Los días en el Reino de los Vampiros habían mejorado para Elara, aunque jamás habría usado esa palabra en voz alta.
El palacio seguía siendo frío, sus muros demasiado altos y la oscuridad permanente aún le oprimía el pecho por las noches, pero había encontrado algunas cosas que le daban la sensación de control, de estar viviendo su propia vida, primero era el espacio, podía moverse a donde quisiera y no tenía ningún limite dentro de esos amplios pasillos y oscuras habitaciones, segundo era la comida, podía pedir lo que fuera y se lo llevaban, lo comprobó el día que murmuró que tenía ganas de conejo y en poco tiempo una sirvienta apareció con una bandeja y un conejo bien cocinado. Y tercero era tener una rutina.
A pesar de tener las mañanas libres, Elara se levantaba temprano. No porque alguien se lo exigiera, sino porque así había vivido siempre. La costumbre de obedecer horarios estrictos no desaparecía solo porque ahora tuviera un título que jamás pidió.
Se bañaba con rapidez, soportando el agua fría sin quejarse, había tenido ese tipo de baños siempre y su cuerpo nunca se llegó a acostumbrar. Se vestía con sencillez, los vestidos largos y con colores sobrios que le había traído una sirvienta por ordenes de Steven. Salía de su habitación cuando el palacio aún parecía medio dormido y terminaba en la biblioteca por largas horas. Los vampiros se retiraban a descansar justo cuando ella comenzaba su día.
Steven había intentado convencerla más de una vez de que descansara.
—Mi esposa, Claire, está deseosa de conocerte —le dijo una mañana, caminando a su lado por uno de los pasillos angostos —. Ha estado muy emocionada con la idea de que puedas ser su amiga.
Elara sonrió con educación.
—Quizá otro día —respondió.
No era desinterés por Claire. Era… otra cosa. Algo que no sabía nombrar. Las personas siempre le habían parecido impredecibles; los libros, en cambio, jamás la traicionaban.
La biblioteca se había convertido en su refugio.
La primera vez que la vio, quedó sin aliento. No por la belleza, aunque la había, sino por la magnitud. Estanterías que parecían no tener fin, desde libros modernos hasta antiguos, pergaminos antiguos, libros encuadernados en cuero oscuro, textos escritos en lenguas que jamás había visto.
Y por primera vez en su vida, había alguien dispuesto a enseñarle a leerlos.
Abazark.
El anciano era una figura imponente incluso sin levantar la voz. Su espalda estaba recta, su mirada era dura y su rostro llevaba las marcas de innumerables batallas. Había sido un guerrero temido, decían, un estratega que ahora empuñaba palabras en lugar de armas.
No sonreía, Elara ya se había dado cuenta que en el reino casi nadie lo hacía, todos llevaban la cara estirada. Especialmente Abazark y aun así, Elara lo admiraba profundamente.
—Otra vez —le ordenó esa mañana, señalando un texto abierto frente a ella—. Lee despacio. Comprende, no memorices.
Elara obedeció.
Había avanzado más rápido de lo que incluso ella esperaba. Su mente era ágil, analítica. Conectaba conceptos, recordaba fechas, entendía las alianzas políticas con una facilidad que sorprendió al propio Abazark. A pesar de que el Rey le había dicho que ella posiblemente no sabía nada, parece que le había mentido en la cara, ni siquiera en el reino de los vampiros se encontraba una mente tan prodigiosa.
—Eres astuta —mencionó cuando Elara le explicó correctamente lo que había leído —. Más de lo que aparentas.
Para cualquiera habría sido un comentario seco. Para Elara, fue un elogio inmenso.
La presencia del sabio también cambió la actitud de los sirvientes. Muchos comenzaron a tratarla con respeto genuino; otros lo hacían por obligación. Ya que pronto recibieron un recordatorio directo del rey.
Darius había enviado un comunicado oficial:
La loba Elara es ahora la Reina de los vampiros. Deberá recibir tolerancia y obediencia de su parte o se tomarán medidas al respecto.
No afecto. No cariño. Solo tolerancia y obediencia.
Damon seguía buscándola por las noches, apareciendo como una sombra curiosa y testaruda. Decía que lo hacía a escondidas, aunque Elara sospechaba que nadie hacía realmente el esfuerzo de detenerlo.
Aquel día transcurrió como tantos otros.
