Desperté babeada y aún más cansada. Ya era domingo y ese día siempre pasada demasiado rápido, como si los días quisieran vengarse de mí y darme poco tiempo para descansar. Me levanté perezosa y salí de mi habitación. La noche anterior ni siquiera me había cambiado de ropa.
Fui hasta el único baño que había en esa detestable casa para cepillarme los dientes y me sorprendí de no ver a Antares sacándose fotos en el espejo de aquel lugar. Era algo que la obsesionaba. Me cepillé los dientes con calma y lavé mi rostro con mucho cuidado. Pero me sentí extraña de no ver a nadie rondando el baño. Cada vez que yo quería ocuparlo, alguien me interrumpía, pero esta vez no fue así. Tampoco escuchaba a Saturno, quien a esa hora de la mañana ya andaba corriendo y gritando por toda la casa. Eso sí que era extraño.
Salí del baño y miré por el angosto y pequeño pasillo del segundo piso. No había ruido, ni gritos, ni las voces de la televisión del primer piso, ni siquiera se escuchaba al idiota de Bautista maldecir a sus compañeros de juego. ¿Acaso mi teléfono se había vuelto loco y había cambiado la hora?
Bajé al primer piso y nuevamente me encontré con una casa vacía, sin ruidos molestos ni gritos de Antígona regañando a Saturno por correr en la cocina. La televisión estaba apagada, sin ningún partido de futbol en vivo. Llegué a la cocina y efectivamente, estaba vacía, pero lo más extraño era, que no había ningún plato sucio. En esa casa no había día en que los platos estuviesen limpios y perfectamente guardados en los muebles de aquel lugar.
Comencé a sentirme extraña y para comprobar que mi teléfono no se había equivocado con la hora, miré el reloj de pared que había en la cocina. Ya eran las nueve de la mañana. Esto era realmente extraño y mi teléfono sí estaba en lo correcto. Volví a la sala de estar y realmente no había nadie en ese espacio de la casa.
—¿Acaso fueron a misa? ¿Sin mí? —hablé sola mirando alrededor.
Obviamente mi familia en su puta vida había pisado una iglesia, salvo para el bautizo de Saturno el año pasado. Era imposible que hubiesen ido a aquel lugar. Decidí no darle más vueltas al asunto, porque de seguro habían salido sin mí.
Desayuné, luego me senté en uno de los sillones a ver la televisión, cosa que jamás hacía, porque Augustus nunca sacaba su enorme trasero de aquel lugar. La televisión era solo de él, siempre lo decía.
A las doce del día me pareció muy extraño estar sola en casa. Eso jamás había pasado, yo vivía con una familia narcisista e invasiva y dejarme sola, era algo imposible. Incluso me sentí extraña en mi propia casa. Ahí me di cuenta, de que, en el fondo, ya estaba costumbrada a los ruidos y gritos de todos ellos, se habían transformado en mi mundo, o quizá yo giraba en torno a ellos. No lo sabía muy bien.
Me aburrí muchísimo con la televisión y comprendí por qué no la usaba, básicamente, había solo basura en cada canal. Lavé los platos que utilicé para mi desayuno, los sequé y guardé, y luego me fui a cambiar de ropa. La ducha que me di fue reparadora y me vestí con ropa ligera y cómoda. También fue extraño bañarme tranquilamente, porque Antares y Bautista siempre lograban abrir la puerta del baño, mientras yo me duchaba. Bautista para cepillar su cabello o sus dientes y Antares para sacarse fotos borrosas debido al vapor que provocaba el agua caliente de la ducha.
Ese día me aburrí muchísimo sin mi familia. Realmente los gritos, risas, regaños y todo lo que ocurría en un día normal de fin de semana en esa casa, se habían convertido en el ruido blanco que yo necesitaba para existir. No tenerlos a mi lado ese día fue desgastante. Pero, cuando las nueve de la noche marcaron en mi teléfono y en el reloj de la cocina, me preocupé.
—¿Realmente salieron sin mí? —hablé sola.
O sea, yo siempre estaba trabajando en la semana, pero los fines de semana era sagrado hacer cosas familiares. Mi madre jamás nos dejaba solos un fin de semana, mucho menos con lo invasiva y entrometida que era en nuestras vidas.
Salí a la calle y miré para todos lados esperando verlos llegar a lo lejos, pero luego de cinco minutos, eso jamás pasó.
