Capítulo 2 POV Jessica

1058 Words
El viento cambió al cruzar la frontera. Había algo distinto en el aire. Más denso, más antiguo. Como si los árboles susurraran cosas que no debía oír. El cielo era el mismo, pero el sol se sentía más lejano, y los cuervos volaban en círculos como si esperaran presenciar algo trágico. Mis manos estaban heladas a pesar de que el sol aún brillaba. El viaje había sido largo, incómodo, lleno de silencios que gritaban lo que nadie quería decir. Los guardias del norte, que me escoltaban desde la última estación de paso, no hablaban entre ellos. Apenas me dirigieron la palabra cuando me subí al vehículo cubierto de acero n***o y cristales polarizados. Solo los escuché una vez, cuando uno murmuró en voz baja: —No creo que sobrevive. No me miró. Ninguno lo hizo. —¿Qué pasa si el Alfa intenta lastimarme? —le había preguntado a mi abuelo antes de irnos. Recuerdo que no respondió. Solo me miró como si ya supiera que era inútil luchar contra lo que se venía. La despedida fue breve, tensa. Mi abuela no salió de la casa. No pudo. O no quiso. Apreté los dientes mientras el vehículo subía la colina. La maleza crecía sin control a los costados, como si nadie se atreviera a pisar esas tierras. El bosque parecía observarnos, vivo y expectante. A cada metro, la atmósfera se volvía más pesada. Más salvaje. Y entonces lo sentí. Una vibración extraña en el pecho. No era miedo, pero tampoco era deseo. Era algo primitivo. Como si un eco dentro de mí —que siempre había estado dormido— alzara la cabeza al fin. Bajé la mirada al cristal de la ventana y me congelé. Ahí estaba. La loba blanca. Más clara que nunca. Reflejada en el cristal, detrás de mí. Sus ojos eran los míos, pero más antiguos. Más sabios. Parpadeé y desapareció. Tragué saliva. Recordé a mi madre. La primera y la última vez que la vi, tenía siete años. Ella vino a despedirse de mis abuelos con una maleta pequeña y los ojos hinchados. Me acarició el cabello sin mirarme a los ojos. —No te odio —me dijo en voz baja—. Solo no puedo verte sin recordar… Se fue sin terminar la frase. Y nunca volvió. El auto se detuvo bruscamente. Uno de los guardias bajó y abrió la puerta sin decir nada. Al otro lado del camino, imponente entre las montañas, se alzaba la mansión Valmorra. No… el castillo. La piedra negra parecía beber la luz. Las torres se alzaban como garras, y los ventanales reflejaban la luna aún de día. La verja de hierro no necesitó que nadie la tocara. Se abrió sola. Con un gemido prolongado que hizo que mi espalda se tensara. Di un paso fuera del vehículo. El aire olía a tierra húmeda, musgo y… algo más. Algo salvaje. Los guardias no me acompañaron. Solo hicieron una leve reverencia y se alejaron en silencio, como si no quisieran acercarse más. Yo avancé. No por valentía, sino porque algo en mis pies ya no me pertenecía. Cuando crucé el umbral, una mujer me esperaba en los escalones. Alta, de cabello oscuro recogido en una trenza perfecta, y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. —Bienvenida, señorita Hale. Soy Riven. Estoy a cargo de… su instalación. Instalación. No bienvenida. No llegada. No respondí. Solo asentí mientras ella giraba con gracia y me guiaba hacia el interior. —El Alfa Valmorra la recibirá en su momento. Hasta entonces, esta es su casa. La mansión no era cálida pero era magnífica. Llena de columnas de mármol, cuadros antiguos, alfombras rojas y candelabros de hierro forjado. Pero todo parecía congelado. Como si nadie hubiera vivido allí en años… y sin embargo, algo vivía en cada sombra. Subimos por una escalera en espiral. Riven hablaba mientras caminábamos, pero yo solo la escuchaba a medias. Algo en sus movimientos era perfecto… demasiado perfecto. —Su habitación está al final del pasillo. Tiene baño privado, armario con ropa nueva y vista al bosque. Si necesita algo, toque la campana. Abrí la puerta. La habitación era hermosa, sí. Alta, con ventanales que dejaban entrar una luz tenue. Una cama de madera tallada, sábanas grises como el cielo antes de una tormenta. Pero era fría. No había fotos, ni libros, ni flores. Nada humano. —¿Él vive aquí? —pregunté en voz baja. Riven giró solo un poco el rostro, su sonrisa intacta. —Él es este lugar. Me dejó sola. Me acerqué a la ventana. Desde ahí se veían los árboles, el muro exterior, y un claro más allá, donde algo se movía. Una figura. Un lobo n***o. Inmóvil. Observándome. El corazón me martilló el pecho. Me alejé del cristal. El aire en la habitación olía diferente. A algo masculino. Madera, musgo… y especias oscuras. Como una tormenta escondida bajo tierra. Y entonces lo sentí. No lo escuché entrar. Solo lo sentí. Como si el aire cambiara de densidad, como si el fuego se encendiera desde la base de mi columna vertebral. Me giré. Él estaba ahí. Ares Valmorra. Apoyado en el marco de la puerta, sin una palabra. Alto. Inmenso. De cabello oscuro, ojos de acero líquido, y un rostro tan perfecto que dolía mirarlo. Su presencia dominaba todo el espacio. No había sombra en esa habitación que no le perteneciera. No podía respirar. No podía mirar a otro lado. —Al fin —susurró. Avanzó un paso. Yo no retrocedí, pero no porque no quisiera. Sino porque no podía. Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. La piel se me erizó. El calor subió por mis piernas, por mi vientre, por mis senos. Ares se detuvo frente a mí. A centímetros. No me tocó. Solo inclinó la cabeza, cerró los ojos… y me olió. Lento. Intenso. Como si memorizara cada partícula de mi existencia. Mi garganta se cerró. —Te ves igual —murmuró—. Pero a la vez tan distinta. Iba a preguntarle qué quería decir. Pero ya no estaba. Se fue. Así, sin más. Me quedé sola, temblando. Mirando la puerta abierta como si acabara de ver un fantasma… o a un dios salvaje disfrazado de hombre. No entendía lo que estaba pasando. Lo único que podía preguntarme era: ¿Por qué quería seguirlo?
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