La gala Diamante comenzó como todas las noches donde el dinero fingía tener alma. Cámaras alineadas en la alfombra, flashes constantes, periodistas repitiendo las mismas preguntas con sonrisas entrenadas y nombres importantes entrando al salón como si el mundo les perteneciera. El lujo no era solo decoración, era un lenguaje. Victtorio Marchetti descendió del vehículo con calma absoluta, impecable, dominante, y cuando extendió la mano para ayudar a Aria a bajar, los flashes se intensificaron. Ella apareció radiante, segura, hermosa de una manera que no pedía permiso. —Señor Marchetti —llamó una reportera acercándose de inmediato—. ¿Qué significa para usted ser el principal donador de esta gala benéfica? Victtorio giró apenas el rostro, sonrió lo justo, con esa elegancia peligrosa que l

