Nueva Experiencia I

2829 Words
Capítulo II Nueva experiencia Parte I   Una semana después, aún seguía saboreando la dulce nostalgia de haber cumplido mis dieciséis años. La expectativa de una celebración grandiosa, con multitudes de amigos y familiares, quizás era lo que la gente imaginaba, pero mi realidad era bastante diferente. Como de costumbre, mis padres estaban inmersos en sus asuntos de negocios, y mis queridos hermanos aún no habían regresado de la universidad. La casa estaba tranquila, y yo me encontraba sola la mayor parte del día. No era algo nuevo; la soledad se había convertido en una compañera constante en mis cumpleaños y en todos mis días. La noche se acercaba, y con ella, la única parte ritualista de la celebración: la cena. En ese momento, mis padres, al menos, se aseguraban de estar presentes para cantarme el feliz cumpleaños y partir el pastel que mi madre había comprado. Era el único momento del día en el que la monotonía se rompía, pero lamentablemente, esta escena se repetía año tras año, formando un patrón predecible y un tanto melancólico. A pesar de la ausencia de la típica efervescencia festiva, traté de encontrar la belleza en la simplicidad de esos momentos íntimos. Quizás, en medio de la quietud y las velas parpadeantes, se escondían pequeñas joyas de felicidad que solo podía apreciar cuando me sumergía en la calma de mi propia celebración. Aunque mi cumpleaños careciera de la pompa tradicional, cada año me enseñaba a valorar la importancia de la conexión genuina y los gestos sinceros, incluso en la soledad aparente de una celebración modesta. Sin embargo; nunca me he quejado de eso, si era un poco aburrido, pero había encontrado la solución perfecta para el pequeño problema. Resulta que desde aquel día que masturbe por primera vez con la gran ayuda de la motocicleta de mi hermano Fabián, simplemente no podía parar de pensar en lo bien que se había sentido, lo liberador y placentero que había resultado ser, y solo quería repetirlo cada día. Quizás no la parte de la moto, ya que eso solo había sido algo de suerte, pero sí la de manosearme y meterme el dedo en mi virgen coñito. Esa tarde no fue la excepción; después de todo era mi cumple y debía hacer un buen regalo, ¿cierto? Me fui a mi habitación y me senté en mi cama, empecé a buscar un video que fuera bueno en una página erótica que había conseguido en la web días atrás. Era realmente adictiva, ¿cómo es que no había buscado ese tipo de contenido mucho antes? Había muchos videos nuevos, en su mayoría lésbicos y obvio, esos estaban entre mis favoritos. Creía que me volvería toda una experta, por tanto, ver videos de esa categoría. Casi todos era de mujeres en la cama o en algún sofá, pero en esta ocasión yo quería encontrar uno donde las mujeres se follaran con arnés, eso siempre me calentaba. No obstante, di con uno donde estaban dos secretarias jodiéndose duro sobre un escritorio. Presione en el video dando inicio a la reproducción, que inicia con un beso muy caliente y lascivo entre las dos mujeres, una era rubia y la otra morena, ambas con unas curvas prominentes. La rubia se recostó sobre el escritorio, ya tenía el saco abierto y sus grandes tetas al aire, se le veían realmente hermosas, cabe destacar. La morena le comenzó a chupar los pezones por un momento, una vez satisfecha salto directamente a mamarle el coño. Lo hacía de una manera sensual, se apoyaba con los labios y la lengua, logrando que la rubia comenzara a gemir. Le volvió a besar y a chupar un poco más las tetas, luego la volvió a recostar de la madera para comenzar a frotarle el clítoris, empezó a penetrarla con sus dos dedos, lo hacía tan duro que la hizo gemir más fuerte y gritar del placer que sentía. Ella comenzó a calmar su respiración, de pronto el video salto al momento en que la rubia estaba de pie y desnuda, la morena estaba acostada en el mismo escritorio. Llevaba una blusa de color azul rey, que la mujer rubia le comenzó a bajar hasta que dejo sus tetas libres. Se las chupaba y besaba de una manera muy pasional. Nuevamente, el