No es la sangre la que nos ata. Es el dolor compartido, las promesas incumplidas… o la necesidad de destruir para seguir vivos. Atticus era el nieto de mi Beta original. Tres generaciones completas le tomó a mi manada aceptar lo que para mí siempre fue tan claro como el aullido bajo la luna: adaptarse o perecer. El mundo ya no nos pertenecía. Las reglas habían cambiado. Las otras criaturas sobrenaturales se multiplicaban, se expandían, creaban armas, leyes, alianzas… y nosotros seguíamos aferrados a una pureza que ya no nos salvaba, solo nos consumía. Las mujeres lobo casi no concebían. Las uniones predestinadas se volvían estériles. Nuestra especie se desmoronaba en silencio. Las cunas seguían vacías. Las canciones de cuna se convirtieron en letanías para los hijos que nunca llega

