lo que es. Mary puede ser... convincente. También yo la amé, y no me arrepiento.
Me quedé helada, las palabras de Eric resonando en mi cabeza. Me miró con una mezcla de desdén y desprecio, y su tono cambió a algo mucho más oscuro.
—Pero, vamos, padre... no me vas a decir que no sabes con quién estás tratando. —Eric me señaló con una mirada venenosa—. Ella es una zorra. Siempre lo ha sido, y lo sabes. Pero igual estás aquí, jugando a ser su salvador. Qué noble.
Un silencio mortal cayó sobre la habitación. Jensen, que hasta ese momento había intentado controlarse, tensó los puños. Pude verlo. El instante exacto en el que todo cambió. Su respiración se volvió más pesada, y sin decir una palabra, su mano voló directo al rostro de Eric, con un golpe que resonó como un trueno en la habitación. Eric cayó al suelo de inmediato, aturdido.
—¡Jensen! —grité, corriendo hacia él, pero Jensen no me miraba. Sus ojos seguían fijos en Eric, con una furia contenida que daba miedo.
Eric, en el suelo, tosía y se llevaba una mano al rostro donde el golpe había caído. Su cuerpo temblaba, no sólo por el dolor, sino por el shock de la situación.
—Levántate —le ordenó Jensen con una voz baja y amenazante, pero Eric no se movió.
Se inclinó hacia él, su voz ahora más suave, casi calmada, pero con un filo cortante que hizo que Eric temblara.
—Nunca vuelvas a hablar de ella así. ¿Me escuchaste?
Eric no respondió, sus ojos estaban llenos de miedo ahora, pero asintió levemente, sin atreverse a replicar.
Jensen se incorporó lentamente, enderezando su espalda con una calma aterradora. Me miró por fin, y en sus ojos pude ver que estaba volviendo a sí mismo, recuperando el control.
—Ve por tu celular, Mary —dijo con voz baja pero firme—. Y vámonos de aquí.
Sin pensarlo, me giré y corrí hacia la habitación donde sabía que estaba mi teléfono. Mis manos temblaban mientras lo agarraba, tratando de procesar todo lo que acababa de pasar.