Nunca imaginé que el silencio pudiera tener un precio.
Uno que se paga con sangre… con fuego… con deseo.
Riven me llevó por el terreno como si yo fuera una invitada temporal, como si supiera que eventualmente intentaría escapar.
Pero aún así, me enseñó.
Los árboles parecían susurrar secretos cuando el viento pasaba por entre sus ramas, y cada sombra tenía una forma distinta. Demasiado definida. Demasiado real.
—Este bosque es magnífico —le dije, sin mirarla.
—Lo es —respondió ella, sin emoción—. Pero deberías aprender a caminar por él, o su historia se tragará tu espíritu.
Avanzamos hasta lo que parecía un claro, aunque el aire ahí olía diferente. Más espeso. Más antiguo. Y entonces lo vi.
Un altar.
Piedra ennegrecida.
Runas talladas y deshechas por el tiempo.
Y sangre seca… que el sol aún no había conseguido borrar.
Me acerqué, a pesar del temblor en mis manos. Algo me empujaba. Algo dentro de mí sabía que eso tenía una historia oculta que me pertenecía. Que no podía ni tenía el derecho de mirar hacia otro lado.
Y entonces... sucedió.
Una punzada en el pecho.
Una ráfaga de calor detrás de los ojos.
Y la imagen apareció sin que pudiera detenerla.
Una mujer, de rodillas sobre esa misma piedra, el rostro empapado en lágrimas y barro, gritando un solo nombre como si fuera una oración maldita:
—¡Ares!
Su voz desgarró el espacio y el tiempo. Me arrancó del presente. Me hundió en un abismo ajeno… y luego la oscuridad me reclamó.
Cuando abrí los ojos, el mundo tenía el olor de él.
Leña, cuero… y tormenta.
No entendía cómo había aparecido en mi cama, el haber estado con Riven en el bosque no había sido un sueño, yo sabía que había sido real. ¿Entonces cómo llegué a mi recámara? El cuarto, apenas iluminado. El sonido de mi respiración era más alto que mis propios pensamientos.
Y entonces lo vi.
Ares.
Sentado al borde, con los codos apoyados en las rodillas, como si llevara horas ahí. Observándome.
—¿Cómo llegué hasta aquí si estaba en el bosque con Riven? —mi voz salió ronca, herida, como si la visión me hubiera lacerado el alma.
—Riven me llamó cuando convulsionaste. Te recogí del suelo. Nada más.
—No tenías derecho a tocarme —le dije cuando me di cuenta que tenía puesta la pijama.
—Entonces mírame —dijo, con esa voz baja que me erizaba la piel—. Mírame a los ojos… y dime que no me recuerdas.
Lo hice.
Y el mundo se quebró.
Porque no recordaba nada… pero lo sentía todo.
El calor de sus labios.
El peso de su cuerpo sobre el mío.
El temblor de una promesa rota en lo que parecía haber sido otra vida.
Y un vacío que me hacía arder entre las piernas, aunque me negara a admitirlo.
Ares no volvió a dirigirme la palabra, y cuando finalmente me dejó sola, ya era de noche.
Yo no perdí el tiempo porque estaba cansada de secretos y mentiras. Si nadie quería hablar conmigo de lo que estaba pasando, yo buscaría respuestas.
Así que fui a buscar el maldito altar.
En el bosque.
Y cuando lo encontré, la sangre seca ya no estaba.
Pero sobre una piedra fría se veía reflejado lo que parecía ser un cuerpo igual al mío, desnudo, brillando bajo la luna.
Y Ares, arrodillado entre las piernas de aquella mujer que era idéntica a mí, besándola con la desesperación de quien ha esperado toda una vida.
Sus dedos enredados en su cabello.
Sus dientes en su cuello, reclamándola.
Su lengua trazando un juramento sobre su piel, que por la Diosa, podría jurar que la sentía como si a quien recorriera fuera a mí.
Corrí, escapé de aquel lugar, jadeando. Me sentía tan húmeda entre las piernas. Con el cuerpo tembloroso.
Y su aroma… ese maldito aroma... impregnado en mí.
—No puede ser real —susurré, llevando una mano entre mis muslos, temblando de vergüenza y deseo.
No podía quedarme.
No después de esto.
Este lugar estaba maldito. Había algo tan extrañamente demoníaco que no entendía cómo la realidad se mezclaba con la fantasía.
Así que, cuando regresé a mi habitación, comencé a empacar lo que pude y tomé una linterna.
Me colé por el túnel estrecho de la cocina, era oscuro, con las paredes húmedas, y sentía como si cada paso retumbara en mi pecho.
Y cuando vi la luz al final, mi corazón latía con fuerza.
Pero antes de alcanzar la salida, una sombra me bloqueó el paso.
—¿De verdad pensaste que podrías huir sin que yo lo sintiera?
Ares.
Su voz. Su presencia. Su maldita sombra. Todo él era demasiado.
—¡Aléjate! —grité, pero no retrocedí. No podía. Algo me anclaba ahí… entre el miedo y la necesidad.
Él se acercó. No rápido. No lento. Como un depredador que ya sabía que su presa no tenía escapatoria.
Y cuando estuvo a centímetros de mí, me empujó contra la pared. Su mano contra la piedra, al lado de mi cabeza.
—Tu cuerpo me llama —susurró, con la boca casi rozando la mía—. Pero si cedo antes de tiempo… ambos podríamos arder.
—Entonces… ¿por qué no lo haces? Ardamos para que todo esto termine.
No sabía por qué dije aquello tan estúpido, pero sonó más a una súplica que a un reto. Fuera como fuera, solo sabía que mis labios me pedían enredarme en él, aunque mi alma se desgarrara por dentro.
—Porque quiero que me ruegues para que lo haga.
—Porque quiero que antes lo recuerdes.
—Porque si lo haces… no habrá vuelta atrás.
Lágrimas brotaron de mis ojos. No sabía por qué lloraba.
Quizá por lo que temía…
O porque deseaba demasiado a este ser que ni siquiera conocía bien.
Y entonces, el cielo rugió.
Un trueno cortó la noche.
La tierra vibró.
Y en mi mente… una voz.
—Jessica…
Era la loba blanca. Mi loba.
Esa que pensé que jamás tendría.
Esa que siempre creí que estaba rota, silenciada, dormida dentro de mí.
—¿Por qué ahora? —susurré, cayendo de rodillas cuando Ares desapareció entre las sombras.
—Porque la luna ha cambiado —dijo ella dentro de mi mente—. Y tú estás lista.
Volví a mi habitación arrastrando los pies. Confundida. Exhausta.
Mi corazón seguía latiendo en su nombre…
Mi cuerpo seguía temblando con su recuerdo.
Mi loba.
Blanca, majestuosa… reflejada en el espejo, mirándome desde un mundo que hasta ese instante me había estado negado.
—Dime la verdad, ¿Porque nunca me hablaste antes? —exigí saber.
Ella ladeó la cabeza.
Sus ojos… eran los míos.
Y entendí.
Que no había sido ella la que había callado.
Fui yo la que nunca quise escuchar. ¿Pero por qué?