El salón estaba lleno de vida, con luces doradas que danzaban en los candelabros y reflejaban el esplendor de los invitados. El clan Moretti sabía cómo organizar un evento digno de su posición, y aquella noche no era la excepción. Alina se movía entre los asistentes con una sonrisa forzada, saludando a cada lobo y loba que se acercaba a felicitarla.
—Alina, querida, estás radiante. —Una mujer mayor, una de las líderes del consejo, le tomó las manos y le lanzó una mirada evaluadora. —Serás una Luna perfecta, como tu madre.
—Gracias, señora De Luca. —Respondió Alina, inclinando la cabeza con cortesía.
El peso de cada cumplido, de cada mirada cargada de expectativas, se acumulaba en sus hombros. A su alrededor, los hombres y mujeres del clan charlaban animadamente sobre alianzas, estrategias y futuros prometedores, pero todo lo que Alina sentía era el zumbido constante de su propia ansiedad.
En la entrada principal, Alessandro estaba acompañado por Nina, recibiendo a los líderes de otros clanes que llegaban para presenciar la ceremonia. Alina se unió a ellos cuando su padre la llamó con un leve gesto de la mano.
—Es importante que muestres respeto a nuestros aliados. —Le susurró Alessandro mientras un nuevo grupo entraba al salón.
Asintiendo, Alina compuso su mejor sonrisa y dio un paso adelante. El líder de un clan vecino, un hombre corpulento con una sonrisa amistosa, se inclinó levemente ante ella.
—Alina Moretti. Es un honor verte en esta ocasión tan especial.
—Gracias por venir, señor Russo. Espero que disfrute de la velada. —Respondió con la formalidad que se esperaba de ella.
Los saludos continuaron, y aunque cada intercambio parecía interminable, Alina sabía que todo formaba parte del deber. Sin embargo, cada vez que un joven lobo entraba al salón, su corazón se aceleraba, temiendo que ese fuera el momento en que le presentarían a su futuro compañero.
—¿Lo has visto? —Preguntó en voz baja a su madre en un momento en que la atención de Alessandro estaba ocupada con otros invitados.
Nina negó con la cabeza, pero su mirada era cautelosa.
—No te preocupes. Cuando llegue el momento, lo sabrás.
Las palabras de su madre no lograron calmarla. Alina sabía que había un acuerdo entre los clanes, que su compañero destinado había sido cuidadosamente seleccionado para fortalecer alianzas y asegurar la prosperidad del clan Moretti. Pero eso no hacía que la idea fuera menos intimidante.
A medida que avanzaba la noche, Alina intentaba encontrar un momento para respirar, pero las expectativas parecían perseguirla a cada paso. Entre las miradas curiosas de los invitados y las conversaciones llenas de doble sentido, se sentía como si estuviera atrapada en una red de decisiones que otros habían tomado por ella.
Finalmente, Nina le susurró al oído:
—Ve al balcón. Tómate un momento. Yo me encargo aquí.
Sin dudarlo, Alina asintió y se dirigió a las puertas que daban al exterior. Una vez fuera, inhaló profundamente el aire fresco de la noche, dejando que la tranquilidad del jardín la envolviera.
"¿Y si simplemente me voy?" pensó mientras observaba las estrellas. Por un instante, la idea de escapar, de huir de todo esto, parecía tentadoramente posible. Pero el eco de la voz de su padre resonó en su mente: "Eres una Moretti. Cumplir con tu deber no es una opción, es un honor."
A lo lejos, los músicos comenzaron a tocar una melodía suave, señalando que la ceremonia estaba a punto de comenzar. Con el corazón pesado, Alina regresó al interior, sabiendo que no podía posponer lo inevitable mucho más tiempo.
La presentación estaba cerca, y aunque aún no había visto a su compañero, sentía que su destino ya había sido decidido por completo.
El murmullo en el salón se había reducido a un expectante silencio cuando Alina regresó del balcón. La música había cesado, y los invitados, con sus mejores galas, estaban perfectamente posicionados en un semicírculo alrededor del espacio central, donde Alessandro y Nina esperaban. La ceremonia estaba por comenzar.
