Capítulo 6 POV Jessica

1131 Words
Su voz era una mezcla de poder y devoción. No me pidió permiso. No lo necesitaba. Yo ya era suya. Su cuerpo descendió lentamente, rozando mi piel desnuda como una caricia ardiente. Cada músculo de su pecho, cada suspiro, cada jadeo suyo se clavaba en mi carne como si mi cuerpo lo hubiese estado esperando desde antes de nacer. Me abrió las piernas con suavidad, pero con decisión. Y cuando su erección se deslizó contra mi entrada, húmeda y temblorosa, gemí su nombre como una plegaria. —Ares… —Shh… —susurró contra mi cuello—. No tengas miedo. Estás hecha para mí. Empujó apenas un poco, y sentí cómo mi cuerpo intentaba resistirse al tamaño de él. El ardor me hizo cerrar los ojos y tensarme. —Es demasiado grande… —jadeé entrecortada—. No va a entrar… Él sonrió, su aliento cálido sobre mi boca. —Necesitas relajarte —dijo con una ternura tan brutal que me hizo estremecer—. Nuestros cuerpos fueron hechos para unirse. Para pertenecer. Me besó mientras volvía a empujar, lento, paciente… firme. Sentí cómo me estiraba. Cómo mi cuerpo se abría para él. Me aferré a sus hombros, y cuando llegó ese momento… ese instante de dolor agudo y revelador, supe que ya no había vuelta atrás. Mi himen se rompió con un gemido ahogado escapando de mi boca. Y en el mismo latido, Ares me llenó por completo. Me sentí invadida, poseída, marcada. Su grosor me obligaba a sentirlo en cada rincón de mi interior. Era demasiado… y al mismo tiempo, era exactamente lo que necesitaba. —Dios… —jadeé, aferrándome a él—. Me siento tan llena. —Así debe ser —gruñó contra mi cuello—. Nadie más tendrá esto de ti. Nadie más te hará suya. Solo yo. Solo yo, Jessica. Sus embestidas se volvieron más profundas, más intensas. La fricción era perfecta, abrasadora. Cada movimiento arrancaba un grito bajo de mi garganta, un gemido descontrolado, un estremecimiento de mi cuerpo entero. El aroma de la tierra húmeda, del bosque, de su piel… se mezclaba con el placer. Yo, tendida bajo él, abierta, temblando, entregada. Él, sobre mí, besándome, succionándome los pezones, susurrando entre jadeos: —Cuánto te esperé… oh, mi Luna… cuánto dolió no tenerte… cuántas veces soñé con esto. Yo no entendía del todo sus palabras. Pero su cuerpo sí. El mío también. —Muy pronto lo entenderás todo —me prometió con una embestida feroz—. Tu cuerpo ya ha comenzado a recordar… Muy pronto lo hará tu mente. Somos uno. La Diosa nos unió. Nuestro vínculo es sagrado. Tú eres sagrada para mí. Sus manos me sostuvieron con fuerza, y yo me rendí a cada estocada, a cada gemido, a cada palabra posesiva que me hacía sentir menos humana… y más loba. Cuando el orgasmo me alcanzó, lo hizo como una ola salvaje. Grité su nombre. Me arqueé bajo él. Y su rugido me siguió, profundo, animal, mientras derramaba su semilla en mí. Nos quedamos así, jadeando, aferrados el uno al otro. Unidos. Marcados. Inquebrantables. Y su voz, ronca, contra mi oído: —Nunca te alejaran de mi lado nunca más. Me recosté sobre su pecho, la piel aún ardiendo, el cuerpo tembloroso. Y entre suspiros, murmuré: —Ares… por favor. No entiendo… Lo que dijiste, nunca había estado contigo antes como es que dices que no volverán a separarme de ti. Él tensó la mandíbula. No me miró al principio. —Lo sabrás pronto —fue todo lo que dijo. Pero sus ojos no eran fríos. Eran fuego contenido. Deseo reprimido. Posesión absoluta. Y antes de que pudiera insistir, me tomó por la cintura y me giró. Mis pechos rozaron la tierra húmeda. Sentí las hojas contra mi abdomen, el suelo frío bajo mis muslos, y su cuerpo caliente, erecto de nuevo, contra mis nalgas. —¿Ares? —susurré, volviendo la cabeza—. ¿No deberíamos volver a la mansión? Su respuesta fue un gruñido, casi un rugido. —Volveremos pero, primero voy a tomarte así. Me sujetó por la cintura, alzándome ligeramente, y en un solo movimiento, volvió a hundirse dentro de mí pero esta vez por detrás. Grité. —¡Ares! Él jadeó con fuerza, y comenzó a embestirme desde atrás, con un ritmo salvaje, imparable. Sus caderas chocaban con mis glúteos, haciendo temblar el suelo debajo de mí. Sus manos se alzaron a mis pechos. Los tomó con fuerza. Los amasó, devorándolos con las yemas de los dedos, presionando mis pezones ya hinchados. Y luego, su boca descendió. Succionó mis pezones con hambre sin dejar de tomarme por detras. Su lengua los lamía con fuego, mientras sus embestidas se hacían más profundas. Mis gemidos se mezclaban con los suyos. El único sonido en el claro era el del sexo que compartimos. De nuestros cuerpos unidos. De nuestros jadeos desesperados. —Díme de quién eres —ordenó. —Tuya —jadeé—. ¡Tuya, Ares! —Más fuerte. —¡Solo tuya! Y él me tomó más fuerte aún. Mi cuerpo lo aceptaba con una entrega feroz. Porque estaba hecha solo para él y como si lo hubiera esperado por siglos. El placer se acumuló con brutal intensidad. Mi orgasmo me desgarró de adentro hacia afuera, y cuando él se vino por segunda vez, lo hizo rugiendo mi nombre, enterrándose tan hondo que sentí que me marcaba desde dentro. Caí sobre la tierra, jadeante, con los muslos aún temblando, sin fuerzas para moverme. Me quedé ahí, unos momentos, atrapada entre el calor y el vacío, sintiendo cómo su respiración chocaba con mi espalda. No sé cuánto tiempo pasó… Pero cuando lo sentí encima de nuevo, deslizándose dentro de mí, supe que no había terminado. —¿Otra vez…? —susurré, entre un gemido y una carcajada nerviosa—. ¿Cuánta fuerza tienes? Su sonrisa fue pura oscuridad. —La suficiente para confirmarte a quien perteneces. Y volvió a tomarme. Sin pedir permiso. Sin anunciarse. Simplemente me reclamó, como si mi cuerpo le perteneciera desde siempre… como si ni siquiera el tiempo o la muerte pudieran separarnos. Y dentro de mí, Nía jadeaba. Mi loba interior. Mi sombra. Mi instinto. Disfrutaba, embriagada por el olor del lobo de Ares, por la brutalidad de su fuerza, por esa forma salvaje y perfecta en la que nos poseían. Ambas dominada, por el deseo. Por esa devoción cruda que no necesitaba palabras. Por el vínculo invisible entre compañeros predestinados que se estrechaba más con cada embestida, con cada jadeo, con cada orgasmo compartido. El sexo, la pasión y la devoción se convirtieron en un torbellino. Uno que nos revolvía por dentro. Uno que borraba el dolor, el miedo, el pasado. Uno del que no quería salir jamás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD