Matt llegó temprano a la oficina, tan temprano que las luces automáticas ni siquiera habían terminado de encenderse.
Caminó por el pasillo con pasos lentos, sintiendo los músculos tensos, la mente saturada, el estómago revuelto como si hubiera bebido veneno en ayunas.
No dormí nada…, pensó, frotándose la frente mientras entraba en su cubículo. Nada de esto está bien.
Se dejó caer en la silla, respirando hondo, pero el simple acto de sentarse frente al monitor lo devolvió a todo. Como si su cerebro hubiera esperado este silencio para proyectar una película prohibida.
El recuerdo lo golpeó de inmediato.
La infidelidad de Eva con Ben O’Donnell el famoso Linebacker la manera en que ella jadeaba, la forma en que le tiraba de la espalda, su cuerpo arqueándose como si hubiera olvidado que Matt existía.
El encuentro prohibido con Kendall, su respiración entrecortada, el beso que lo quemó, su cuerpo temblando contra él, esa frase que le abrió una grieta en el alma, “Te casaste con la hermana equivocada.”
El espectáculo lésbico entre Alexandra y Olivia, tan descarado, tan crudo, tan real… el tipo de escena que no podría inventar ni en sus deseos más oscuros.
Y lo peor.
El rostro de Julianne, observando desde la sombra, como si lo supiera todo.
Como si ella hubiera visto su culpa, su deseo, su miedo, su debilidad.
Matt apretó los dientes.
Cerró los ojos un segundo.
Y entonces ocurrió.
Un estremecimiento involuntario, una rigidez traicionera, una erección que subió como una corriente eléctrica sin su permiso.
—No… —susurró él, abatido, cubriéndose con la mesa mientras ajustaba su postura—. No ahora…
Pero su cuerpo recordaba a Kendall.
Su mente regresaba a su cuello oliendo a perfume.
Su boca recordaba su sabor desesperado.
En ese momento escuchó tacones acercándose.
—Matt, ¿puedes ayudarme con la maqueta? Necesito llevarla a mi oficina —dijo Laura, sin sospechar el infierno que él estaba viviendo.
Matt abrió los ojos de golpe.
No. No ahora, por favor, no ahora.
Se pellizcó con fuerza la pierna debajo del escritorio, intentando apagar la erección a la fuerza.
—Matt —insistió la voz de Laura—. ¿No escuchaste?
—¡Sí! —dijo él demasiado rápido, enderezándose—. Perdón… estaba distraído.
Se levantó como pudo, encorvándose ligeramente hacia atrás, metiendo las manos en los bolsillos en un intento desesperado por ocultar su estado.
Caminó hacia la maqueta con pasos torpes, conteniendo la respiración.
La tomó con ambas manos y la levantó justo a la altura de su cintura, usándola como un escudo improvisado.
—Aquí está… —murmuró, evitando mirarla directamente. Laura su jefa ladeó la cabeza, sin darse cuenta de lo que pasaba—. Gracias, Matt. Ven, sígueme.
Él tragó saliva.
Esto no debería pasarme… esto no debería pasarme aquí. No debería sentir esto.
Intentó borrar el pensamiento, pero volvía.
Una y otra vez.
Como un eco del que no podía escapar.
Mientras intentaba concentrarse en el monitor, una sombra se acercó desde atrás.
—Buenos días, Matt —murmuró una voz femenina, suave, demasiado cerca de su oído.
Matt se tensó.
Era Caitlyn.
Elegante, coqueta y sobre todo una mujer casada.
Una mujer que siempre había sido “amable”, pero a veces estaba… distinta, más atrevida y eso la hacía más peligrosa.
—Te ves cansado —comentó, apoyando una mano en su hombro—. ¿Mala noche?
Antes de que él pudiera responder, Caitlyn se inclinó sobre él para acomodarle la camisa. Sus dedos se deslizaron por el cuello de Matt con una suavidad exagerada, rozando piel.
Matt tragó saliva.
Y entonces lo sintió.
El perfume.
El mismo perfume que Kendall llevaba esa noche.
Ese aroma dorado, suave, dulce y prohibido.
Ese olor que se le había quedado pegado al alma.
Matt se quedó petrificado.
Caitlyn sonrió, notándolo.
—¿Te gusta? —susurró, acercándose más.
Matt no podía pensar. Solo inhalaba.
—¿Qué perfume usas? —preguntó con voz baja, casi áspera.
Caitlyn arqueó una ceja, complacida por el efecto que causaba.
—Sabía que preguntarías —respondió, sacando de su cartera un frasco pequeño.
Lo abrió lentamente, con provocación, roció tres veces una servilleta blanca, el aroma flotó como una caricia sucia.
Matt frunció el ceño, sorprendido por lo familiar del olor.
—Ese aroma… me recuerda a alguien —murmuró, casi sin darse cuenta.
Ella le entregó la servilleta, rozando sus dedos.
—Para que no te olvides de esa persona… —murmuró, inclinándose peligrosamente hacia su mejilla—, …ni de mí.
Matt se quedó helado, sin saber qué hacer… cuando Caitlyn sonrió de lado, como si hubiera leído algo más en él.
—Y dime, Matt… —preguntó con falsa casualidad mientras se arreglaba el cabello—, ¿cómo está tu esposa? ¿Eva Winterhaus? Debe estar en casa disfrutando su vida millonaria, ¿no?
Matt parpadeó, incómodo, pero intentando mantener la compostura.
—Sí… en casa. Disfrutando su vida perfecta —respondió, cruzándose de brazos, intentando desviar la mirada del escote que ella marcaba con intención.
Él contraatacó.
—¿Y tu esposo? —preguntó en el mismo tono amable, pero afilado.
Caitlyn se quedó quieta un segundo. Solo sonrió con descaro.
—¿Mi esposo? —rió por lo bajo—. ¿Y eso qué tiene que ver?
Matt se encogió de hombros
—No sé, solo pregunto qué hay de él.
Ella se inclinó un poco más, dejando ver demasiado.
—Él está bien… allá con su trabajo. No me necesita encima todo el día.
Ella le lanzó una mirada que quemaba.
Matt sonrió por compromiso y desvió la mirada, sintiendo el peligro pegado a la piel.
Caitlyn se alejó moviendo las caderas con gracia calculada, dejando escapar un comentario apenas audible.
—Los hombres casados siempre son los más interesantes… sobre todo cuando están desatendidos.
Al pasar, dejó que su mano rozara ‘accidentalmente’ el brazo de Matt, un toque innecesario que le encendió una alarma en la nuca.
¿Por qué me buscan? ¿Qué me ven?
Porque desde que entró en la familia Winterhaus, las mujeres se acercaban como si él se hubiera convertido en un imán s****l.
Se llevó la servilleta a la nariz una vez más.
No lo hacía a propósito, pero era como una droga, un portal directo a Kendall.
Cuando salió del trabajo, aún olía a ella.
A Kendall.
Justo cuando iba a subir al auto, su celular vibró.