Capítulo 4 — Familia perfecta

1290 Words
Y ahí iba yo, arriba de aquella ambulancia, cuando nunca en la vida había visto a ese chico. Qué tonta había sido, ni siquiera sabía en qué me había metido. Quise decirle al paramédico que se había equivocado y que en realidad yo no lo conocía, pero justo en ese momento, el chico recuperó su conciencia por unos cortos segundos, alcanzó a tomar mi mano y ahí me quedé, fingiendo ser esa tal Ariela, a la cual ni en pelea de perros había visto. Bueno, no me quedó de otra que fingir y seguirle el juego, porque siendo honesta, me dio un poco de lástima. Por fortuna, el hospital no quedaba tan lejos y no se me haría tan difícil volver a casa. bajé con los paramédicos a toda prisa, cuando llegamos al lugar. Escuchaba que los doctores decían cosas, pero yo no entendía nada. Al parecer Anís se había equivocado, yo no era tan inteligente como ella creía. —Señorita, debe quedarse acá. Cuidaremos de su novio —dijo una enfermera que me prohibió el paso hacia un área que decía restringida. —¿Mi novio? —me quedé sola ahí, de pie, como una tonta. Él no era mi novio, ni siquiera sabía su nombre ni de su existencia hasta hace un par de minutos atrás —. Ya debería estar en casa —dije para mí. Me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida. Ya era tarde, no me había dado cuenta de la hora, eran pasadas las nueve de la noche. Sabía que mi familia no se preocuparía por mí y por mi horario de llegada, pero ya era tarde y no me gustaba andar en la calle después de mi horario de salida habitual. Apenas llegué a la salida, una punzada en el pecho me detuvo. Comencé a sentirme terriblemente culpable por dejar a ese chico solo. Pero no lo conocía y ese no era mi lugar. Además, el hospital debía tratar de averiguar su identidad o el paradero de su familia. —¡A mí qué me importa! —dije enojada. Ya había sido suficiente ayuda para un desconocido. Debía irme a casa. Pero a los diez segundos de caminar me detuve. Me di la vuelta y volví al hospital, porque la culpa me inundó el cerebro. Solo iba a esperar a que su familia apareciera y eso sería todo, con eso me iba tranquila a casa. Esperé por un largo rato, quizá algo así como una hora hasta que un doctor salió por el área restringida. Apenas me vio, me reconoció y caminó hacia mí. Me puse de pie por inercia. —Señorita, su novio está fuera de peligro —me dijo un tanto esperanzado. —¡No, doctor! Se equivoca, él no… —No te preocupes, él saldrá de esta. Le daremos los mejores cuidados médicos que el hospital puede otorgarle. Se recuperará en poco tiempo, así que, no pierdas la fe —me dijo tocando mi hombro con una media sonrisa en el rostro. Este doctor era un idiota, definitivamente. —¡¿Dónde está mi hijo?! —apareció una señora gritando como loca, junto a otras personas. —Tus suegros llegaron, al parecer —me dijo el doctor. Lo miré feísimo, porque era la primera vez que me tocaba un doctor tan atrevido y confianzudo. Bueno, mi familia y yo no íbamos mucho al doctor, porque el dinero no alcanzaba para tanto, solo asistíamos al hospital, cuando ya nos estábamos muriendo, por orden de mi madre y sus planes de “ahorro”. La familia se abalanzó sobre el doctor idiota para preguntarle cosas y solo ahí, confirmé que ellos sí eran la familia de aquel chico. La señora comenzó a llorar y su esposo la abrazó. En ese momento, me di cuenta de que, aquella familia, era la misma familia que yo había visto comiendo felices y sonrientes en aquel restaurante, minutos antes del accidente. Algo en mi interior se removió y no me sentí muy bien. Algo así como envidia, rabia, resentimiento social, algo muy mezclado comenzó a salir a flote y quise salir corriendo de ahí. No podía soportar ver a una familia feliz, con mejor situación económica que la mía. Obviamente, en ese momento, no estaban felices, pero aún tenía grabado en mi mente sus sonrisas perfectas y sentí rabia. Quizá el chico se merecía el accidente. Caminé hacia la salida, pero el famoso doctor me detuvo, obligándome a quedar. —Su novia vino con él en la ambulancia —dijo el idiota. Lo miré furiosa, pero nada se comparaba con la mirada de sorpresa y extrañeza de la familia perfecta. —Su… ¿Su novia? —dijo la señora. —¡Así es! —dijo sonriente el doctor. Solo ahí caí en cuenta, de que el tipo se veía mucho más joven que yo. De seguro era un residente muy novato. —Ella no es su novia —dijo una adolescente, que de seguro era la hermana del chico. —¡¿Quién eres?! —preguntó el padre perfecto. Miré al doctor con cara de “eres un completo estúpido” y respiré profundo. —Mi nombre es Rigel. Le dije a este doctor que no soy la novia de su hijo. Solo soy testigo del accidente. El paramédico se confundió y me subió a la fuerza en la ambulancia. Así fue cómo llegué aquí —dije entre dientes, mientras miraba al novato. —Lo siento —se disculpó el doctor hablando bajito. —Te agradecemos por la preocupación, pero ya te puedes ir —me dijo la mujer. Su tono de voz sonó despectivo y eso me hizo enojar aún más. —De nada —dije furiosa largándome de aquel lugar. Una vez en la calle, tomé un bus con dirección hacia mi barrio y no me quedó de otra que continuar con mis sentimientos de rabia hacia esas personas. Sí, quizá era una resentida social por haber nacido en una familia un tanto mediocre, pero no me importaba pecar de imbécil. A pesar de la baja tasa de delincuencia en aquella ciudad, siempre caminaba a la defensiva y detestaba andar en la calle tan tarde y más aún, sola. Sujeté mi bolso fuerte y emprendí rumbo hacia mi calle. Ya era de noche, los pájaros ya no cantaban sus melodías y las personas eran cada vez más escasas a esa hora. Pero no pasó nada, como siempre. Llegué a casa sana y a salvo. Encendí la luz del recibidor y como siempre, nadie me esperaba ni se preocupaba por si llegué bien. Ya estaba acostumbrada a eso, ya no me importaba. Fui hasta la pequeña sala de estar que teníamos y me sorprendí de no ver a papá viendo futbol, como siempre. De seguro ya se habían acostado. Subí al segundo piso, sin importarme el ruido molesto que estaba ocasionando al pisar cada peldaño de la escalera vieja y roñosa que teníamos, y como siempre, Antares y bautista estaban encerrados en sus habitaciones. Nunca se asomaban, siquiera, para asegurarse de que era yo y no un delincuente quien había entrado a la casa. A ellos nada les importaba, más que sacarme dinero para sus salidas con amigos y cosas por el estilo. Me encerré en mi pequeña habitación y me lancé, literalmente, sobre la cama. Estaba cansada en todos los sentidos posibles. Me regañé mentalmente por haber dicho que el chico, tal vez, merecía aquel accidente. Uno nunca debía desear el mal a las personas, porque el karma devolvía todo. Le pedí perdón a dios por haber dicho esas cosas y cerré mis ojos. Esa noche solo quería dormir y no pensar en nada más. Y así lo hice.
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