El palacio era más grande de lo que Elara recordaba. Ya había caminado por todo el lugar antes, solo que no le había interesado demasiado. Damon había tenido la amabilidad de darle un recorrido, pero le explicó tantas cosas que para ella en ese momento parecían irrelevantes, así que no prestó la atención necesaria.
Hubiera deseado recordar si las puertas debían permanecer cerradas o abiertas. Si podía pasar por la alfombra o a un lado. Tal vez debería evitar entrar a unas zonas, pero, ¿cuáles eran?
Ahora solo pensaba en no estorbar, en no llamar demasiado la atención y poder empezar a cumplir con su deber como Reina de los Vampiros.
Esa mañana se decidió a seguir su papel muy fervientemente. Las palabras de Darius le ardían aún en la mente. “Eres la reina. Deberías saberlo.”
Así que se levantó. Se bañó con calma, se vistió con uno de los vestidos sencillos oscuros, cerrados que le habían llevado y salió de su habitación sin escolta. No porque nadie se lo ofreciera, sino porque decidió no pedirla.
Aprovechó la mañana para recorrer el lugar, durante el día habían menos personal, así que tenía un poco más de libertad, la mayoría aparecía por la tarde.
Los sirvientes caminaban con pasos medidos, algunos cargando bandejas, otros revisando candelabros, otros simplemente aguardando instrucciones. Cuando Elara apareció al final del corredor principal, las conversaciones se apagaron de inmediato, justo como en todo el día. Sabía que su presencia era incómoda para todos, pero debía seguir. Tenía que cumplir con su deber.
Ella sintió las miradas clavarse en su espalda.
—Buenas tardes —murmuró al inclinarse un poco.
El saludo pareció descolocarles más que su presencia.
—B-buenos días, reina —Fue una mujer que parecía mayor que ella, pero aún joven. Inclinó la cabeza con respeto.
Elara devolvió la inclinación aunque un poco torpe pero sincera. El otro vampiro no la saludó y hubo un silencio incómodo por unos minutos.
—No hace falta que se detengan por mí. Solo… estoy conociendo el palacio —mencionó Elara.
Eso fue aún más incómodo, el otro vampiro la ignoró y siguió su camino, la mujer hizo una reverencia antes de retirarse.
Elara avanzó despacio, saludando a cada grupo. Saludando cuando ellos se atrevían a saludar. Aprendiendo nombres cuando se los daban. Había cocineros que no comían, sirvientes que jamás dormían, vampiros jóvenes que trabajaban de noche y ancianos que apenas se movían pero lo observaban todo.
En la cocina principal, un vampiro alto, de cabello gris, se inclinó ante ella.
—Soy Lorkhan, encargado de provisiones.
—Abazark me habló de usted —respondió Elara—. Dijo que conoce cada tipo de sangre mejor que cualquier libro.
Eso arrancó una sonrisa cerrada pero orgullosa del vampiro.
—El sabio exagera, pero sí… cuidamos mucho lo que entra al palacio. No toda sangre es igual y confiable.
—Lo sé —asintió ella—. He aprendido que hay diferencias según la edad, la procedencia… incluso el estado emocional del donante.
El vampiro la miró con una atención nueva.
—Tiene buena memoria, mi reina.
O buena necesidad de sobrevivir, pensó ella.
—Me interesa saber sobre ustedes, es muy importante para mí.
El vampiro le agradeció y le mostró parte de sus reservas, aunque estaban bien vigiladas ya que habían algunos vampiros que siempre querían robarlas, era difícil mantener a salvo las reservas cuando habían otros que querían aprovecharse de ellas, pero Lorkhan era equitativo.
Elara siguió su recorrido. Conoció a la encargada de la casa, una vampira de porte rígido, quien la observó de arriba abajo antes de inclinar la cabeza.
—El palacio está a su servicio, reina.
—Y yo al suyo —respondió Elara—. Pronto habrá una presentación ante el reino, ¿verdad?
—En pocos días. Muchos esperan verla —contestó la vampira.
O juzgarme, pensó Elara.
Casi al anochecer, Steven la encontró revisando una de las salas interiores. Aunque su deseo era ir a la biblioteca, lo había evitado para conocer mejor las otras partes del palacio.
—Te estás tomando en serio lo que dijo mi hermano —comentó al acercarse a ella.
—Dijo que era mi deber —respondió ella—. Sí quiere que sea una reina, lo seré —contestó un poco obstinada —. Pero que después no se queje si nos encontramos más seguido.
—Eso será… interesante para muchos —murmuró Steven—. Por cierto, he traído a Claire como me lo dijiste.
Elara al principio había rechazado la idea de conocer a la esposa de Steven, pero después del reproche de Darius su opinión había cambiado. Después de todo entre más vampiros tuviera de su lado estaría mejor.
Claire apareció al lado de Steven con una sonrisa amplia y abierta. Elara no pudo evitarlo, sus ojos fueron directo a sus colmillos, eran grandes y puntiagudos, su rostro era diferente.
—Reina Elara, es un honor para mí conocerla.