Una sirvienta dejó su comida sobre una mesa cercana sin interrumpir la lección. Por la tarde, Abazark le habló sobre las fronteras del reino, los acuerdos con clanes menores, las antiguas traiciones que aún influían en decisiones actuales.
—Un reino no se gobierna con fuerza solamente —enseñó —. Se gobierna con memoria.
Elara asintió. Fue entonces cuando lo sintió.
No lo escuchó llegar. No oyó pasos. Solo… supo que no estaban solos.
Abazark levantó la vista primero.
Darius estaba a unos pasos, observándolos en silencio.
Elara sintió un tirón extraño en el pecho. No era exactamente miedo, era algo más inquietante. Algo que no le permitía respirar regularmente y tampoco pensar con claridad, Darius aparecía en su mente de inmediato cuando intentaba formar un pensamiento.
Darius no la miraba a ella directamente, pero su presencia llenaba el espacio. Se acercó a una estantería, tomó un libro grueso y oscuro, lo abrió apenas para revisar algo y luego lo cerró.
Como todas las tardes.
Elara lo había notado antes. Siempre a la misma hora. Siempre el mismo ritual. Llegaba, observaba, tomaba un libro… y se iba sin decir una palabra.
Abazark inclinó la cabeza levemente, en señal de respeto.
—Majestad.
Darius respondió con un gesto mínimo y se dio la vuelta para salir, pero Elara se levantó de golpe.
—Disculpe —apenas logró avisarle a Abazark —. Solo un momento.
Abazark no preguntó nada. Solo asintió.
Elara salió detrás de Darius, el pulso acelerado, sin saber exactamente por qué lo hacía, incluso cuando lo alcanzó las palabras solo salieron de su boca sin razonar.
—¿Por qué? —preguntó.
Darius se detuvo lentamente y giró el rostro hacia ella.
—¿Por qué? —repitió con frialdad.
—Vienes todos los días —señaló Elara—. Observas. Tomas un libro. Y te vas. Nunca hablas.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes —insistió—. Podrías venir a cualquier hora, pero eliges esa. ¿Por qué?
Darius la miró fijamente. Sus ojos verdes se clavaron en los de ella, haciéndola estremecer. Dio un paso cerca de ella y le respondió lentamente.
—No importa a qué hora venga. Tú siempre estás aquí.
Elara frunció el ceño.
—¿Cómo sabes eso?
—Todos lo saben.
Sus palabras la golpearon más de lo que esperaba.
—Se supone que eres la reina —continuó Darius —. Deberías velar por el palacio, estar pendiente de lo que sucede dentro, dejar que el personal te vea y sienta tu presencia. Pero no haces nada de eso y solo sales directamente a la biblioteca donde pasas todo el día hasta el anochecer donde vuelves a tu dormitorio, eres como un fantasma. Pronto habrá una presentación general y deberías estar informada toda la organización.
Elara parpadeó.
—No sabía nada de eso.
—Eres la reina —replicó—. Deberías saberlo.
Algo en su tono la encendió. Elara frunció el ceño y dio un paso adelante sin pensarlo.
—¿Y cómo se supone que lo sepa si me ignoras? —lo enfrentó—. Deberías mantenerme informada en lugar de aparecer como un espectro silencioso unos minutos al día justo cuando estoy ocupada.
Ese paso fue un error.
Darius inhaló.
Su aroma lo golpeó de lleno. Su lado humano, cálido y delicioso, estaba demasiado cerca.
Sintió cómo algo oscuro se agitaba en su interior. Sus ojos se oscurecieron apenas, y los colmillos le cosquillearon de forma peligrosa.
Elara no lo notó. Estaba demasiado molesta.
—Parece como si me quisieras vigilar, pero mantener lejos. También es difícil para mí todo esto, pero lo estoy intentando, aprendo y leo, quiero hacerlo bien, así que necesito que me informes, pero si mi presencia te desagrada tanto —continuó—, envía a alguien más para que lo haga y así no tengas que verme, si te parezco tan repulsiva.
Darius apenas logró contenerse.
—Eso haré —murmuró, con voz tensa.
Se dio la vuelta de inmediato, alejándose antes de perder el control.
Elara se quedó ahí, con el corazón latiendo con fuerza, sin saber por qué aquel encuentro la había dejado temblando.
Darius caminó sin mirar atrás, furioso consigo mismo.
Jamás le había pasado, ni con humanos, ni con enemigos.
Algo tenía Elara. Algo peligroso y no le agradaba en absoluto.