Capítulo 16

1254 Words
Elara no volvió a despertar. Su cuerpo se desplomó en los brazos de Darius apenas la colocó en la cama, como si el último hilo de conciencia se hubiera roto al sentirse a salvo. Aunque la realidad fuera otra. Darius no era ningún salvador, no era refugio, ni seguridad, al contrario, él era un monstruo de la oscuridad que también quería devorarla. La dejó sobre la cama y tuvo que caminar por la habitación intentando controlar sus instintos, era casi imposible. Principalmente porque la sangre seguía brotando de la herida en su pierna. —Maldita sea… —gruñó El aroma era insoportable. No era solo humano. Era ella y Darios comenzaba a darse cuenta, algo tenía Elara que la intensidad de su sangre lo atraía aún más. La habitación comenzó a sentirse pequeña, cerrada, cargada. Darius arrancó una sábana limpia, la presionó contra la herida con firmeza, usando más fuerza de la necesaria solo para mantenerse anclado a algo físico. Sus manos temblaban. Sus colmillos palpitaban con un cosquilleo doloroso. Debo mantener el control, eso era lo único que se repetía. Control, como cuando gobernaba su reino. Como cuando ejecutaba traiciones. Como cuando había matado sin pestañear. Los vampiros eran civilizados, no eran salvajes como esos lobos sarnosos. Un pensamiento lo llevaba a otro, recordó que Elara era un lobo y no dejaría que la sangre de un sucio lobo entrará a su sistema. La sangre empezó a disminuir y empezó a limpiarla. Entonces, la puerta se abrió de golpe. —¡Darius! Steven se quedó congelado en la puerta. El olor lo golpeó como una pared, casi hasta marearlo. Cálida, humana, viva y dulce. Su respiración se alteró de inmediato. Sus ojos se oscurecieron, las venas de sus brazos comenzaron a marcarse bajo la piel pálida. Dio un paso adelante sin darse cuenta. Entonces lo vio. A su hermano. Darius estaba inclinado sobre la cama, cubierto de sangre, el cabello rubio desordenado, los ojos completamente negros, sin rastro alguno de verde. Parecía una bestia conteniéndose a duras penas, una criatura al borde del colapso. Steven no recordaba haberlo visto así jamás, ni siquiera durante las guerras. —Darius… —logró decir, con la voz rota—. El aroma… —¡VETE! —El grito fue brutal. Steven se detuvo en seco. —Puedo ayudar —insistió—. Déjame cerrar la herida, puedo… —¡NADIE LA TOCA! —rugió Darius, girándose hacia él con un movimiento tan rápido que Steven retrocedió instintivamente—. ¡Nadie se le acerca! ¿Me oyes? ¡Largo! Había algo más en su voz, no lo furia y contención, algo más primitivo, tal vez posesivo. Steven tragó saliva. —Hermano… esto no es… —¡FUERA! La orden no dejaba espacio para discusión. Steven dio un paso atrás justo cuando escuchó una voz aguda y desesperada en el pasillo. —¿Qué pasó? ¡Tío Steven! —Damon iba llegando, había escuchado que un pequeño percance sucedió con la reina y quería verla. Pero Steven cerró los ojos un segundo y salió, cerrando la puerta tras de sí. —No entres —ordenó, colocándose frente a él. Damon lo miró con los ojos muy abiertos. —¿Es Elara? ¿Qué pasó? Escuche que algo sucedió —exclamó intentando llegar a la puerta. Steven dudó apenas un segundo. No podía mentirle. —Se lastimó — confesó finalmente —. Tu padre está con ella. Eso fue suficiente. El rostro de Damon palideció aún más, si eso era posible. —Tengo que verla. —No —respondió Steven con firmeza—. Damon, escúchame. No puedes entrar ahora. —¡Es mi culpa! —alzó la voz el pequeño—. Yo debía estar con ella. Yo debía cuidarla. Creí que estaba en la biblioteca, pero tenía que saberlo y yo no estaba cerca. Intentó pasar, pero Steven lo sujetó del brazo. —¡Damon! El pequeño vampiro se volvió frenético. Forcejeó, empujó, golpeó con torpeza. A Steven le costó detenerlo, después de todo ya no era tan pequeño. —¡Suéltame! ¡Suéltame! Steven tuvo que usar fuerza real para contenerlo. —¡Cálmate! —le ordenó—. Tu padre necesita espacio. Elara necesita… —¡ME NECESITA! El grito resonó por el pasillo. Dentro de la habitación, Darius luchaba contra algo mucho más peligroso que una herida. La sangre seguía fluyendo, lenta pero constante. Cada segundo era una provocación. Cada latido del corazón de Elara era un llamado. Apretó los dientes. Tomó vendas. Las colocó con manos firmes, mecánicas, ignorando el temblor que recorría sus brazos. Se obligó a pensar como rey, no como vampiro. Si pierdo el control, la ma.to. Y aunque tal vez era su deseo desde el principio, no era el momento para terminar con su vida, tenían un plan y debían seguirlo. Elara no podía morir, no antes de la reunión del consejo. —No… —susurró, como si ella pudiera oírlo—. No soy un salvaje. Finalmente, la sangre se detuvo. Vendó la pierna con los pedazos de sábana limpia, asegurándose de que quedara protegida. La herida no cerraba como debería. No regeneraba. Eso definitivamente era una confirmación de que ella no era una loba. Era una humana. O al menos, más humana de lo que cualquier lobo sería. Darius dio un paso atrás, respirando con dificultad. Estaba cubierto de su aroma, en la piel, en la ropa y en la mente. Caminó a la puerta, quería salir de ahí, huir de ese aroma, de ella. Pero la puerta se abrió al mismo tiempo que Damon se soltaba de Steven y corría hacia adentro. —¡Damon! —gritó Steven, pero fue inútil. El niño vampiro se detuvo junto a la cama y no pasó nada. Ni colmillos. Ni ojos oscuros. Ni instinto. Aunque su gesto era distinto, esa frente un poco arrugada y los ojos bien abiertos… preocupación. Damon tomó la mano de Elara con cuidado, como si temiera romperla. —Papá… —murmuró—. ¿Qué le pasó? Darius, ya en el umbral, respiró un poco mejor. El aire fresco del pasillo le devolvió apenas un poco de control. —Se cayó —respondió, con voz más baja—. Se lastimó. Damon apretó la mano de Elara. —Es mi culpa —expresó de nuevo —. Si hubiera estado con ella… Steven y Darius se miraron sorprendidos. Los vampiros no sentían así. No tenían ese tipo de emociones derivadas del cariño. Tal vez había un apego, pero preocupación… No era una emoción que sintieran. —No es tu culpa —mencionó Steven. —Yo debía cuidarla —repitió Damon—. Ella me prometió que estaría conmigo… y yo también. Darius no pudo sostener la mirada, se dio la vuelta y se alejó. Fue directamente a su habitación y se arrancó la ropa, entró directamente a la ducha fría. El agua recorrió su cuerpo mientras apoyaba las manos contra la pared, respirando con dificultad. Frotó su piel como si pudiera borrar el aroma, como si pudiera arrancarla de sí, pero no se iba porque ya estaba en registrado en su inconsciente y no sería fácil arrancarlo de su interior. Damon se quedó junto a Elara, sentado en el suelo, sin soltar su mano. Insistió en quedarse, Steven no insistió, sabía que sería inútil intentar quitarlo. Elara no parecía despertar ningún instinto sobre Damon. El niño se veía normal con excepción de ese apego que desarrolló con ella, así que lo dejaron acompañarla.
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