video salta y la monera aparece inclinada sobre la madera del escritorio, con la otra secretaria completamente desnuda atrás de ella, acariciándola por detrás, donde llevaba su tanga. La rubia le bajo la prenda para comenzar a frotarle el coño de una manera sensual, hasta que la morena comenzó a gemir. Después se besaron sin detenerse, ni siquiera los gemidos permitieron que se separaran. Otro salto en el video, y la morena aparece gimiendo como perra en celo debido a que la rubia le chupa el coño desde atrás, se podía escuchar claramente el sonido de sus labios mientras se lo mamaba, a la vez que acariciaba y azotaba las nalgas, le pasaba la lengua por el orificio de la v****a; la morena incremento el nivel de sus gemidos cuando la rubia dio inicio a las penetraciones con su lengua. En la última escena, la rubia era quien estaba recostada en el mismo lugar y la otra le estaba mamando su coño, haciendo movimientos circulares con su lengua en el clítoris de la rubia, haciéndola gozar de lo lindo. También estaba usando su dedo medio para follarla sin dejar de lamerla. La combinación de sus gemidos y sus caras de perras disfrutando del placer me calentó sobremanera y no podía continuar resistiendo ni un segundo más. Hasta ese entonces había dejado que mis pantaloncillos se mojaran de mis fluidos, con mis piernas separadas. Llevaba puesto un pijama de color rosa claro, a causa de que no saldría de casa en todo el día. El clima era bastante agradable, estaba fresco, sin embargo; el calor dentro de mí me iba a hacer estallar. Metí mi mano en mi pantalón de la pijamada y dentro de mis bragas, comencé a frotarme con delicadeza y suavidad el clítoris, ya estaba bastante hinchado y sensible. No dejaba de mirar a las dos secretarias plasmadas en la pantalla de mi computadora, en especial a la rubia que no había dejado de retorcerse de placer por los que sus gemidos eras más fuertes y agudos. Me froté más duro el clítoris, lo que me provoco un fuerte gemido a mí también. Continúe así aún después de que el video finalizara. Estaba gimiendo como loca, concentrada en esa imagen que se reproducía en mi cabeza, imaginándome en el lugar de la chica rubia, con la secretaria morena, mamándome el coñito a la vez que me follaba con sus dedos. Sin llegar a darme cuenta, un descomunal orgasmo me alcanzo. Trate de contener mi grito apretando los labios y deje mi mano quieta en mi coñito un momento más, hasta que logre calmarme. Sin embargo, el timbre de la casa sonó provocándome un respingo de sorpresa, ya que no estaba esperando que llegara nadie a esta hora. Definitivamente, era muy inoportuno, quien quiera que fuera. Quise limpiarme las manos al menos y recoger un poco el desastre de mis sabanas, pero el timbre no dejaba de sonar con insistencia, por lo que era mejor bajar rápido para abrir la puerta. —¡Mierda! Me quejé en tono bajo al salir de la habitación para bajar a abrir la puerta. Tenía mi entrepierna muy húmeda y se sentía pegajosa, sin contar que estaba medio desnuda, solo con mis pantaloncillos de pijama, una blusa a juego sin sostén debajo, sin contar lo sudada que estaba. Esperaba que no fuera ningún vendedor o alguien de mi familia, no sabría cuál de las dos posibles situaciones resulta más vergonzosas. Gracias al cielo solo se trataba de Sofía, mi mejor amiga. Solté un gran suspiro por el alivio que sentí al abrir la puerta y verla. Ella se lanzó sobre mí abrazándome con mucha fuerza. —¡Feliz Cumpleaños! Exclamo con demasiado entusiasmo. Pero, mi atención estaba centrada en el ligero roce de su enorme pecho con mis duros pezones, ya que mi excitación no había pasado completamente. Intente separarme de ella lo más rápido posible, pero por un segundo me dio la ligera impresión de que ella desvió su mirada hacia mi pecho y lo noto. Igual no es como si fuera algo muy fácil de esconder. Aclare mi garganta antes de hablar. —¡Gracias, Sofí! Le digo con una sonrisa. —No sabía que ibas a venir. —¡Oh! Exclama con voz casi ofendida. —¿Cómo crees que no vendría a ver a mi mejor amiga en su cumpleaños? ¿Por