Tan pronto como llegamos a la residencia de Ares, el vehículo oscuro de la bruja se detuvo frente a la entrada principal. Resultaba extraño… no habíamos intercambiado más que un par de frases durante el trayecto, ni siquiera se presentó formalmente. Y, aun así, algo dentro de mí susurraba que volvería a verla. Cuando Ares apareció en el umbral de piedra, su presencia se sintió como un viento helado atravesándome el pecho. Imponente. Sereno. Como si mi regreso no lo sorprendiera en lo absoluto. Como si me hubiese invocado y solo esperara que el destino cumpliera su orden. No sonrió. No pronunció mi nombre. Pero en su silencio había certeza. Dominio. Derecho. Sin embargo, todo cambió cuando su mirada se posó sobre Derek. No alzó la voz. No movió un músculo. Pero yo lo vi. En el fondo d