—¿Quizá les pasó algo malo? —me dije bastante asustada. Quizá habían decidido darme un poco de tiempo a solas y se habían ido a pasear, pero algo muy malo les había pasado, algo como el accidente de ayer —¡Deja de pensar estupideces, Rigel! —me regañé en voz alta.
Entré nuevamente a la casa y cerré la puerta, quedando apoyaba sobre ella. Si les hubiese pasado algo, de seguro uno de ellos ya me hubiese llamado, o algún hospital, incluso la policía hubiese ido hasta mi casa y tocado la puerta para darme las malas noticias. Pero nada de eso había pasado durante el día. ¿Qué estaba pasando?
Escuché una voz familiar en la televisión, aquella que había vuelto a encender minutos atrás. Augustus estaba caminando por un viñedo. Seguía gordo y casi calvo, pero no tanto como el día de ayer. Invitaba a las personas a beber su vino.
—¡¿Augustus?! —dije fuerte.
Caminé hacia la televisión y me senté en el sillón que estaba justo en frente del aparato. Efectivamente era Augustus, con un par de kilos menos y bien vestido. ¡Perfectamente vestido, mejor dicho! Estaba actuando en un comercial de televisión y yo no entendía en qué momento había hecho eso. Sabía perfecto que él no trabajaba hace años, desde que había decidido vivir de la caridad del estado.
—¡¿Hiciste un comercial de televisión?! —volví a hablar fuerte. ¿Y el dinero de ese comercial?
No entendía nada. Si él podía trabajar como actor de comerciales, ¿qué mierda había hecho todos estos años? ¡Claro, enviarme a trabajar como burro para sus vicios y adicción a los canales de fútbol!
Me levanté del sillón furiosa, estaba decidida a encararlos, cuando volvieran del dichoso paseo. Pero, cuando levanté un pie para colocarlo en el primer peldaño de la escalera, un pensamiento me asaltó. Así es, el deseo que había pedido la noche anterior.
—No seas estúpida, Rigel. Eso solo sucede en las películas de Hollywood —me reí.
Subí tres peldaños, pero me detuve. Me giré y bajé corriendo la escalera. Revisé la cocina y todo estaba ahí, las tazas para el té que cada uno tenía, porque eran sus favoritas, el refrigerador estaba lleno de comida y los muebles también. Todo estaba exactamente igual que el día anterior. Negué en silencio, considerándome la más tonta por pensar que ese deseo se había cumplido.
Iba caminando por la sala de estar, cuando miré la pequeña biblioteca que teníamos. Me asusté muchísimo y corrí hacia ella. Solo había fotos mías en distintos lugares. Ni siquiera recordaba haber ido a esos lugares ni visitarlos. No sabía si eran paisajes dentro de la ciudad o del país.
Caminé en reversa no creyendo lo que estaba pasando, porque sabía perfecto que el día anterior, esa pequeña biblioteca estaba llena de cuadros con fotografías de toda la familia. No entendía nada de lo que estaba viendo. ¿Acaso se habían ido de casa y me habían abandonado? Comencé a sentir un miedo irracional y solo atiné a correr escalera arriba. Abrí la puerta de Bautista y efectivamente, él no estaba ahí. Es más, la habitación estaba vacía. Corrí a la habitación de Antares y nada, en ese lugar no había rastros de mi hermana y su bebé.
Solo me quedaba una habitación por revisar, la de mis padres. Caminé lentamente, quizá solo mis hermanos se habían cambiado de casa sin decírmelo. De seguro mis padres habían decidido no abandonarme. Quizá Antares había estado ahorrando en secreto y se había comprado una casa, llevándose a Bautista con él.
Temblorosa tomé el pomo de la puerta de aquella habitación. La giré y me asombré. Estaba vacía y no había ni rastros de las cosas de mis padres. Revisé la habitación por completo, pero no había nada. No entendía nada. ¿Acaso realmente el deseo se había cumplido?
—Pero esas mierdas ocurren en la ficción, ¡en las películas del cine! —me dije.
Salí de la habitación y corrí escalera abajo rogando que todo fuera una broma de mi familia, como una forma de regañarme por ser tan trabajólica y resentida con la vida que me tocó vivir. Yo amaba a mi familia, a pesar de todo los amaba muchísimo. Ni siquiera estaba segura de cumplir mi sueño de irme a vivir a Italia, con lo dependiente emocional que era de todos ellos.
Abrí la puerta desesperada y afuera la luna ya iluminaba la noche estrellada en aquella ciudad. Pero dentro de esa oscuridad, ni siquiera se veía un solo rastro de mi familia caminando hacia la casa que durante años había sido de ellos.