qué clase de amiga me tomas? Me encogí de hombros restando importancia con una sonrisa en el rostro. —Tampoco es la gran cosa. Le dije, aunque en el fondo de mi ser me alegraba que al menos ella no me dejara sola un día como este. —¡Mira! Exclamo al tiempo que saco a toda prisa una pequeña caja de colores con un lazo azul brillante de su bolso. —Mi hermana mayor y yo te compramos esto especialmente para ti. ¡Pero, que conste que fue su idea! También me dio lo mismo en mi cumpleaños pasado. Eso causo una gran intriga en mí, así que intente tomar la caja a toda prisa para abrirla. —¡Espera! Grito y retiro la caja de mi alcance. —¿Por qué? Pregunte con una ceja enarcada —¿No es para mí? —Sí, pero solo puedes abrirlo después de que yo me vaya… y cuando estés completamente sola. Hice una mueca extraña con mi boca al escucharla. —¡Dios! No estoy entiendo nada. Dije y solté una resita entre confusión e impaciencia. Ella soltó su típica risa divertida y finalmente me tendió la caja para que la tomara. —Créeme, lo comprenderás cuando lo abras. Me explico Volví a encogerme de hombros y le di las gracias. Ciertamente, no tenía ni idea de lo que podría ser. —¿Qué estabas haciendo? Pregunto Sofía de pronto lo que logro ponerme un poco nerviosa. —Eh… estaba viendo una película. Rece al cielo porque el rubor de mis mejillas no me delatara. —¡OH, GENIAL! Vamos a verla juntas. Dijo con mucho entusiasmo. Abrí mis ojos con sorpresa, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, ella ya estaba subiendo las escaleras a toda prisa en dirección a mi habitación. La conocía desde la infancia, así que no necesitábamos permiso para entrar en los espacios más íntimos del otro. Me apresuré a seguir sus pasos, pero lamentablemente, no logré alcanzarla a tiempo antes de que entrara a mi cuarto. Al cruzar la puerta, su expresión de asombro se manifestó en una gran “O” que adornaba su rostro. Fue en ese preciso momento cuando sentí el deseo repentino de desaparecer. No había muchas excusas que pudiera inventar para justificar el desorden en mi habitación y la pantalla de mi computadora claramente no mostraba una página de películas comunes. Era evidente que mi intento de ocultar mi pequeño secreto había sido en vano. Me encontré atrapada en un momento incómodo, tratando de encontrar las palabras adecuadas mientras ella inspeccionaba el caos que había en mi cuarto. La vergüenza se apoderó de mí, y aunque mi mente buscaba desesperadamente una explicación ingeniosa, me di cuenta de que la verdad era la única opción viable. En ese instante, entre risas nerviosas, traté de explicar el inusual contenido en mi pantalla, sabiendo que la sinceridad, en este caso, era mi única salvación. —¡Por Dios!, ¡Eres más sucia de lo que pensaba! Me dijo tratando de contener la risa. Segundos después estalló una carcajada. Yo preferí optar por bajar la mirada y poner la caja del regalo sobre la mesa de noche al lado de mi cama. Sentí que mi cara y mi cuello estaban ardiendo por la vergüenza del momento. —Con que no tuviste suficiente con la moto de tu hermano, ¿he? Pregunto con la voz cargada de descaro. En ese instante, un profundo arrepentimiento se apoderó de mí al darme cuenta de la magnitud de lo que acababa de compartir, como si hubiera expuesto una parte de mí que prefería mantener oculta. La vulnerabilidad me golpeó con fuerza, y lamenté la decisión de confiarle algo tan personal. Sin embargo, recordé que nuestra amistad se construía sobre la base de la sinceridad desinhibida; no éramos personas que guardaban secretos ni rehuían lo inapropiado. Si algo caracterizaba nuestra relación, era la honestidad brutal que compartíamos incluso en los momentos más incómodos. Ella, al igual que yo, no se guardaba nada cuando se trataba de expresar pensamientos o acciones que podrían considerarse inapropiados. Nuestra complicidad radicaba en la capacidad de decirnos absolutamente todo, sin filtros ni reservas. A pesar de mi momentáneo pesar por la revelación, entendí que esta era la esencia misma de nuestra amistad: un terreno