Capítulo 3: La Huida

1253 Words
La noche envolvía el bosque en un manto oscuro, pero Alina no sentía miedo. Su corazón latía con fuerza mientras corría a través de los árboles, sus sentidos amplificados por la adrenalina. Su forma feral, poderosa y veloz, cortaba el aire mientras sus patas golpeaban el suelo con firmeza. No sabía hacia dónde iba, pero sabía que no podía volver. Había cruzado una línea que no podía deshacer. La mirada de su padre, la voz suplicante de su madre... todo eso quedaba atrás. "¿Qué he hecho?" pensó mientras seguía corriendo, sus pensamientos tan desordenados como su respiración. Había desafiado a su clan, a su familia, al destino que todos habían trazado para ella. Y aunque una parte de ella se sentía liberada, otra estaba consumida por el miedo. ¿Dónde ir? La pregunta martilleaba en su mente. No podía quedarse en el bosque. Sabía que la buscarían, y sabía que la encontrarían si no se movía rápido. Su padre enviaría a los mejores rastreadores. Alessandro Moretti no era un hombre que aceptara la desobediencia fácilmente. Fue entonces cuando un recuerdo apareció en su mente, tan claro como si hubiera sido ayer. Giancarlo. No era realmente su tío, pero para Alina siempre había sido como parte de la familia. Un hombre grande y rudo, con una sonrisa torcida y ojos que parecían ver más de lo que decían. Había salvado la vida de su madre en un momento crítico, y desde entonces, había sido un pilar en la vida de los Moretti, aunque su mundo estaba más ligado a las calles que a las ceremonias de los clanes. "Si no estuvo en la ceremonia, es porque odia estas cosas", pensó Alina. "Él me entenderá... él no me juzgará". Con ese pensamiento, cambió de dirección. Recordaba vagamente dónde vivía Giancarlo, una pequeña casa en las afueras de la ciudad, cerca de los muelles. Era un hombre de acción, ligado a los bajos fondos, pero con un corazón noble. Si alguien podía ayudarla, era él. Aceleró el paso, dejando que su forma feral tomara completamente el control. El viento azotaba su pelaje mientras cruzaba kilómetros de bosque, dejando atrás el territorio de los Moretti. Sentía el peso del cansancio en sus músculos, pero no podía detenerse. Cada tanto miraba al cielo, buscando la luna como guía, como si ella pudiera iluminarle el camino hacia un nuevo comienzo. Finalmente, tras lo que parecieron horas, divisó las luces tenues de la ciudad a lo lejos. Giancarlo vivía en una zona apartada, donde las sombras eran más profundas y las calles hablaban en susurros. Cuando llegó al callejón que conducía a la casa, Alina recuperó su forma humana. Se tambaleó un poco al cambiar, agotada por el esfuerzo, pero la determinación la mantuvo en pie. Frente a la puerta desgastada de la casa, levantó una mano temblorosa y golpeó con fuerza. El sonido resonó en la noche silenciosa, y durante un instante, Alina temió que nadie respondiera. Pero entonces escuchó pasos al otro lado, y la voz grave de Giancarlo rompió el silencio. —¿Quién demonios golpea a esta hora? La puerta se abrió, revelando al hombre, con su figura imponente y su rostro endurecido por los años. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de Alina, su expresión cambió. —Alina. —Dijo su nombre con sorpresa, y algo más que ella no pudo identificar: preocupación, quizá. Antes de que pudiera decir una palabra, las piernas de Alina cedieron, y cayó hacia adelante. Giancarlo la atrapó justo a tiempo. —Tranquila, niña. —Dijo mientras la ayudaba a entrar. —Estás a salvo aquí. Finalmente, el peso de todo lo que había hecho y lo que estaba por venir cayó sobre ella, y mientras Giancarlo la llevaba al interior, una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla. Por ahora, estaba a salvo. Pero sabía que esto era solo el comienzo. La casa de Giancarlo era exactamente como Alina la recordaba: pequeña, con paredes de madera desgastada pero bien cuidadas, y decorada con objetos que hablaban de una vida vivida al margen, pero con propósito. Un par de sillas desiguales rodeaban una mesa robusta, y un viejo sofá ocupaba un rincón cerca de una estufa de hierro que aún conservaba el calor de un fuego reciente. Había un aire acogedor, casi reconfortante, a pesar del desorden. Giancarlo la dejó en el sofá y se inclinó sobre ella, examinándola con ojos agudos. —¿Qué demonios estás haciendo aquí, niña? —preguntó, pero su tono no era severo, sino cargado de preocupación. Alina trató de responder, pero su garganta estaba seca. Giancarlo, entendiendo sin necesidad de palabras, se levantó y le alcanzó un vaso de agua. —Toma, bebe. Luego me cuentas qué lío has armado esta vez. —Le entregó el vaso y se sentó frente a ella, en una de las sillas que arrastró desde la mesa. Alina tomó un sorbo, dejando que el agua calmara su garganta y también el caos de sus pensamientos. Cuando finalmente habló, su voz era un susurro. —No podía hacerlo, Giancarlo. No podía quedarme allí... seguir adelante con la ceremonia. Los ojos del hombre se entrecerraron ligeramente mientras la escuchaba, pero no la interrumpió. —Era demasiado. Todo el peso, todas las expectativas. Nunca me preguntaron si quería... simplemente asumieron que obedecería. —Las palabras salían más rápido ahora, cargadas de emoción. —No conozco a ese chico, ni siquiera lo he visto. Pero todo estaba decidido, y yo... yo no podía seguir adelante. Giancarlo dejó escapar un suspiro y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. —Alina, lo que has hecho no es un asunto pequeño. Lo sabes, ¿verdad? —La miró con seriedad, pero había una chispa de admiración en su expresión. Ella asintió, mordiendo su labio inferior. —Lo sé. Sé que mi padre estará furioso. Sé que toda la manada me estará buscando. —¿Y aun así huiste? —Preguntó, su voz baja. —No tenía opción. —Respondió Alina, con un temblor en la voz. Giancarlo se recostó en su silla y la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, asintió lentamente. —Bien. No voy a delatarte. No soy de esos que entregan a su propia gente, y menos a alguien como tú. Pero tienes que entender algo, niña: lo que hiciste tiene consecuencias. A la mañana siguiente, probablemente tenga a un montón de lobos Moretti tocando mi puerta. —¿Qué vamos a hacer? —Preguntó Alina, su voz cargada de desesperación. —Primero, vas a descansar. —Giancarlo se puso de pie y señaló una pequeña puerta al final del pasillo. —Toma la habitación de invitados. Es pequeña, pero mejor que nada. Alina abrió la boca para protestar, pero Giancarlo levantó una mano. —Mañana veremos qué hacemos. Ahora necesitas dormir. Lo que venga después será más fácil si tienes la cabeza clara. Aunque quería seguir discutiendo, Alina sabía que tenía razón. Estaba agotada, tanto física como emocionalmente. Se levantó del sofá y caminó hacia la habitación que Giancarlo había señalado. —Gracias, tío. —Dijo suavemente antes de desaparecer por el pasillo. Giancarlo la observó hasta que cerró la puerta detrás de ella. Luego se acercó a la ventana y miró hacia la oscuridad, con una mezcla de preocupación y determinación en su mirada. —Has metido a los Moretti en un buen lío, niña. —Murmuró para sí mismo. —Pero te protegeré. Cueste lo que cueste.
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