Ginna mantenía esa sonrisa cínica, disfrutando del terror en los ojos de las hermanas. Pero algo en Aria se rompió. El miedo, acumulado durante días, se cristalizó en una rabia líquida. Aria se puso en pie de un salto, ignorando el temblor de sus piernas, y empujó a Ginna con una fuerza que la hizo retroceder contra la pared. —¡No te metas en mis asuntos, Ginna! —siseó Aria, con los ojos encendidos—. Esta es mi vida, y tú no eres más que una sombra que busca alimentarse de las sobras de Victtorio. ¡Lárgate! Ginna soltó una carcajada seca, acomodándose el cabello. —Disfruta tu pequeño momento de valentía, perra. Porque cuando Victtorio sepa de esa llamada, cuando sepa que sigues gimiendo el nombre de Arthur en las sombras, te va a destruir. Y yo estaré sentada en primera fila para ver c

