La escena se rearmó en calma.
Abrieron los ojos como si despertaran de un sueño pesado.
La luz roja seguía allí, menos agresiva.
El aire estaba tibio, cargado, con ese olor inconfundible a piel, a sudor, a algo que ya no podían negar.
Estaban recostados en la cama, uno al lado del otro, sudados, exhaustos.
Sus respiraciones seguían pesadas, pero no urgentes, y sus cuerpos se habían soltado, hundiéndose en las sábanas como después de un huracán.
Kendall tenía una expresión que Matt no le había visto nunca. Satisfacción abierta, casi feliz.
No era la sonrisa cínica del club, ni la mueca defensiva con la que respondía a su familia.
Era algo más limpio, más peligroso.
Él también sonreía, pero era una sonrisa rota, placentera y asustada al mismo tiempo.
¿Qué carajos acabo de hacer?, pensó, mirando el techo.
Kendall giró el rostro hacia él. Lo observó un momento en silencio, estudiando la mezcla de culpa y calma que se le leía en los ojos.
—Aunque no te lo haya dicho nunca… —empezó, con la voz más suave de lo habitual— a veces lo imaginaba.
Matt la miró, frunciendo levemente el ceño.
—¿Qué cosa? —preguntó.
Ella sostuvo su mirada, sin huir.
—Que me hicieras todo lo que me hiciste esta noche —respondió, sin adornos.
La frase cayó entre ellos como una confesión en un templo equivocado.
Él desvió la mirada un instante.
Sentía que la culpa le apuntaba desde las cámaras, desde el matrimonio, desde el futuro.
Pero al mismo tiempo, algo dentro de él se expandía con esa revelación, no había sido solo un examen impuesto desde fuera.
Había sido también un deseo antiguo.
Kendall respiró hondo.
—Que quede entre nosotros —añadió, bajando un poco la voz—. Nuestro secreto… hasta que sepamos quién está detrás de este chantaje.
Matt asintió apenas.
Sabía que no se trataba solo de ocultar una infidelidad.
Era algo más fuerte, estaban cubriendo una alianza, un crimen emocional, una línea cruzada que ya no podían desandar.
Un vínculo íntimo, peligroso, que ya no se podía deshacer.
Empezaron a vestirse en silencio, como si desandar la escena fuera otro ritual.
Kendall se levantó primero, recogió su vestido y comenzó a subirlo por su cuerpo, ajustando cada parte con movimientos rápidos pero cuidadosos.
Matt, todavía aturdido, se sentó al borde de la cama y fue buscando su camisa, sus pantalones, su cinturón.
Cuando terminó de abotonarse la camisa, Kendall se acercó con la corbata en la mano.
—Ven —dijo, situándose frente a él.
Se la colocó alrededor del cuello con la tranquilidad de quien ha hecho eso muchas veces en otra vida. Sus dedos trabajaron con precisión, anudando, ajustando, alisando la tela.
Después, alisó también los pliegues de la camisa y acomodó la chaqueta sobre sus hombros.
El gesto se sintió casi matrimonial.
Íntimo.
Doméstico, y por eso mismo, peligrosísimo.
Le devolvió el antifaz.
—Póntelo —ordenó, pero sin dureza.
Él obedeció.
Kendall se ajustó el propio antifaz frente a un espejo pequeño, peinó rápido su cabello con los dedos, se recompuso lo suficiente como para parecer “la Kendall de siempre”. La que caminaba por la mansión como si nada pudiera tocarla.
Antes de que llegaran a la puerta, Matt se acercó por detrás. Tomó un pequeño riesgo más, bajó apenas el vestido por la espalda, dejando al descubierto una franja de piel.
Se inclinó y le dio un beso suave allí, en el centro de esa línea vulnerable.
Kendall se estremeció con un escalofrío agradable.
Una sonrisa corta se le escapó antes de que pudiera controlarla.
Se giró, lo tomó del rostro y lo besó una vez más, rápido pero cargado de complicidad.
—Es hora —susurró—. Vámonos de aquí antes de que llegue alguien más.
Salieron de la cabaña por la puerta roja.
La noche los recibió con un golpe de aire fresco.
Justo en ese momento, las ruedas de un carruaje se escucharon acercándose.
Hubo un pequeño mini-slow motion en el ambiente, el rechinar leve al frenar, risas desde dentro, el destello de una botella asomando por la ventana.
La puerta del carruaje se abrió y de él bajó Eva.
Llevaba el antifaz puesto, el cabello desordenado, el vestido corrido un poco más de la cuenta.
Sostenía una copa en la mano, y su risa sonaba demasiado alta para la hora.
Con ella, dos hombres enmascarados.
Uno se estaba abrochando aún el pantalón, con los dedos torpes.
El otro la sujetaba por la cintura, muy pegado, como si no quisiera darle espacio para pensar.
No hacía falta detalle alguno para entender lo que había pasado en el trayecto.
Kendall se quedó mirando un segundo, evaluando cómo reaccionar.
Midió distancias, tonos, amenazas.
Eva sonrió al verlos.
