Capítulo 8 POV Jessica

1167 Words
El mundo a mi alrededor cambió cuando Ares tomó mi mano. No me dijo palabras dulces ni me advirtió lo que iba a mostrarme. Solo me miró con esos ojos marcados por siglos de dolor… y luego todo se volvió niebla. Cuando la bruma se disipó, no estaba en nuestro tiempo. El aire era más puro. La tierra, intacta. Los árboles se alzaban como dioses antiguos y el canto de los pájaros no había aprendido aún a temer. Y allí estaban ellos. Dos niños. Ares… tan pequeño, tan salvaje incluso en la inocencia. De cabello oscuro y ojos verdes que ya entonces ardían con la sombra de un futuro inevitable. Y Eleanor… su nombre me vino de golpe, sabía que ella era yo, pero en otra vida. Mi melena castaña caía como un río indomable, y en mis mejillas se dibujaban manchas de barro y libertad. El vínculo entre nosotros no necesitaba palabras. Se sentía. Estaba en la forma en que Ares me seguía con la mirada, en cómo yo reía solo para él, en cómo nuestras manitas se entrelazaban cuando nadie nos veía. —Corre, Ares —grité en aquella otra vida, con una manzana robada en la mano—. ¡Si nos atrapan, diré que fue idea tuya! Él rió. Un sonido claro, honesto, que ahora me dolía escuchar. Porque conocía el final. Porque sabía lo que les harían. Las escenas se sucedieron como retazos de una vida olvidada: el río donde aprendimos a nadar, los juegos entre lobeznos, la primera vez que nos transformamos juntos bajo la luna. Los ancianos de la manada observando desde la distancia, murmurando en lenguas antiguas. Algunos lo llamaban abiertamente como destino. Y luego, en un salto casi imperceptible, los dos cumplimos dieciocho. El bosque nos recibió de nuevo. Ya no eramos niños. Me había convertido en una mujer de belleza silenciosa, firme y luminosa. Ares, en un hombre que ya cargaba el peso del liderazgo sobre sus hombros. Esa noche, mientras el clan celebraba su unión con fuego y cantos, ellos se alejaron. Nuestros pasos nos llevaron al claro y pude identificar que era el mismo en donde anoche Ares me hizo el amor como Jessica. En nosotros no había duda, no había temor. Solo la certeza. —¿Lo sientes? —me susurró Ares mientras acariciaba mi mejilla. —Siempre lo he sentido —respondió en aquella otra vida. La luna nos cubrió como testigo. Nos amamos aquella primera vez rodeados de luz plateada y tierra viva. La unión fue suave al principio, luego feroz, tan natural como respirar. Era salvaje, como todo lo que nace del alma. Como si el universo hubiese estado esperando ese instante durante siglos. Los años que siguieron fueron de paz. Gobernábamos como herederos en formación, venerados por la manada, adorados por los jóvenes, respetados por los ancianos. Donde ibamos, florecían los días. Hasta que los susurros comenzaron. No quedaba embarazada. Al principio, fue una sombra. Luego, una tormenta. El Alfa Thorne, padre de Ares, exigía un heredero. El chamán de la tribu confirmó lo que nadie quería oír: Yo no podía concebir. La noticia cayó como cuchilla entre nosotros. —No me importa, Eleanor —le dijo Ares a mí yo de otra vida una noche, arrodillado—. Eres mi vida. No necesito hijos. Te necesito a ti. Pero el mundo no se rige por el amor. No en la manada. No cuando hay tronos de por medio. Mi padre Ezekiel de aquel entonces se puso del lado del Alfa. Decía que yo estaba condenando la estabilidad del linaje. Mi madre que en aquel entonces se llamaba Jocelyn, respaldó cada palabra con veneno envuelto en fingida dulzura. Y entonces llegó la traición. —Solo queremos hablar, hija —dijo Jocelyn, abriendo los brazos—. Somos tu familia. No queremos pelear. Fui. Por supuesto que fui. Era mi madre. Yo quise gritarme a mí misma que no lo hiciera. Quise correr, sacarme de allí. Pero solo podía mirar por que todo aquello era solo un recuerdo. Me encerraron. Me entregaron al Alfa. Y él... él me quebró. Thorne no me golpeaba para herirme. Lo hacía para obligarme a rechazar a Ares públicamente. Para romper el vínculo. Me despojó de comida, de agua, de dignidad. Me humilló hasta dejarme apenas con piel y huesos. Pero no logró lo que quería. —Recházalo —gruñía Thorne, escupiendo sangre. —Jamás —susurraba, con la voz hecha cenizas—. Antes muerta. Y mientras todo eso ocurría, Ares… había partido. Había cruzado las montañas hacia las Tierras del Humo. Donde las brujas tejían hechizos con sangre y fuego. Quería una sola cosa: la inmortalidad. —Si somos eternos —les dijo—, no importará un heredero. Eleanor y yo gobernaremos por siempre. Las brujas accedieron. Pero le advirtieron: —Cruzarás al otro lado y perderás la conexión. No sentirás su alma. No sabrás si vive o muere. —Estará bien —respondió él—. Está con su familia su madre no seria capaz de dañarla la ama. Yo quería golpearlo. Quería decirle que no estaría bien. Que cada segundo que él ganaba poder, yo iba a sangrar por su ausencia. Pero no podía hablar. Solo mirar. Cuando Ares regresó, ya no era completamente lobo. Era algo más. Algo oscuro. Algo que no envejecía. Corrió hacia el claro. El mismo donde se amaron. El mismo donde todo comenzó. Y ahí me encontró. Desnuda. Desnutrida. Inconsciente. Su piel estaba cubierta de marcas, cicatrices abiertas, costillas expuestas. Su olor… ya no era el de una loba. Era el de alguien que había sido arrancado de sí misma. Ares cayó de rodillas. —¡Eleanor! —gritó—. ¡Eleanor, por favor! Abrió los ojos. Por un instante, el vínculo se encendió. Como una estrella que brilla antes de apagarse. Mis dedos buscaron los de él mientras le compartía de forma espiritual los recuerdos de lo que yo había vivido en cautiverio a causa de la traición de mi madre. Cada proyección lo hacía arder en furia. —Perdóname… por no tener más fuerzas —murmuré en los últimos momentos de aquella otra vida. —No… no —repitió Ares, abrazándome—. Fue mi culpa. Pensé que estarías a salvo, que al menos tu madre te protegería. Ya no respondí. Mi alma ya se estaba alejando. Y justo antes de perderme, él lo sintió romperse por dentro. Nuestro vínculo… desapareció. Y en su lugar, solo quedó la ira. —Te juro —susurró Ares, con la voz hecha sombra—, que la sangre de quienes te traicionaron alimentará mi eternidad. Entonces todo se volvió oscuridad. Cuando abrí los ojos, estaba de nuevo en mi cuerpo. En nuestra era. Ares seguía frente a mí, con el rostro en sombras. No dijo nada. No tuvo que hacerlo. Había compartido conmigo los recuerdos que yo misma compartí con el antes de morir. Y ahora yo… nunca volvería a ver su alma del mismo modo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD