El almuerzo terminó envuelto en el tintinear de cubiertos y el murmullo de conversaciones que se evaporaban poco a poco.
Los mesoneros se movían con precisión casi coreografiada, retirando platos, copas a medio vaciar, restos de postre que nadie necesitaba, pero todos habían aceptado por inercia.
Los Winterhaus comenzaron a dispersarse por el salón contiguo, como piezas de ajedrez que volvían a su posición natural después de una jugada.
Risas bajas, comentarios sobre negocios, sobre el clima, sobre cualquier cosa que no oliera a verdad.
Entonces, Jeffrey se levantó.
No necesitó golpear la copa ni levantar demasiado la voz.
Su sola presencia bastaba para que el aire cambiara de peso.
—En una hora quiero a todos en la piscina —anunció, con esa firmeza que no admitía réplica—. Hoy celebramos. Champaña, música… la tarde será larga.
Algunos asintieron sin mirarlo, otros sonrieron.
Nadie preguntó por qué.
Nadie preguntó si quería o no.
Era un mandato disfrazado de invitación.
La coreografía de siempre.
El apellido pesaba en el ambiente.
Una familia vieja, rica, con jerarquías que se sentían más como cadenas que como estructura.
Aquí no se discutía. Se obedecía.
Matt observó la escena con una calma aparente, mientras por dentro sentía que el agua empezaba a subirle al cuello.
—Te extrañé estos tres días, querido. La casa se siente distinta cuando tú no estás.
La voz de Julianne le llegó desde detrás, suave, perfumada.
Matt se giró.
La matriarca Winterhaus estaba impecable, como siempre, vestido claro, joyas discretas pero costosas, el cabello perfectamente recogido.
Llevaba el perfume que impregnaba los pasillos de la mansión, una fragancia que olía a control y a sonrisa ensayada.
Le dio dos besos suaves, uno en cada mejilla, con una calidez calculada.
—Lo sé… el trabajo —respondió él, devolviendo la cortesía con un gesto educado—. Me quedan solo tres meses de contrato. Luego de eso… estaré aquí todos los días.
Julianne sonrió, encantadora y peligrosa.
—Perfecto —dijo, como si acabase de escuchar exactamente lo que quería—. Ya hablé con Jeffrey. Tendrás un buen puesto en el equipo, serás un lobo, como todos nosotros.
La palabra se le quedó colgando en la mente.
Lobo.
tal vez porque así se llamaban todos los que eran parte del negocio de la familia, el equipo de fútbol americano, los Winterfall Wolves de la NFA
Matt sonrió con un agradecimiento contenido, inclinando ligeramente la cabeza.
Por dentro, sintió una punzada de inquietud.
¿Qué significa ser un lobo para esta familia? pensó, mientras mantenía la sonrisa. ¿Estoy entrando sin querer en algo peor?
El elogio sonaba a promesa… y a condena.
—Vamos, amor —dijo Eva, tomándolo de la mano con una sonrisa posesiva, antes de acercarse y besarle suavemente los labios—. ¿No me extrañaste?
Matt apenas pudo sostener el gesto.
El roce de sus labios le resultó incómodo, pero mantuvo la compostura.
A pocos pasos, Kendall los miraba. Fingía atención a su copa, pero sus ojos, fijos en la escena, brillaban con un destello que mezclaba celos y rabia contenida.
—Claro que sí —respondió él, casi por reflejo, intentando evitar un segundo beso que ella ya intentaba forzar—. Vamos a cambiarnos.
Eva rió, satisfecha, como si su cercanía fuese una victoria.
Le acarició el pecho con una mano antes de aferrarse nuevamente a su brazo.
—Te quiero guapo para la piscina. Hoy vas a ser el centro de todas las miradas —susurró cerca de su oído, con un tono meloso que en otro tiempo lo habría estremecido.
Matt respiró hondo.
Cada palabra de ella le pesaba como una cadena. Pero no podía rechazarla frente a todos.