—Hermanita… —canturreó— así que tú también estabas dándole uso a la cabaña.
Kendall respondió con naturalidad fingida, como si todo formara parte de un chiste viejo.
—Digamos que necesitaba sentirme… diferente esta noche —replicó, con un tono ambiguo.
Matt estaba rígido.
Sentía los músculos agarrotados.
Sabía que, si hablaba, podían reconocerlo por la voz.
Se obligó a respirar.
Eva lo miró de arriba abajo aun con la poca iluminación, con curiosidad cargada de descaro.
—Te conozco… —dijo, entornando los ojos.
Matt cambió la voz, bajándola medio tono, añadiendo un leve acento que no usaba normalmente.
—No lo creo —respondió—. Soy nuevo.
Eva sonrió, satisfecha.
Giro la cabeza hacia Kendall, con malicia.
—Ya veo… no te gusta compartir. Quieres lo nuevo para ti primero —dijo Eva con burla, acercándose un paso más.
Eva sintió un pequeño tirón en la mente, un déjà vu punzante.
Ese tipo junto a Kendall… esa postura, esa forma de caminar… lo he visto antes.
Pero desechó la idea de inmediato; no era noche para pensar demasiado, no cuando tenía otros planes en curso.
Luego se volvió hacia los dos tipos que iban con ella.
—Vamos, chicos, todavía hay trabajo por terminar —añadió, levantando la copa.
Lo dijo con una ligereza sucia, descarada, casi celebrando lo que venía.
—Quiero que esta noche me dejen temblando… ya ustedes saben cómo —añadió, lamiéndose el labio inferior apenas, con esa sonrisa torcida que usaba cuando quería que todos imaginaran exactamente lo que no se atrevía a decir en público.
En su tono había una promesa indecente, una invitación a destruirla de placer hasta que no pudiera mantenerse en pie al amanecer.
Cuando empezaron a caminar hacia la cabaña, Kendall la llamó, manteniendo la actuación.
—¿Y ellos quiénes son? —preguntó Kendall, con un tono dulce por fuera, pero afilado por dentro; una pregunta hecha a propósito, diseñada para que Matt escuchara para que viera con sus propios ojos quién era realmente su esposa.
Eva giró apenas el rostro, sin molestarse en fingir vergüenza.
—Ya sabes… dos de los nuevos jugadores del equipo —respondió con una sonrisa ladeada—. Solo estoy probando lo que firmamos para la próxima temporada.
Lo dijo con una libertad obscena, casi orgullosa.
Luego vino el remate, la puñalada.
—Y tu esposo… —añadió, soltando una risita sucia.
—Ni me acuerdo de él. Seguro está en su casa, hoy soy de ellos. Y mañana vuelvo a ser su adorable esposa.
El descaro era total.
No era solo infiel, era adicta al sexo, a la atención, al poder que sentía cuando otros hombres la usaban.
Lo disfrutaba.
Lo buscaba.
Lo provocaba.
Kendall la observó con una calma calculada, permitiendo que Matt viera todo sin filtros, Eva no era víctima de nadie.
No estaba “confundida”, ni “perdida”, ni “lastimada”.
Era así.
Cruel.
Adicta.
Inevitablemente destructiva.
Matt sintió que algo dentro de él se desgarraba otra vez. Podía sentir el sabor metálico de la rabia en la lengua.
Se hubiera mordido los labios hasta sangrar con tal de no reaccionar.
No digas nada, no aquí, no ahora, pensó, tragándose la rabia y, muy en el fondo, aceptando con un golpe amargo que él… después de la cabaña roja… tampoco estaba tan lejos de parecerse a ella.
Kendall y Matt regresaron al carrito de golf.
El silencio entre ellos estaba cargado, espeso, con el peso de lo que había pasado dentro de la cabaña… y lo que acababan de ver afuera.
Ella condujo de vuelta hacia la zona de estacionamiento.
La mansión brillaba a lo lejos, impecable.
Detuvo el carrito cerca del área donde Matt había dejado su auto.
Antes de que él bajara, lo tomó por la corbata una vez más y lo acercó.
Lo besó discretamente, un choque breve de labios, sin luz roja, sin cámaras visibles, pero con mucha más verdad que todo lo que los rodeaba.
—Mañana ven como si nada —le dijo en un susurro—. Al almuerzo, actúa normal. Lo que menos necesitamos es levantar sospechas antes de saber quién está detrás de todo esto.
Matt asintió, con la mente hecha pedazos.
No puedo ver a Kendall igual. No puedo ver a Eva igual. No puedo verme a mí mismo igual, pensó, sintiendo que ya no tenía suelo firme.
Kendall lo soltó, pero se quedó mirándolo un segundo más de la cuenta, como si no quisiera que se fuera.
Como si supiera que, en cuanto él se marchara, la realidad volvería a caerle encima con todo su peso.
Él se subió a su auto.
Encendió el motor.
Mientras se alejaba, el camino se abría frente a él como un túnel de sombras y luces dispersas.
Matt supo, con una certeza fría, que no había vuelta atrás.