Claire se dio cuenta de inmediato de la mirada y se llevó las manos a la boca, eso hizo que Elara reaccionará, se dio cuenta de inmediato que no era apropiado verla de esa manera, es como la veían a ella y se disculpó de inmediato.
—Lo lamento.
—No —respondió Claire —. Yo lo lamento, no debí sonreirte así. Perdón, sé que no estás acostumbrada, pero tal vez pronto lo harás.
—Sí, creo que sí —asintió Elara.
Claire tomó su brazo con una confianza que Elara no devolvió.
—Ven. Quiero mostrarte algo.
Steven dudó un segundo, quiso seguirlas pero Claire ya la guiaba por un pasillo y le movió la mano diciendo que estarían bien. Steven confiaba en su esposa, sabía que ellas dos se harían buena compañía, así que todo estaría bien.
Claire llevó a Elara por unos pasillos, hablaron un poco antes de cruzar una puerta al jardín exterior.
—Creo que no puedo estar aquí —mencionó Elara al detenerse.
—Solo es el jardín exterior, quería enseñarte lo bonito que es, estaremos bien, no te preocupes.
Elara lo dudó, pero estaba acompañada por Claire, así que no tenía nada de malo.
El jardín era amplio, oscuro incluso de día, con árboles altos que proyectaban sombras densas. El aire era más frío allí, y Elara sintió cómo su piel reaccionaba de inmediato.
—Es hermoso —comentó.
—Lo es —respondió Claire—. Aunque casi nadie lo ve, es muy triste.
Avanzaron por un sendero de piedra. Elara notó la ausencia de sirvientes, el silencio demasiado denso.
—¿Por qué nadie lo ve? —preguntó.
—El Rey Darius le tiene prohibido el paso a cualquier vampiro, entran exclusivamente los pocos sirvientes y sus familiares directos… sus hermanos.
—¿Hermanos?
—Sí —Claire se detuvo —. Oh mira, esas flores son hermosas —señaló cerca de los árboles.
Elara y ella se acercaron, eran unas flores pequeñas, habían demasiadas, amarillas y completamente abiertas, se veían preciosas. Elara sonrió al verlas, nunca había visto flores… tan reales y tan hermosas, se inclinó para verlas, tocarlas, sentirlas, olerlas, estaba completamente embelesada con esa hermosa vista que no se dio cuenta que algo se acercaba por detrás.
El aire había soplado levemente, llevando su aroma a uno de los jardineros cercanos. El vampiro levantó la cabeza lentamente y visualizó a su objetivo, sus ojos se oscurecieron y sus instintos salieron que lo hicieron levantarse y saltar con agilidad hacía Elara.
Ella vio una sombra oscura desde arriba y se movió de inmediato, pero no tuvo el equilibrio, así que cayó al suelo. Al darse la vuelta vio al vampiro.
—Claire… —murmuró.
—¡Ay! —exclamó Claire fingiendo que había caído al suelo con una torpeza exagerada —. Me he caído. ¡Ayuda! —gritó—. ¡Alguien, ayuda!
Elara vio a Claire en el suelo y luego al vampiro acercándose. Lo entendió. Iba a ser devorada por ese vampiro, si no se movía pronto, intentó levantarse, pero el vampiro fue más rápido y
El jardinero avanzó con rapidez y se abalanzó sobre ella. Elara saltó hacía adelante, pero el vampiro logró sujetarla con sus garras por la pierna. Ella gritó del dolor cuando sintió las garras enterrándose en su pierna.
La sangre empezó a salir y el aroma incluso llegó a Claire. Ese aroma dulce aroma a vida era atrayente, apenas podía controlarse, seguramente los demás no lo harían.
No estuvo equivocada cuando otros vampiros se giraron y fueron hacía ella.
El jardinero volvió a enterrar sus garras en la pierna y la atrajó hacía él, estaba por lanzarse a su cuello cuando un gruñido estremeció el jardín.
Darius apareció como una sombra hecha furia.
—¡Atrás! —rugió.
Los vampiros retrocedieron instintivamente.
Darius fue directamente a Elara, su aroma lo envolvió completamente, apenas podía luchar contra su propio instinto y además tenía que controlar a los demás, no podía hacerlo por mucho tiempo.
La tomó entre sus brazos inmediatamente, Elara se aferró a él como si fuera un salvador, aunque no debía tener tanta confianza porque Darius tenía las mismas intenciones de devorarla.
—¡Nadie se acerqué! —exclamó mostrando sus colmillos, todos retrocedieron ante la firmeza y autoridad del Rey.
Empezó a avanzar al interior, buscando una habitación segura. Subió las escaleras pero Elara seguía sangrando y peor aún, seguía quejandose.
—¡Mal.dición! —gruñó al entrar a la habitación —. ¿Por qué no sanas?
Se escuchaba como un reclamó. Ojalá Elara tuviera la respuesta, pero ahora solo podía pensar en lo insoportable que era ese dolor. Apenas sintió la cama y las manos de Darius sobre su pierna, intentó luchar contra todo y mantenerse despierta, pudo ver como Darius refunfuñaba sobre la sanación, su mandíbula apretada, sus ojos oscuros. El mundo se volvió borroso para Elara y lo último que vio fueron los labios de Darius.