**Capítulo 3: Revelaciones Inesperadas**

837 Words
**Capítulo 3: Revelaciones Inesperadas** "Hay algo que no te he dicho", comenzó a comentar, y Cristina dejó de buscar ropa deportiva para sentarse frente a él. "Dime", murmuró, mirándolo con intriga, sintiendo que su corazón latía con fuerza. Aunque tenía miedo de que hubiera otra mujer en su vida, sus miedos desaparecieron cuando él comenzó a hablar. "Tengo una familia en Colombia, y tengo que enviarles dinero todos los meses", dijo él. "¿Otra familia? ¿Tienes otras mujeres e hijos?", comentó asustada, poniéndose de pie y sintiendo que las lágrimas llenaban sus ojos. "No, cariño. Es mi hermana y mis sobrinos. Están pasando por un momento difícil, así que quise ayudarlos", explicó él. "¿Y por qué no me lo dijiste antes?", preguntó ella bastante molesta, dándole un breve empujón. "Perdón, se me fue de las manos. Al principio te ayudaba con mi sueldo, y después...", intentó explicar él. "Pero nosotros somos tu familia, yo y tú. Creo que está bien que ayudes a tu hermana, pero no al grado de tener que pedirme dinero. Me está costando pagar todas las cuentas de la casa porque tú no me estás ayudando", comenzó a explicarle su esposa, y él prestó atención. "Cariño, lo lamento, pero yo ya no te podré dar dinero. Tienes que arreglártelas con lo que tú ganas. Lo lamento, pero yo no me quedaré en la calle", dijo ella. En cuanto dijo esas palabras, se puso de pie y se dirigió hacia el baño, cerrando la puerta con seguro. Se cambió, y sintió las inmensas ganas de llorar. No porque se sintiera herida, sino porque él había ocultado eso durante muchos meses. Se sintió tonta y salió de la habitación, pero él ya no estaba allí, lo cual era obvio, ya que estaría con su hermana y sus sobrinos si no le podía dar dinero. Cristina tenía la firme convicción de no quedar en la calle debido a las deudas que él estaba ayudando a resolver para su otra familia. Se puso de pie después de atarse los cordones de las zapatillas y avanzó hacia la puerta. El silencio en la casa era muy notorio, y ella ya se estaba acostumbrando a esos días de ausencia de su esposo. Caminó dos cuadras y pronto llegó a una plaza donde vio a Melisa unos metros de distancia. "¿Cómo te fue?", preguntó Melisa. Estaba caliente, la estufa estaba encendida. Le daban un aire, pintorezco. Cristina miraba con el ceño fruncido como las boletas; las cifras eran descomunales. A pesar de que ambos tenían un buen sueldo, estaba siendo difícil llegar a fin de mes. Ella frunció el ceño y miró hacia su esposo, quien estaba comiendo con tranquilidad, mientras ella tenía un nudo en la garganta y no podía ingerir bocado debido a las sospechas que tenía hacia él. Él levantó la vista un poco confundido y la observó cariñosamente. Él le preguntó, "¿Por qué no comes? Se enfría y te quedó muy rica la comida", murmuró con una sonrisa coqueta como siempre. Ella lo miró pero dijo, "Podemos hablar más tarde", tosca, ignorando que su esposa aún estaba comiendo. Él respondió, "Puedes esperar a que termine, y después hablamos". Ella replicó, "Te dije que ahora, por favor", murmuró interrumpiéndolo. Él la miró con sospecha, asintió y dejó el plato a un lado, asegurándose de que la comida no se enfriara. Luego, decidió que quizás sería mejor hablar con su esposa. Tomó una silla que estaba a unos metros de distancia y la colocó frente a ella. "Dime", murmuró. Ella suspiró antes de tomar un profundo respiro y comenzar a hablar, "Las cifras están siendo difíciles. A pesar de que tú ganas más dinero que yo, siempre nos falta dinero. No entiendo dónde va a parar el dinero que ganas. Además, yo también te ayudo". Él suspiró, "El asunto es que todo está muy caro. Ya verás cómo empezamos a salir de esta brecha financiera. Solo confía en mí", dijo con una sonrisa alegre, pero ella solo frunció el ceño. Se puso de pie con los brazos cruzados, dudosa, mientras su esposo se dirigía a su habitación. Cristina finalmente se dio cuenta de que no quería ser ama de casa toda su vida para un hombre que gastaba más dinero del que ganaba. Dejó el plato de comida a un lado y se fue a dormir sin prestar atención a los vasos sucios sobre la mesa y las migajas de pan en el suelo. Simplemente quiso descansar y sabía que se lo merecía. Al día siguiente, estaba trabajando en el mismo lugar de siempre, una clínica donde ella limpiaba. Llevaba puesto su uniforme y ya hacía calor. Agitaba un abanico con su mano derecha mientras suspiraba. Melisa, como su mejor amiga, se acercó a ella y la observó. "Te veo más cansada que otros días. Toma un vaso de agua", murmuró, ofreciéndole un vaso de plástico. Cristina agradeció y aceptó. "Gracias, igual ya casi es nuestra hora de descanso", respondió.
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