Derrotada y llorosa, entré otra vez a la casa. Pensé que, como aquel deseo, solo debía pedir que se revirtiera, así que, salí nuevamente de mi hogar y miré al cielo, pero el asteroide no se veía por ningún lado. Corrí, rodeé la casa, pero nada, no había rastros de aquel gigante en el cielo nocturno.
Caí de rodillas en el césped que tenía un aspecto más seco que verdoso y lloré como nunca. Me arrepentía tanto, tanto de haber pedido ese estúpido deseo. Jamás hubiese pensado en que algo tan absurdo se hiciera realidad. O sea, seamos realistas, si los deseos realmente se cumplieran en la vida real, casi toda la población mundial se hubiese ganado la lotería. ¿Pero esto? Esto era algo extrañísimo, era algo de película, estas cosas no sucedían, nunca, ¡jamás! Alguna explicación científica debía existir, quería creerlo.
Pensé que lo mejor sería volver a la cama, porque quizá esto solo era un sueño, o a lo mejor, con haber pedido al cielo y llorado como nunca sería suficiente para revertir ese estúpido deseo. Así que, me sequé las lágrimas, me puse de pie y volví a la casa rápido. Cerré la puerta con seguro, porque todos tenían llaves en caso de que volvieran y me fui a mi habitación. Me coloqué el pijama y me acosté, esperando encontrar a toda mi familia nuevamente al día siguiente.
Tuve pesadillas durante la mayor parte de la madrugada, aun así, logré dormir varias horas. Desperté, cuando el despertador del teléfono sonó. Ya eran las ocho de la mañana y entraba a trabajar a las diez, como cada día laboral. Me levanté y repetí la misma rutina, pero nuevamente, no había ruido alguno en esa casa, ni gritos, ni un Saturno corriendo por todos lados, tampoco hubo interrupciones, mientras me duchaba. No hubo nada.
Salí de la ducha solo con la toalla envuelta en el cuerpo y abrí las puertas de las tres habitaciones del segundo piso. Nada, seguían vacías. Mientras me vestía lloraba profundamente arrepentida por haber deseado algo que realmente no quería. Mi vida no tenía sentido sin mi familia, sin la constante presión de sacarlos adelante, sin imaginar cada día a Saturno estudiando en la universidad gracias a mi ayuda. Había sido una completa imbécil que pedía deseos imbéciles. Una idea se metió en mi cabeza.
—Si Augustus estaba en la televisión… ¿Qué fue del resto? —me vestí rápido. Quizá yo estaba alucinando y en realidad, estos malagradecidos me habían dejado sola y se habían largado con el dinero del comercial.
Tomé mi bolso y bajé las escaleras corriendo. Encendí la televisión y comencé a cambiar de canal en canal, tratando de encontrar algo que me dijera qué estaba pasando realmente. Augustus volvió a aparecer en un canal. Encontraba insólito que incitaran a las personas a beber alcohol a las, casi, nueve de la mañana. Se veía mucho más delgado, eso sí que no podía explicarlo. Quizá era un comercial viejo, de hace un par de años, aunque no tenía recuerdos de haber visto a mi padre más delgado de lo que estaba hoy en día.
Continué cambiando la televisión, porque quizá todos habían realizado algún comercial para la televisión. Solo eso explicaría por qué me habían abandonado y cómo, con qué dinero. De repente, un noticiero entregaba la información sobre un campeonato de videojuegos que se llevaría a cabo en la ciudad el próximo fin de semana. Me quedé atenta viendo y ahí estaba. Bautista lucía mucho más diferente. Tenía el cabello tinturado de un rubio que lo hacía ver mucho mejor. Su cara ya no tenía granos ni marcas producto del acné severo que le salió a los quince años. Se veía ¿musculoso? O sea, no era algo muy pronunciado, pero se notaba que iba al gimnasio y que se cuidaba mucho. La periodista anunciaba un campeonato en la ciudad, en donde Bautista era el favorito.
—¡¿Por qué no me dijo que le estaba yendo bien con los videojuegos?! —me quejé en voz alta.
Continué cambiando de canal por un largo rato, pero no había nada de mamá y Antares, o de Moe, el padre de Saturno. ¿Y mi Saturno? ¿Acaso mi bebé no existía en esta realidad? No, eso sí que sería terrible, me destruiría saber que el niño de mis ojos no existía en esa realidad. Solo esperaba que, si lo del deseo realmente era verdad, Saturno estuviese vivo.
Apagué el televisor y salí de casa. Ni siquiera me había secado el cabello y llevaba la espalda mojada, producto del goteo. No me importaba. Sabía perfecto en qué hospital trabajaba Antares, necesitaba verla y preguntarle por qué me habían abandonado. Además, era lunes, ella debía estar en turno a esa hora.
