—Oye, ¿qué tal si hoy hacemos algo distinto? —propuso Olivia mientras se ajustaba las gafas oscuras—. Nada de aburrimientos domésticos. Día de compras. Día de reinar.
Alexandra soltó una risa elegante, afilada.
—Por supuesto. Mamá necesita nuevas joyas, Kendall nuevos tacones, y Eva… bueno, Eva siempre necesita algo.
Kendall levantó una ceja.
—Yo no necesito nada.
—Claro —respondió Alexandra, rodando los ojos—. Y yo soy monja.
Eva tomó del brazo a Matt con una sonrisa luminosa.
—Hoy te queremos consentir. Trajes, relojes… quiero ver cómo te ves cada vez más como un verdadero Winterhaus.
Matt no respondió.
Sintió esa frase como un anzuelo.
Las hermanas rieron, comentaron marcas, criticaron a otras mujeres, hablaron de boutiques como quien habla de templos.
La energía era vibrante, peligrosa, femenina.
Y entonces salieron.
El cielo estaba limpio, azul y frío cuando la caravana de SUVs negras giró hacia la entrada del centro comercial más exclusivo de la ciudad.
Los ventanales de cristal reflejaban el brillo del sol y las sombras elegantes de los vehículos que avanzaban como un cortejo fúnebre de lujo.
Los guardias se movieron con rapidez.
Los gerentes también.
En cuanto vieron la insignia Winterhaus en la primera camioneta, las puertas automáticas se abrieron sin sonido, y varios encargados comenzaron a cerrar tiendas selectas solo para ellos.
Aun así, el centro comercial seguía abierto al público, como una obra de teatro donde todos podían ver, pero nadie podía acercarse demasiado.
Los empleados se alineaban, inclinaban apenas la cabeza, murmuraban “Buenos días, señora Julianne”, “Bienvenidos”, “Es un honor”.
Era servilismo con guantes blancos.
Todo se siente demasiado coreografiado, pensó, frotándose la nuca con una sensación helada.
Eva entrelazó su brazo con el de él, sonriente, vibrando con esa energía de mujer que ama gastar dinero como si fuera aire.
—Hoy quiero que te pruebes de todo, amor —murmuró, acariciándole la muñeca con una delicadeza engañosa—. Quiero verte… impecable.
Matt intentó sonreír, pero le salió débil.
Detrás de ellos, Alexandra caminaba con tacones que sonaban como disparos suaves; Olivia la seguía con una sonrisa cargada de veneno dulce.
Kendall iba más atrás, silenciosa, impecable en un vestido beige que resaltaba su piel como una promesa peligrosa.
Julianne, siempre, era el fantasma que veía todo.
El ojo del huracán.
La primera tienda era una boutique italiana, alfombras beige y espejos dorados. Los empleados los recibieron con sonrisas perfectas, como si fueran esculturas programadas.
Eva tiró de Matt hacia un perchero lleno de trajes.
—Este azul —dijo con brillo en los ojos—. Y este gris… y este n***o. Dios, te verías tan… mío.
Matt tragó saliva.
¿Mío? No sabía si era reír o llorar.
Mientras Eva hacía una selección compulsiva, Olivia y Alexandra observaban desde atrás, cruzándose miradas tensas. Parecía una competencia silenciosa por quién dominaba más espacio, más atención, más control.
Kendall, al otro lado de la boutique, se probaba un collar de oro grueso.
Lo levantó hacia su cuello, inclinando ligeramente la cabeza.
Matt la vio reflejada en el espejo grande del fondo.
Ella no lo miraba, pero parecía esperar eso.
Él se acercó un poco, no demasiado.
Solo lo suficiente para que ella lo oyera.
—Te queda perfecto… —murmuró él, suavemente.
Kendall bajó la mirada apenas, y un rubor leve ínfimo, casi invisible le coloreó la piel de las mejillas.
Julianne lo vio.
No dijo nada.
No sonrió.
