La escena se rearmó en calma. Abrieron los ojos como si despertaran de un sueño pesado. La luz roja seguía allí, menos agresiva. El aire estaba tibio, cargado, con ese olor inconfundible a piel, a sudor, a algo que ya no podían negar. Estaban recostados en la cama, uno al lado del otro, sudados, exhaustos. Sus respiraciones seguían pesadas, pero no urgentes, y sus cuerpos se habían soltado, hundiéndose en las sábanas como después de un huracán. Kendall tenía una expresión que Matt no le había visto nunca. Satisfacción abierta, casi feliz. No era la sonrisa cínica del club, ni la mueca defensiva con la que respondía a su familia. Era algo más limpio, más peligroso. Él también sonreía, pero era una sonrisa rota, placentera y asustada al mismo tiempo. ¿Qué carajos acabo de hace

