Cada día la voz de mi loba se hacía más clara, como un eco que ya no venía del bosque, sino de mi propio pecho. Nía como se llamaba me hablaba cada día un poco más y yo era paciente con ella y mientras la presencia de Ares se volvía imposible de ignorar. Había aprendido a convivir con su cercanía, con su forma de observarme como si ya supiera cada parte de mí. Y fue justo en uno de esos momentos, cuando el silencio entre nosotros ya era más íntimo que cualquier palabra, que reuní el valor y le pregunté.
—¿Desde cuándo supiste que yo era… ella? —le pregunté a Ares mientras estábamos solos en la sala principal de la mansión.
Los últimos rayos del sol entraban por las ventanas bañaba el suelo de mármol con un resplandor dorado, pero él seguía pareciendo hecho de sombra. Inmóvil. Inmenso. Un lobo contenido en cuerpo de hombre.
—Estaba destinado a ser así —respondió sin dudar—. Desde que naciste y respiraste por primera vez fue para ser mía.
Mis labios se entreabrieron. Era tan fácil creerle… tan peligroso.
—¿Y estás seguro de que somos…
—Compañeros destinados —completó él.
Asentí. Me costaba nombrarlo. Como si al decirlo en voz alta pudiera romperse.
—No niego que siento algo —dije, con honestidad temblorosa—. Pero crecí lejos de todo esto. No se me permitió estar cerca de los miembros de la manada. No sé cómo se supone que debe sentirse el vínculo entre compañeros. Nunca tuve una figura que me lo explicara. Mis abuelos… no eran crueles, pero tampoco afectuosos. Parte de ellos me culpaba por haber perdido a su hija. Por existir.
Ares frunció el ceño. Sus ojos se nublaron como si mi pasado fuera un crimen que él deseara castigar.
—El vínculo no se enseña —susurró—. Se reconoce. Se despierta.
Iba a preguntarle cómo lo supo él. Cómo podía estar tan seguro. Pero en ese momento, como si el universo temiera que nos acercáramos demasiado, la puerta se abrió.
—Perdón —dijo Riven, fingiendo sorpresa al vernos juntos—. La cena está servida, Alfa.
Ares no apartó los ojos de los míos. Pero asintió.
—Es hora de cenar. — me dijo ofreciéndome su mano.
El comedor era extremadamente elegante. Candelabros encendidos, copas de cristal rojo como sangre, y platos adornados con ingredientes que no logré reconocer del todo. Pero lo más abrumador era su presencia, sentada frente a mí, observándome en silencio.
Comí poco. O intenté hacerlo. Porque a mitad de la cena, el calor me alcanzó.
Comenzó en la base del cuello, justo donde se encontraba la marca de la luna. Un ardor que no era doloroso, pero sí incandescente. Como si alguien encendiera una hoguera sobre mi piel. Me llevé la mano al pecho, tratando de disimular el estremecimiento.
Ares me miró entonces, y supe que él también lo sentía.
La marca reaccionaba al vínculo.
Quise preguntar algo, pero su mirada me lo dijo todo: aún no era el momento.
Después de cenar, me llevó al bosque.
No lo discutí. Lo seguí porque todo mi cuerpo lo pedía. Porque la voz dentro de mí cantaba con cada paso, más alto, más claro.
La noche estaba bañada de rojo.
La luna llena colgaba en el cielo como una herida abierta, palpitante. La tierra respiraba debajo de nuestros pies, y el bosque… susurraba mi nombre.
Jessica...
Las ramas, el viento, incluso el silencio… todo lo pronunciaba.
Me detuve, asustada.
—¿Por qué…? —empecé a decir, pero no supe cómo terminar la pregunta.
Ares se acercó a mí. Su voz fue grave, íntima, reverente.
—Porque ya estás lista. Tu loba te llama. Es momento de recordar.
—¿Cómo sabes que ha comenzado a hablarme?
Él alzó una mano, la colocó sobre mi corazón.
—Porque yo la oigo también.
Y entonces todo explotó dentro de mí.
La transformación no fue sutil. No fue amable. Fue un estallido. Mis huesos crujieron. Mi piel ardió. Mis ojos se inundaron de una luz dorada que no era del mundo de los humanos.
Y luego, corrí.
Corrí como si hubiera estado toda la vida contenida. Como si cada paso arrancara una capa vieja de mí misma. Era velocidad. Era instinto. Era libertad.
Era loba. Al fin.
Lo sentí detrás. Su energía. Su olor. Su presencia.
Y entonces lo vi.
Un lobo n***o, inmenso. Majestuoso. Cada paso suyo estremecía el suelo. Cada movimiento era salvaje y elegante a la vez.
Ares.
Corrió junto a mí como si siempre lo hubiera hecho. Como si el bosque fuera solo nuestro. Como si el tiempo no existiera.
Y por primera vez en mi vida… me sentí feliz. Completa.
El claro apareció entre los árboles como una visión sagrada. Ahí nos detuvimos. Nuestros cuerpos vibraban de poder. El aire se llenó de electricidad. Y sin pronunciar palabra… volvimos a ser humanos.
Desnudos. Sudorosos. Respirando el mismo aire.
Yo estaba extasiada. Eufórica. Embriagada por la sensación de estar viva por primera vez.
Ares me miró. Y al ver mi alegría, me estrechó contra sí.
Su piel contra la mía. Su corazón latiendo al mismo ritmo.
No sentí vergüenza. No sentí frío.
Solo deseo.
—Es cierto entonces, así es como debe sentirse entre compañeros —susurré, casi con miedo a romper el instante.
Ares no respondió. Pero su erección, dura contra mi abdomen cuando me acerco a el, me dijo más de lo que cualquier palabra podría.
Intenté alejarme. No porque no lo deseara. Sino porque me asustaba cuánto lo necesitaba.
Él me atrapó la boca con la suya.
El primer beso fue suave. Un roce reverente. Como si me adorara.
Pero luego… se volvió tempestad.
Rabia. Fuego. Necesidad.
Me besó como si no pudiera evitarlo. Como si mi existencia lo consumiera. Y yo respondí. Mis dedos se aferraron a su nuca. Mi cuerpo se arqueó hacia él. Todo en mí clamaba por él.
Y entonces, la escuché.
Mi loba. Mi voz. Mi esencia.
“Tómame ahora.”
No fue una súplica. Fue una orden.
Y él la oyó. Lo vi en sus ojos.
Yo estaba jadeando, temblando, perdida en la fiebre de su cercanía.
Y cuando se colocó encima de mí para hacerme suya, lo escuche decir la frase que hizo rugir hasta mi propia alma.
—Mi Luna. Eres mía.