Desperté sola. Ares me había traído hasta su recamara al amanecer y había lavado mi cuerpo antes de acostarme en su cama.
Su lado esta vacío pero aún guardaba el calor de su cuerpo… pero ya no su presencia.
El aire olía a él: madera quemada, cuero viejo y ese aroma salvajemente masculino que me provocaba incluso dormida.
Y sin embargo, todo estaba… demasiado silencioso.
Como si la habitación se hubiese tragado sus gemidos, sus caricias, y ese momento donde perdimos el control juntos.
Como si el mundo hubiera decidido fingir que nada de eso pasó.
Me incorporé con lentitud, cada músculo protestando con un ardor dulce, íntimo, que me hizo cerrar los ojos un instante.
Dolía... pero de una forma que no quería que desapareciera.
El recuerdo era tan vívido que mis mejillas ardieron, pero el pensamiento que siguió fue como una bofetada:
No me marcó.
Ni me permitió marcarlo.
Tragué saliva, inquieta. ¿Por qué?
¿No se supone que éramos compañeros?
¿Se arrepentía de lo que habíamos compartido? Yo jamás había estado con un hombre y lo que le permití hacerme sobre la tierra había sido tan pecaminoso que solo debía ser experimentado por compañeros.
Me vestí a toda prisa, ignorando el temblor en mis dedos. Caminé por el corredor, pero Ares no estaba. Ni una nota. Ni una señal.
Nada.
Mi pecho se apretó.
La parte más lógica de mí me dijo que no sacara conclusiones, que tal vez solo necesitaba espacio.
Pero la parte que lo había sentido dentro de mí… la que todavía lo sentía… sabía que no era solo eso.
Y entonces, Nía habló.
—Ares y su lobo Zek nos protegerán. No volverá a pasar lo mismo dos veces.
Su voz resonó en mi mente con fuerza, como si viniera desde una profundidad que yo aún no alcanzaba a comprender.
—¿Qué estás diciendo? —pregunté mentalmente, temblando, como si presintiera que no estaba preparada para la respuesta.
Nía no respondió con palabras.
No lo necesitó.
Me mostró lo que Zek le había mostrado anoche mientras la montaba.
La ráfaga me atravesó.
Ya no estaba en el corredor.
Estaba en otra vida.
El cielo era rojo. El suelo húmedo.
Mi cuerpo… el mío pero diferente… yacía sin vida entre los brazos de Ares.
Sus manos estaban cubiertas de sangre.
Su mirada… deshecha.
Un gemido grave brotaba de su garganta, un grito silenciado por la pérdida.
Y su voz quebrada, rota, destrozada repetía una y otra vez:
— No me dejes, no me dejes en la eternidad sin tu presencia.
El dolor de él me atravesó como una lanza.
Mi pecho dolió como si aún pudiera sentir el filo que me arrancó la vida.
Y lo supe.
Yo fui ella.
La mujer que amó.
La que perdió.
La que le arrebataron.
El vínculo no era nuevo.
Era antiguo. Eterno. Inquebrantable.
Sellado por la luna y manchado por la sangre.
Abrí los ojos con un jadeo.
Estaba de rodillas junto a la cama, temblando.
—En otra vida—susurré, con lágrimas corriendo por mis mejillas—. Ya fui su compañera predestinada…
Me puse de pie tambaleante, aún conmocionada, pero con una necesidad desesperada de encontrarlo.
Necesitaba mirarlo.
Necesitaba saber que lo que sentí no fue solo un capricho del destino.
Seguí caminando por el pasillo con pasos apresurados, el corredor parecía más largos, más frío.
Mi corazón latía a un ritmo frenético cuando la vi.
—¿Buscas a alguien? —preguntó Riven con una sonrisa cínica, recargada en la pared.
—Ares.
—Nuestro Alfa no está disponible para ti en este momento —replicó, y su tono dulce fingido solo avivó la furia que se acumulaba en mi pecho—. ¿Por qué no te relajas un poco?
Intentaba distraerme.
Alejarme de élla.
Controlarme pero Nía gruñó.
Y lo sentí.
Una energía salvaje emergió desde dentro.
La miré. Solo eso.
Una mirada.
Pero fue suficiente para que Riven retrocediera. Su sonrisa se esfumó. Supo que no debía empujar más.
No tenía tiempo para su veneno era obvio que tenia deseos enfermizos por Ares.
Seguí caminando, guiada por mi instinto…
Pero terminé regresando a la habitación de Ares cuando no lo encontré. La puerta estaba entreabierta, el viento movía las cortinas, y el sonido del bosque entraba con suavidad.
Lo encontré de pie en el balcón.
De espaldas.
Inmóvil.
El hombre que me hizo temblar horas antes ahora parecía una estatua fría tallada por el dolor.
Me acerqué con el corazón en un hilo.
Y justo cuando iba a tocarlo, él se apartó.
Como si mi contacto fuera una amenaza.
Como si mi cercanía doliera.
—¿Te arrepientes de lo que pasó? —pregunté, ahogando el nudo que se me formaba en la garganta, con el corazón latiendo con una mezcla de temor y esperanza.
Tardó en responder. El silencio entre nosotros se volvió denso, casi insoportable.
Cuando lo hizo, no me miró. Su mirada se perdió en un punto invisible, como si las palabras que estaba a punto de pronunciar lo lastimaran también a él.
—Me arrepiento de no haberte hecho mía desde que llegaste —murmuró al fin, con una voz tan baja que apenas si rompía el aire entre nosotros.
Mis labios temblaron. Su confesión se clavó en mi pecho como una verdad que ya conocía, pero que dolía oír en voz alta.
—¿Entonces por qué…? —empecé a decir, apenas encontrando valor para preguntar.
—Porque tengo miedo de romperte —dijo, esta vez sí girando el rostro hacia mí, con una expresión sombría, marcada por una culpa que no terminaba de entender.
—Porque si cedo ahora y te marco antes de tiempo… podrías no resistirlo cuando conozcas toda nuestra historia.
Su voz era un susurro, pero sus palabras me golpearon como un trueno, desgarrándome por dentro.
Y sin pensarlo, sin medir las consecuencias, hablé:
—Muéstramelo.
Parpadeó, confundido.
—¿Qué?
Tragué saliva, con el pecho al borde de estallar.
—Si existe la forma… muéstrame esa vida. Lo que fuimos. Lo que perdimos. Quiero saberlo. Quiero recordarlo contigo. Aunque duela… prefiero la verdad a seguir viviendo a medias.