No frunció el ceño.
Solo observó.
Y eso era peor que cualquier palabra.
Eva lo llamó desde los probadores.
—Amor, ven, ayúdame con esto —canturreó Eva, arrastrándolo con una sonrisa que olía a perfume caro y tensión contenida.
Matt entró al vestidor junto a ella, un cubículo estrecho con luz cálida y espejos que devolvían cada curva con precisión brutal.
—Súbemelo, amor —pidió, inclinándose con esa delicadeza teatral que usaba cuando quería ser adorada.
Matt obedeció, deslizando la cremallera hacia arriba.
—Tengo dos vestidos más para ti —murmuró él, intentando sonar tranquilo.
—Perfecto —sonrió ella—. Espérame afuera mientras me miro.
Él salió del pequeño cubículo y quedó en el pasillo interior de los probadores, una zona silenciosa, dividida en compartimentos individuales, todos separados por vidrio esmerilado.
Sostuvo los dos vestidos con paciencia artificial, mientras Eva se movía dentro, cambiándose.
Y entonces…
La puerta del cubículo de al lado se abrió.
Olivia.
Adrede.
Mitad del cuerpo desnudo.
El torso completamente descubierto.
Una mano en la cadera.
La boca entreabierta y la mirada fija en Matt…
—Ay… —susurró, bajito, casi un soplo—. Qué pena… creo que no puse el seguro...
No se cubría.
Ni lo intentaba.
Fingía sorpresa con la sutileza de una serpiente.
Su voz estaba calculada para que solo Matt la escuchara…
Él sintió el corazón golpearle las costillas.
Intentó girar la cabeza, pero era demasiado tarde, Olivia lo había elegido.
Ella sonrió, lenta y venenosa, recargándose contra el marco.
—Si quieres mirar… —susurró, ladeando la cabeza—. No me molesta.
Matt retrocedió, respirando como si le faltara aire.
—Olivia… yo… solo estoy—
—¿Mirando? —lo cortó ella, acercándose medio paso, la voz una caricia oscura—. Aquí todos miran, Matt. Solo que no todos tienen el valor de admitirlo.
La puerta de la zona de vestidores se abrió de golpe.
Alexandra.
Su sombra entró antes que su cuerpo, y su mirada iba directa al rostro de Matt.
Veneno puro, era territorialidad violenta.
—¿Qué carajos estabas mirando? —espetó, empujando la puerta de Olivia para cubrirla, como si Matt hubiera cometido una blasfemia—. Si vuelves a mirar lo que es mi…
Se detuvo.
Cambió de tono como quien cambia un arma por otra.
—…te saco los ojos con un tacón si sigues mirando ¿entiendes? —susurró, sonriendo sin humor.
Matt sintió una puñalada fría en el estómago.
Se quedó inmóvil, sin saber qué decir.
Eva salió justo en ese momento, ajustándose el vestido.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó con una sonrisa inocente, pero ojos afilados.
Alexandra sonrió.
Serpiente pura.
—Nada. Todo perfecto.
Pero su mirada a Matt era un cuchillo.
De advertencia y posesión.
Julianne, desde unos metros afuera, observaba la escena como quien mira un tablero de ajedrez.
La siguiente tienda era de accesorios finos. Relojes, brazaletes, piezas de oro blanco que parecían heladas bajo la luz.
Eva seguía llenando bolsas sin mirar precios.
Como si comprar fuera respirar.
Alexandra y Olivia intercambiaban miradas cortantes, celosas, arrogantes.
Kendall se acercó a Matt con un brazalete de oro entre los dedos.
Se lo puso con un gesto suave.
Su mano rozó la muñeca de él, apenas un segundo.
—¿Esto me queda elegante… o demasiado provocador? —preguntó en voz baja.
Matt no la miró directamente.
La miró desde el espejo, como si así pudiera proteger algo.
—Te queda… perfecto —respondió con una sinceridad que lo traicionó.