No todavía.
Él dejó que lo guiara.
Las risas del salón se fueron apagando a medida que subían las escaleras, tomados de la mano, como una pareja perfecta en la postal equivocada.
Entraron en la habitación y Eva cerró la puerta con llave.
El clic del seguro resonó más fuerte de lo normal en los oídos de Matt.
Él caminó hacia la ventana, buscando aire donde no lo había.
Desde allí, el campo de golf se extendía como una alfombra verde impecable, sin manchas, sin huellas visibles.
La clase de orden que él ya sabía que era mentira.
En el reflejo del vidrio la vio.
Eva, detrás de él, empezaba a desvestirse.
Los tirantes del vestido cayendo por sus hombros, la tela deslizando por su cuerpo con una facilidad obscena.
De otro tiempo, esa imagen habría despertado un deseo instantáneo, una sonrisa, un impulso.
Ahora, apenas le provocaba incomodidad.
Cuando se giró, Eva ya estaba completamente desnuda.
Lo miró con una sonrisa que mezclaba picardía y rutina, como si ese cuerpo fuera un argumento suficiente para apagar cualquier conflicto.
Era hermosa.
Lo había sido siempre.
Y, sin embargo, algo en él se levantó como un muro.
Eva se acercó despacio.
Lo rodeó por detrás, apoyó su cuerpo desnudo contra su espalda, deslizó los brazos alrededor de su torso.
Sus labios encontraron su cuello, dejaron un pequeño mordisco suave, luego un beso húmedo.
—Ven… —susurró, casi cantando—. Tenemos media hora. Vamos un momento a la bañera. Nos divertimos y luego bajamos.
Matt cerró los ojos por un segundo.
No quiero tocarla. No después de lo que vi, no después de lo que hice, pensó, sintiendo cómo el estómago se le encogía. Pero si la rechazo… sospechará.
Se obligó a sonreír.
A girar levemente la cabeza, a dejar que sus labios rozaran la mejilla de ella en un gesto que, desde afuera, podía confundirse con deseo.
—Claro… —murmuró, forzando una sonrisa, mientras su estómago se retorcía con repulsión—. Tenemos tiempo.
Tiempo para mentirte, para fingir que su boca no me das asco después de lo que te vi hacer.
El baño se llenó del ruido constante del agua cayendo en la bañera.
El vapor empezó a empañar el espejo, difuminando las líneas, borrando caras.
Eva cerró la puerta con seguro por segunda vez.
Le gustaba encerrar los espacios, controlar el escenario.
Se arrodilló frente a él con naturalidad, con una sonrisa que mezclaba juego y costumbre.
Sus dedos fueron a la cintura del pantalón, despacio, como si estuviera desenvolviendo un regalo.
Matt se quedó rígido.
El ambiente era sensual, sí.
El problema era que, para él, también era incómodo.
Ella estaba completamente entregada al momento; él, atrapado entre el papel que debía interpretar y la repulsión que no quería o no podía mostrar.
Eva bajó la mirada, y sin una palabra, deslizó la ropa interior de él hasta que su m*****o quedó libre.
Lo tomó con ambas manos, frotándolo con lentitud al principio, y luego más rápido, intentando provocarle una reacción.
Luego, sin pausa, se inclinó y lo metió en su boca, lamiendo la punta, succionando con fuerza medida, alternando caricias con lengua y labios, como si quisiera despertarlo por completo.
Matt apretó los dientes.
Su cuerpo reaccionaba… pero solo un poco.
El m*****o se endureció por unos segundos, apenas lo suficiente como para fingir una respuesta, pero luego, como si algo en él recordara lo que había visto, empezó a perder fuerza, a volverse blando de nuevo.
Eva se detuvo.
Lo notó al instante.
Lo sacó de su boca lentamente y lo observó con el ceño fruncido, como si el cuerpo de Matt la estuviera traicionando más que él mismo.