Capítulo 3 POV Jessica

1185 Words
Parecía como si la mansión Valmorra no durmiera. No importa la hora. Siempre hay un susurro que se cuela por las paredes, un crujido en las escaleras, un frío que acaricia la nuca sin explicación. Y sin embargo, no se siente abandonada… sino expectante. Como si cada rincón aguardara algo. A mí. Había pasado apenas un día desde que llegué, y ya sentía que los muros me conocían mejor que yo misma. No podía quedarme en la habitación. No después de lo que ocurrió con Ares. Esa mirada. Ese aroma. Ese susurro… “Te ves igual, pero, a la vez tan distinta”. Mi cuerpo seguía recordándolo. Así que salí. Caminé por los pasillos como si no tuviera derecho a estar allí. Pero no me detuve. Cada puerta que encontraba cerrada con llave se volvía una provocación. Toqué los picaportes. Algunos estaban fríos como hielo, otros… calientes como piel viva. La mansión era un laberinto, no solo físico, sino emocional. No sabía si me guiaba la curiosidad o el instinto de sobrevivencia. O tal vez algo más oscuro. Llegué a un ala olvidada, cubierta de polvo, donde los tapices estaban cubiertos con sábanas blancas que colgaban como fantasmas. Al final del pasillo, encontré una mujer mayor, de manos curtidas, encorvada sobre un cubo con agua. Me observó con ojos pequeños y agudos, como si supiera cosas que yo no. —¿Desde cuándo está cerrada esa habitación? —pregunté, señalando una puerta con un símbolo tallado. Ella se secó las manos con el delantal y me miró fijamente. —Desde antes que usted naciera, señorita Hale. Nadie duerme ahí desde… desde ella. —¿Ella? La mujer no respondió. Solo se alejó, arrastrando su cubo con pasos lentos. No hizo falta que dijera más. “Ella” significaba solo una cosa en esta casa: Ares si había tenido una compañera predestinada y la perdió. ¿Realmente la había matado para ser inmortal? Volví a mi habitación con la mente hecha un nudo pero finalmente me quede dormida. En el sueño me acercaba al ventanal de la sala principal y abría las cortinas. Afuera, el bosque respiraba con lentitud. La neblina comenzaba a levantarse, arrastrándose como dedos sobre la tierra. Y entonces la vi. Una figura. Entre los árboles. Unos ojos brillantes que me observaron con una calma depredadora. Mi reflejo en el cristal parpadeó… pero no lo hice yo. Era la loba blanca. Y esta vez, se acercó a mí sin miedo. En sueños, siempre me observaba. Callada. Distante. Pero esa noche, al cerrar los ojos, la vi corriendo entre árboles blancos, la luna sobre su lomo. Y cuando se giró hacia mí, habló por primera vez. —Jessica… Desperté jadeando, con el corazón desbocado. Las sábanas estaban empapadas de sudor. Mis uñas habían rasgado la tela como si me hubieran salido garras. No estaba sola en mi cuerpo. Nunca lo estuve. ¿La loba blanca era mi loba interior? Horas después, un sirviente llamó a mi puerta con una carta. El sobre estaba sellado con cera color vino. El trazo era familiar: el de mi abuela. Lo abrí con manos temblorosas. "Tu madre lloró al ver tu foto. ¿Si ella estuviera dispuesta a verte lo estarías tu?” No supe si quería reír o gritar. Después de todo este tiempo… ¿por qué justo ahora que me había ido de casa de mis abuelos? Salí de la habitación con la carta aún en la mano. Necesitaba aire. Necesitaba entender por qué todo se sentía tan… predestinado. Como si yo no fuera la que caminaba, sino la que era guiada. Me encontré con Ares en la biblioteca. O más bien, me encontré sola, y él ya estaba ahí, en las sombras, como una extensión de los estantes. No levantó la vista cuando entré. Sostenía un libro grueso entre sus manos y lo leía como si el mundo no importara. Me acerqué despacio. El olor de su cuerpo era imposible de ignorar: bosque, tormenta, sangre antigua. —Quiero hablar contigo —dije. Silencio. —¿Por qué me trajiste aquí? Nada. Mi voz subió, rota por la frustración: —No soy un objeto. No soy un sacrificio. Él cerró el libro con calma y lo colocó sobre la mesa. Alzó la vista. Sus ojos me taladraron. —No. No lo eres. Me congelé. —Entonces, ¿qué soy? Ares se puso de pie. No era necesario que alzara la voz. Su presencia bastaba para hacerme temblar. —Eres mía. —¿Qué? —Tu alma me pertenece, aunque tú no lo sepas aún. Su voz era baja, peligrosa. Pero no amenazante. Era una afirmación. Como si me lo dijera el universo a través de su boca. Mi corazón latía como un tambor de guerra. —Estás loco —susurré. Él dio un paso más. No me tocó. Solo alzó la mano… y rozó mi clavícula con la yema de un dedo. Una línea de fuego se encendió bajo mi piel. Jadeé. Sentí mis piernas fallar. Mi cuerpo reaccionó como si me hubiese marcado. Pero no lo había hecho. —Tu loba aún duerme —dijo, con la voz cargada de certeza—. Pero pronto despertará. Lo siento… aquí. Colocó la palma abierta sobre su pecho. Me miró como si pudiera ver mi alma. Y luego se fue. Desapareció en la oscuridad, dejándome ardiendo por dentro. No entendía qué me estaba pasando. Pero deseaba cosas que jamás me permití desear. Su cercanía me confundía. Me alteraba. Me llamaba. Volví a la biblioteca más tarde, sola. Recorrí los estantes buscando algo que me explicara todo esto que sentía. Y entonces lo encontré. Un libro antiguo, cubierto de polvo, con símbolos grabados en la portada: media luna cruzada por una espina. Vínculos lunares y marcas de alma. Lo abrí con manos ansiosas. Páginas y páginas hablaban de la unión espiritual entre dos almas predestinadas. Lobos excepcionales, marcados desde el nacimiento. Algunos se reencontraban en otras vidas, arrastrando memorias, heridas, fuego. La reencarnación era rara… pero posible. “En algunos casos, el alma marcada regresa a través del linaje, buscando el cuerpo adecuado para renacer.” No supe si llorar o gritar. ¿Era eso lo que pasaba conmigo? Sentí que me observaban. Me giré. Desde la esquina más oscura de la biblioteca, Ares estaba ahí. No se movía. Solo me miraba, como si leyera cada palabra que había tocado. Como si ya supiera. No dijo nada. No hizo falta. Mi respiración se volvió inestable. Cerré el libro. Me alejé, corriendo por los pasillos. Cada paso resonaba más fuerte. Y al pasar por las paredes, noté los símbolos tallados. No eran decorativos. Eran antiguos. Poderosos. Algunos brillaban débilmente al pasar junto a ellos. Todo el castillo estaba marcado con esa magia. Y justo cuando llegué a mi habitación, el suelo tembló bajo mis pies. Un susurro profundo recorrió las paredes. No fue un temblor físico. Fue la casa. Respondiendo. Llamándome. Yo ya no era una invitada aquí. Era la pieza que faltaba. Y algo —o alguien— acababa de despertar en mí. ¿Qué era?
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