—¿Pasa algo? —preguntó, con un deje de irritación disfrazado de preocupación—. ¿Acaso estuviste con otra mientras estabas fuera?
Matt reaccionó de inmediato, como quien tapa una fuga antes de que el agua reviente la pared.
—No digas tonterías… —respondió, manteniendo la voz firme—. Es el cansancio de la semana. Nada más que eso.
Ella lo observó unos segundos, como si midiera la temperatura de su mentira.
Más le vale que no me esté siendo infiel… pensó Eva, sintiendo una chispa fría de amenaza en el pecho—. O no imagina lo que pasaría.
Al final, se encogió de hombros, aceptando la explicación a medias.
En la familia, se mentía mucho.
Eva lo sabía.
Sabía también lo que a Matt le desarmaba más que cualquier otra cosa. Se levantó sin decir una palabra, salió del baño por un instante y regresó con un frasco de jabón íntimo.
Lo abrió con lentitud, se acomodó frente a él y, sin ningún pudor, se puso en cuatro sobre la alfombra, inclinando su cuerpo para que él lo viera todo con claridad.
Tomó una pequeña porción del jabón entre los dedos y comenzó a frotarlo con suavidad por la textura de su ano.
Sus movimientos eran lentos, calculados, y con cada caricia se abría más, separando las nalgas con las manos, ofreciéndose en silencio, con los ojos fijos en él.
Matt intentó resistir.
Se dijo a sí mismo que no podía, que no quería… pero su cuerpo lo traicionó.
En un abrir y cerrar de ojos, su pene, que antes se había negado a responderle, volvió a la vida con una intensidad que lo sorprendió.
Palpitaba con fuerza, endurecido, lleno de sangre, y por un instante todo lo visto, lo dicho, lo ocurrido la noche anterior se evaporó de su mente.
El deseo era un animal, y ella sabía exactamente cómo alimentarlo.
El vapor se elevaba en nubes blancas, pegándose a las paredes, al cristal, a la piel.
Eva lo miró con deseo encendido, notando su erección palpitante. Con una sonrisa lasciva, se inclinó, tomó su pene con una mano y frotó lentamente la punta con los dedos.
Luego, guiándolo con precisión, buscó el sitio exacto donde encajara. Usando el mismo jabón íntimo que aún brillaba en su piel, frotó la entrada de su ano con suavidad, abriéndose poco a poco con la otra mano.
El anillo muscular cedió con lentitud, dejando que la cabeza gruesa del pene se abriera paso en su apretado culo.
Un gemido duro y seco le escapó de los labios cuando comenzó a deslizarse sobre él, tragándose su pene centímetro a centímetro hasta que todo el tronco quedó dentro.
Eva se acomodó sobre él con facilidad, sentándose a horcajadas, rodeándole la cintura con las piernas.
Lo besó en los labios, luego en la mandíbula, en el cuello.
Sus manos recorrían su pecho, su espalda, reclamando un territorio que consideraba suyo.
Matt la tocó, la acarició, la besó de vuelta.
Movimientos correctos, medidos, aprendidos.
Todo estaba en el lugar exacto donde debía estar. La escena, desde afuera, habría parecido perfecta.
Por dentro, era otra cosa.
Cerró los ojos, y la imagen de Eva se desdibujó.
La reemplazó la luz roja.
La curva del cuello de Kendall.
La forma en que ella arqueaba la espalda cuando lo buscaba, la respiración de ella rozando su oído, la sensación de su piel caliente bajo sus manos, la entrega real en sus ojos.
Solo así puedo mantener este acto, pensó, con un nudo en la garganta. Pensando en la mujer equivocada.
En un movimiento cargado de deseo bruto, Eva cambió de posición. Se giró con las rodillas en el suelo, apoyando las manos contra el borde de la bañera como una hembra en celo, abierta, ansiosa.
Su culo brillaba por el jabón y el vapor, y lo ofrecía con una mezcla de desesperación y dominio.
—Fóllame fuerte, Matt… rómpemelo —susurró con voz temblorosa, ronca de lujuria—. Quiero que me lo entierres hasta el fondo, como si no te importara si me haces daño.
Matt la tomó por las caderas con fuerza, clavando los dedos, sintiendo cómo la tensión lo consumía.
Todo en él gritaba que no debía, pero su cuerpo ya había cruzado la línea.
—Quiero vaciarme en tu culo… —gruñó con la mandíbula tensa, guiando su pene erecto hasta alinearlo con precisión.
Con un solo empuje se hundió de nuevo en ella, y el movimiento fue tan profundo que Eva soltó un grito ahogado y jadeante.
El sonido del agua chapoteando mezclado con sus gemidos llenaba el baño como una sinfonía cruda.
—¡Más! —gritó ella—. ¡Más! ¡Más fuerte! ¡Acábame ahí dentro!
Los movimientos se volvieron frenéticos, bestiales, golpes que hacían temblar sus cuerpos.
Matt cerró los ojos un segundo, y por un instante, fue Kendall quien estaba ahí, inclinada, gimiendo, pidiéndole que no se detuviera.
—Acábate… en mi culo, amor… —susurraba la voz de Kendall en su mente.
Él no aguantó más.
Se vino con un gemido ronco, apretando los dientes, hundido hasta el fondo, mientras su cuerpo entero se estremecía.
Cuando abrió los ojos, no era Kendall.
Era Eva.
Jadeante.
Satisfecha.
Con una sonrisa felina en los labios y el semen de él goteando de su culo enrojecido.
Luego de unos segundos, Eva notó que él estaba más callado de lo habitual.
—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose para mirarlo a los ojos.
—Sí… —respondió él—. Lo que te dije… cansancio.
Ella pareció conformarse.
Se recostó hacia atrás un poco, acomodándose el cabello, dejando que el agua la cubriera hasta el pecho.
Sacó un cigarrillo de un pequeño estuche impermeable que había dejado a un lado y lo encendió con una calma irritante, aspirando el humo y soltándolo al aire húmedo del baño.
Relajada.
Satisfecha.
Como si la noche anterior no hubiese dejado ninguna sombra.
Matt la observó en silencio.
La bañera era grande, pero él se sentía encerrado.
...
—Ponte el traje de baño que te regalé —dijo Eva al salir del agua, como si hubiesen estado simplemente tomando un baño cualquiera—. No podemos llegar tarde. La familia ya debe estar allí.
Se secó sin prisa, se vistió sin problema, moviéndose por la habitación con la ligereza de quien no arrastra ninguna culpa.
Tarareó algo mientras buscaba su propio traje de baño, eligió un pareo, unas gafas de sol, unas sandalias.
Matt la miraba desde cierta distancia, como si la viera por primera vez.
El cuerpo era el mismo.
La sonrisa era la misma.
La voz, la misma.
Pero algo se había roto en el puente entre ambos.
No la reconozco… pensó, sintiendo un vacío extraño. Y ella no tiene idea de quién soy yo ahora.
Se miró en el espejo por última vez antes de salir.
El traje de baño que ella le había regalado, la camisa abierta, el reloj brillante, el peinado perfecto.
Parecía un hombre listo para una tarde de piscina y champaña.
Por dentro, seguía hundiéndose en aguas turbias donde ningún Winterhaus iba a tirarle un salvavidas.