Unos vecinos me saludaron de forma amable, como si nada estuviese pasando, como si mi familia no me hubiese abandonado. De seguro habían sido cómplices del escape silencioso de mi familia. Era imposible que no los hubiesen visto salir con sus maletas y camas. Es más, me preguntaba cómo yo no me había dado cuenta, de seguro habían comenzado a sacar sus cosas con anticipación para que yo no viera nada sospechoso. Tantos años trabajando y sacrificándome por ellos ¿y así era cómo me pagaban? Eran de lo peor y estaba furiosa, ya no podía ocultarlo más.
Tomé el bus y me senté enojadísima. Antares tenía mucho que explicarme y mamá también. Esto no se iba a quedar así. De ser necesario, las obligaría a devolverme cada euro que había gastado en ellas, en sus comidas, en sus ropas, en sus gastos innecesarios en esas aplicaciones chinas. Reclamaría lo que era mío por derecho y con eso me iría a Italia, sin culpas ni arrepentimientos. Ellos me habían abandonado y ya no me quedaban dudas.
Miré mi teléfono y aún me quedaban unos veinte minutos para entrar a trabajar. Alcanzaba a pasar por el hospital de Antares y regañarla por todo lo que me estaban haciendo. Esto era inconcebible, era repudiable, era… Era todo lo malo que una familia podía hacerle a un ser querido.
Bajé del bus y caminé una cuadra completa, hasta llegar a la entrada del hospital. Me paré justo afuera de las puertas de vidrio corredizas, respiré profundo y entré. Esa mañana había mucha gente en aquel lugar, de seguro tratándose los accidentes del fin de semana. Caminé firme y segura de mí misma hacia el área en donde sabía perfecto que trabajaba mi hermana, en cuidados intensivos. Apenas llegué a la estación de enfermería, me planté firme y derecha, y comencé a buscar a Antares.
—Buenos días, señorita. ¿A quién busca? —me preguntó una chica, pero ni siquiera la miré. Estaba tan furiosa que no podía apartar la mirada del lugar, buscando a mi hermana.
—A Antares —le contesté de mala gana.
—¡Oh! Cuánto lo siento, ella está ocupada en estos momentos atendiendo pacientes. ¿Me permite su nombre y el recado? Le diré que usted la estuvo buscando —miré a la chica con desprecio y solo en ese momento me di cuenta de quién era. Niccola me miraba sonriente, como siempre lo hacía. Había sido amiga de mi hermana por mucho tiempo y me conocía perfecto, porque siempre era una invitada primordial en los cumpleaños de la familia.
—¿Niccola?
—¿Disculpe? ¿Nos conocemos? —me preguntó confundida. Mi corazón se aceleró muchísimo. ¿Qué era todo esto? ¿Acaso mi hermana le había dicho que me ignorara para encubrir su huida de casa?
—¿Me estás jodiendo? —le pregunté enojada. De seguro era su cómplice. Después de todos, ellas se cubrían las espaldas en casi todo.
—¿Cómo? Señorita, creo que me está confundiendo con alguien más. ¿Cuál es su nombre y a quién busca realmente?
—Niccola, no juegues conmigo, soy yo, Rigel, Rigel Ottum —le dije mirándola directamente a los ojos.
—¿Rigel?
—¡Así es!
—Disculpe, señorita, pero no la conozco y debo decirle que me está asustando. Ahora, debo pedirle que se retire de esta área, puesto que es restringida, sino, me veré en la obligación de llamar a seguridad —dijo asustada la chica.
—¿A seguridad? ¡Niccola, soy yo, Rigel! ¡La hermana de Antares Ottum! —le hablé fuerte. Traté de tomar del brazo a la chica, pero ella se corrió asustada.
—¡¿Hermana?! ¡¿Acaso está loca, señorita?! ¡Ahh! Ya sé que sucede acá, usted debe ser una de esas fanáticas locas que están obsesionadas con Antares. ¡Esto es el colmo! —dijo molesta. Caminó hacia el mesón de los enfermeros y tomó el teléfono para llamar a seguridad.
—¡¿Loca?! ¡No estoy loca! —le grité —. ¡Exijo que llames a mi hermana ahora! —las personas que estaban en aquel lugar me miraron como si fuera realmente una loca y se acercaron —. ¡No estoy loca! ¡Quiero a mi hermana, ahora! —les decía, pero ellos solo hablaban entre sí y no hacían nada para ayudarme.
—¡Retírese de este lugar, señorita! —me decía Niccola bastante furiosa. Comencé a escuchar las voces cada vez más lejos. Miraba alrededor y me sentía la cosa más fea y extraña de ese lugar, porque ellos me hacían sentir así. Mi corazón se aceleraba cada vez más y sentía que la respiración comenzaba a faltar.
—¡¿Qué sucede acá?! —dentro de todo ese caos, escuché su voz. Me giré rápido y ahí estaba ella, mirándome como si fuera una loca.