donde podíamos ser auténticas sin temor al juicio. Así, aunque el arrepentimiento persistiera, también había un atisbo de tranquilidad al recordar que, en nuestra relación, la sinceridad, por más incómoda que fuera, era el vínculo que nos unía de manera inquebrantable. —Ya basta, ¿sí? Ni siquiera se para que te lo conté Le dije con reproche. Me acerqué a ella e intenté cerrar mi computadora, pero ella lo impidió. —¡Espera! Dijo mientras quitaba la computadora de mi alcance. —Te dije que vería contigo lo que estabas viendo, así que… La miré con una expresión de sorpresa, pero decidí guardar silencio, optando por simplemente sentarme a su lado. Sofía, sin embargo, no perdió tiempo y volvió a reproducir el video de las secretarias, observándolo detenidamente. Mientras ella se sumergía en los detalles de la escena, yo no podía evitar apartar la mirada de la pantalla para observarla a ella. Surgió una incomodidad silenciosa en mi interior, temiendo su reacción, preocupada de que pudiera juzgarme por elegir contenido lésbico en lugar de la típica narrativa heterosexual. Cauta, intenté leer sus reacciones mientras evitaba cualquier indicio de prejuicio. La incertidumbre sobre su percepción me tenía en vilo, preguntándome si vería con malos ojos mis preferencias o si podría comprender que, a fin de cuentas, la elección del contenido no definía mi identidad. Mientras Sofía se sumergía en el video, yo me encontraba en una especie de suspenso interno, esperando a que el silencio se rompiera con sus comentarios, sin saber si revelar mis propios pensamientos sería bien recibido o si la brecha de la comprensión se haría más amplia. Sin embargo, ella parecía sumida en la trama que se desenvolvía en la pantalla de la computadora, ajena a cualquier indicio de incomodidad. De hecho, atrevería a decir que estaba disfrutando del contenido sin reservas. Fue en ese instante cuando mi atención se desvió hacia un detalle revelador. Observé a Sofía con detenimiento y me di cuenta de que compartía ciertos rasgos con la secretaria rubia de la pantalla. Sus ojos, de un color claro penetrante, y su cabello dorado formaban una similitud que no podía pasar por alto. Aunque nunca había tenido la oportunidad de ver más allá, de contemplar detalles más íntimos, me pregunté si sus pechos eran tan imponentes como los de la mujer que protagonizaba el video. La curiosidad, acompañada de un toque de intriga, se apoderó de mis pensamientos, y me encontré reflexionando sobre la posibilidad de que las atribuciones físicas de Sofía pudieran rivalizar con la sensualidad de la secretaria en la pantalla. ¿Serían tan excitantes como las de la protagonista del video, o acaso la realidad superaría la ficción en este caso? Tomó un momento procesar la revelación de que estaba sumergida en una fantasía involuntaria con mi mejor amiga. Sin embargo, lo que me llevó aún más tiempo fue darme cuenta de que ella había dejado de prestar atención a la pantalla, enfocando su mirada directamente en mí. Sus ojos, de un color cautivador, me observaban con una intensidad que me resultaba intrigante. Fue entonces cuando noté el cambio en la atmósfera, una electricidad que flotaba entre nosotros. La sorpresa se apoderó de mí cuando sus labios rosados y carnosos se entreabrieron ligeramente, humedeciéndolos con una lentitud que aumentaba mi ansiedad. En un instante que pareció eterno, sin previo aviso, me besó. La suavidad de sus labios contra los míos desató una oleada de emociones y sensaciones que no había anticipado. Ese beso inesperado marcó el comienzo de una tarde que prometía ser memorable y digna de recordar en mi cumpleaños. La conexión entre nosotros se intensificó, explorando un territorio desconocido que nos había sido oculto hasta ese momento. Sin duda alguna, la jornada tomaba un giro inesperado, convirtiendo mi celebración en un evento que se grabaría en mi memoria con tintes de emociones encontradas y un atisbo de anticipación hacia lo que la tarde aún tenía reservado para nosotros.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD