No sé de dónde sacó la soga… solo sé que, cuando me di cuenta, mis muñecas ya estaban atadas a la cabecera de su cama, como si siempre hubieran pertenecido ahí. El nudo era firme, preciso, y al mismo tiempo, tan íntimo que me estremecí. No había brusquedad en su acto, pero sí una determinación salvaje que me paralizó el aliento. Ares no solo quería que no escapara. Quería que recordara a cada segundo que estaba bajo su poder. No me besó en los labios. No lo necesitó. Su silencio, su respiración cargada de ira contenida y deseo oscuro, decía más que mil palabras. Me sostuvo con la fuerza exacta para no herirme, pero con el dominio absoluto de un hombre que no estaba dispuesto a perdonar. Su furia no era explosiva. Era densa, lenta, como la lava que recorre un volcán antes de arrasarlo