Alina se detuvo al pie de las escaleras, observando el cuadro ante ella. Su madre, siempre tan elegante, le dedicó una sonrisa tranquilizadora, mientras su padre, imponente como siempre, la miraba con una mezcla de orgullo y autoridad.
—Es hora. —Murmuró Alessandro, apenas perceptible desde donde estaba.
Alina tragó saliva y dio un paso adelante, pero sus piernas se sentían pesadas, como si una fuerza invisible tratara de detenerla. Cada paso que daba hacia el centro del salón la acercaba más a un destino que no había elegido. Las miradas de los presentes eran como dagas, perforando la fachada de confianza que tanto esfuerzo le había costado mantener.
“Esto no es lo que quiero”, pensó mientras sus labios seguían curvados en una sonrisa ensayada. “Nunca ha sido lo que quiero”.
El sonido de su respiración se volvió más fuerte en sus oídos, y el salón, con su esplendor y elegancia, comenzó a cerrarse sobre ella.
"Un paso más, y no habrá vuelta atrás", se recordó a sí misma. Pero cuando miró a su madre, la sonrisa tranquilizadora de Nina ya no bastó para apaciguar el tumulto en su pecho. Y cuando vio a Alessandro levantando la mano, llamando al silencio para presentar a su futura pareja, algo dentro de ella se rompió.
“No puedo hacerlo”.
Las palabras resonaron en su mente con tal fuerza que por un momento pensó que las había dicho en voz alta. Pero nadie parecía haberse dado cuenta, todavía.
"¡Corre!" gritó su instinto, y esta vez, lo escuchó.
Dando un paso atrás, Alina giró sobre sus talones y corrió hacia las escaleras antes de que nadie pudiera detenerla.
—¡Alina! —La voz de su padre resonó como un trueno, pero ella no se detuvo.
Subió los escalones de dos en dos, con el corazón martilleando en su pecho. No podía pensar, no podía detenerse. Solo sabía que no podía quedarse allí.
Al llegar a su habitación, cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra ella, intentando recuperar el aliento. Afuera, los ecos del salón llegaban amortiguados, mezclados con los pasos apresurados de alguien que subía las escaleras.
Alina cruzó la habitación y se acercó al gran ventanal que daba al jardín trasero. La luna llena brillaba con una intensidad casi sobrenatural, como si la estuviera juzgando desde el cielo.
—¿Qué estás haciendo, Alina? —Se preguntó a sí misma, pero ya conocía la respuesta.
Buscó en su armario una mochila y empezó a llenarla con lo esencial: ropa, algo de dinero que había ahorrado en secreto, y un pequeño colgante que su madre le había dado cuando era niña. Era un plan impulsivo, pero había estado latente en su mente durante tanto tiempo que ya no parecía una locura.
Cuando escuchó un golpe en la puerta, se quedó inmóvil.
—Alina, soy yo. —La voz de Nina era baja, casi suplicante. —Déjame entrar, por favor.
Por un momento, dudó. Pero sabía que si abría esa puerta, su madre la convencería de quedarse. Y si lo hacía, su vida ya no le pertenecería.
—Lo siento, mamá. —Dijo en voz baja, más para sí misma que para Nina.
Volvió al ventanal y lo abrió de par en par, dejando que el aire frío de la noche invadiera la habitación. El jardín trasero estaba oscuro, pero conocía el camino como la palma de su mano.
—Alina, por favor, hablemos. —Nina volvió a llamar, con una mezcla de angustia y firmeza en su tono.
Sin responder, Alina se subió al alféizar de la ventana y se dejó caer al suelo. Apenas sintió el impacto; la adrenalina la impulsaba a seguir moviéndose.
Sin mirar atrás, se adentró en la oscuridad, dejando atrás la mansión Moretti, el salón lleno de invitados, y todo lo que había definido su vida hasta ese momento.