Me arrodillé frente al altar. El metal del cuchillo ceremonial brillaba con una luz interior, como si reconociera el momento, como si despertara al fin tras siglos de espera. Era un artefacto antiguo, que arrastraba susurros por sus filos, murmullos que parecían nacer de la propia sangre que alguna vez lo bañó.
No todos podían oírlos, claro.
Pero yo, sí. Porque el amor que guardaba en el pecho era tan profundo, tan feroz, que ya no era amor... era fe. Y una fe así no admite dudas, ni límites.
Mis dedos lo sostenían con delicadeza ritual, no por fragilidad, sino por respeto. Era como tocar los huesos de una deidad, como si ese acero respirara con cada latido que no era mío, sino suyo.
—El altar para el rito está estable —informó Riven desde la entrada del templo, con su voz baja y contenida.
Me giré ligeramente. La túnica negra le caía como un velo de sombra que respiraba con ella, y sus ojos brillaban con una malicia tan pulida que solo podía nacer del placer que provoca lo prohibido. En sus manos, sostenía el grimorio. Antiguo, cubierto con piel endurecida por siglos de secretos y sangre. El símbolo en la portada —una luna partida— parecía palpitar con un leve resplandor, como una herida que no termina de cerrar.
—¿Dónde lo encontraste? —pregunté sin apartar la vista del libro.
—Bajo las ruinas de Skarnath. Lo protegía una barrera de huesos y runas perdidas. Pero sabía que lo querrías —respondió, y dio un paso más cerca—. Y aquí estoy, como siempre.
Tomé el libro y lo abrí con cuidado. El pergamino susurró bajo mis dedos como piel que vuelve a reconocer el tacto amado. Las letras no estaban escritas, estaban grabadas. Parecían retorcerse bajo la luz de las antorchas. Las palabras estaban vivas. Como maldiciones que aguardaban pronunciación. Las instrucciones eran claras. Frías. Sin compasión. Como debía ser.
Cada línea parecía escrita con venas secas, como si alguien hubiera desangrado sus recuerdos sobre aquellas páginas para evitar olvidarlas. El olor era fuerte, una mezcla de moho, tinta seca y polvo de cripta.
—Este ritual fue prohibido hace siglos —murmuró Riven con un dejo de deleite morboso—. El Consejo de hombres lobo no solo lo censuró. Lo condenó. Se dice que el sacrificio pierde la noción de quién es.
—¿Y quién es realmente ella ahora? —respondí sin levantar la mirada—. Un nombre sin alma. Un cuerpo que respira sin sentido. Si eso es lo que tiene para ofrecer... lo que voy a hacer es misericordioso.
Dejé que la daga descansara sobre el altar con la reverencia de un amante que conoce cada cicatriz de su amada. El mármol comenzó a sangrar. No un truco. No una metáfora. Las grietas exhalaron un hilo espeso y oscuro, como si el templo llorara sangre antigua al reconocer la voluntad de su amo.
El olor metálico inundó la sala, denso, casi dulce. Las llamas del fuego ceremonial parpadearon, como si también presenciaran con reverencia lo inevitable.
Riven se agachó a mi lado, apoyando los codos sobre sus rodillas, como si contemplara una obra de arte. Su expresión era la de quien presencia algo sublime y terrible al mismo tiempo. Como si su alma danzara entre el morbo y la admiración.
—¿Y qué harás con Jessica? —preguntó con voz suave, casi íntima—. ¿Crees que participará en esto… por voluntad propia?
Me levanté, con el grimorio bajo el brazo y la daga en la mano. Caminé hacia la pared norte del altar, donde un panel oculto se deslizaba con mi toque. La humedad me saludó al abrirse la entrada. La piedra rezumaba historia. Y pecado. Bajé los escalones lentamente, las sombras envolviéndome mientras descendía al santuario secreto.
La temperatura descendió. El aire se volvió denso, húmedo, cargado de ecos. Aquí no llegaban los dioses. Aquí solo quedábamos los que habíamos decidido tomar su lugar.
—Jessica lo hará —dije sin girarme—. No porque crea en mí. No porque entienda. Sino porque ya le mostré lo que fuimos. Lo que somos. Su alma ya nos reconoce como uno. Le di los fragmentos. Le di las visiones. La envolví en la verdad como un manto tejido con memorias que no le pertenecían… y sin embargo, le dolían.
Encendí la luz tenue de los candelabros empotrados. El aire se volvió más denso. Era como caminar en un sueño donde todo estaba hecho de humo y cicatrices. A cada paso, los retratos me devolvían la mirada. Eleanor. Pintada una y otra vez. En primavera, con la piel encendida por el sol. En invierno, con lágrimas heladas en las pestañas. En la cama, dormida. En la batalla, sangrante. Cada uno de esos cuadros era un rezo pintado con obsesión. Una plegaria detenida en óleo, para que los dioses —o los demonios— no se atrevieran a borrarla de mí.
Eran las únicas verdades que me quedaban. Pinceladas de una eternidad robada. Testimonios de una mujer que no debía haber muerto.
—¿Y si fallas? —preguntó Riven, que había bajado tras de mí sin que lo notara. Sus pasos eran como el pensamiento: silenciosos, inevitables—. ¿Estás dispuesto a perderla? A perder a Jessica. A la mujer que camina con el alma de la compañera predestinada que la diosa eligió para ti.
Me detuve frente al más reciente de los retratos. Una imagen inacabada. Sus ojos aún eran manchas de pintura húmeda. No necesitaban definición. Yo los conocía. Podía pintarlos con los ojos cerrados y el alma sangrando.
—Jessica ya no existe realmente —susurré—. No después de hacerla mía. No después de dejar mi nombre en sus venas como un eco que no puede callar. Solo es Eleanor, mi Eleanor en reconstrucción.