Yo solo trabajaba de lunes a viernes en la librería y con lo que ganaba me alcanzaba para ahorrar y cumplir mis obligaciones en la casa. ¿Podría haber trabajado en otra cosa los fines de semana? Claramente sí, pero no estaba dispuesta a sacrificar mi salud física y mental por cumplir las ocurrencias de mi amada madre. Los fines de semana yo descansaba y punto, nadie me iba a hacer cambiar de opinión jamás. Solo debía aguantar tres años hasta que me pudiese arrancar a Italia y cumplir mi sueño de señora, como yo le llamaba.
El sábado por la tarde, decidí salir a caminar un rato. Estaba harta de escuchar las quejas de mi hermana, diciéndome que debía ayudarla con dinero, porque a ella y a su novio no les alcanzaba para criar a Saturno.
Iba caminando por la calle, viendo a la gente pasear y reír, mientras pensaba en mi familia. Nunca me había permitido sentir odio por ellos, porque consideraba que eso destruía el alma. Siempre había pensado que más los consideraba una carga, pero, aun así, los amaba y estaba dispuesta a ayudarlos el máximo de tiempo posible.
Se preguntarán por qué mi madre y mi padre no contribuían en la casa, pues sencillo, mi padre era un viejo gordo y alcohólico al que nadie quería contratar. A los sesenta años se rindió y decidió vivir del estado y sus ayudas sociales. No sabía cómo el estado podía darle ayudas sociales a personal como él, que habían tomado decisiones erróneas en la vida, porque seamos honestos, él no fue un pobre niño que creció en la calle y que tuvo una vida desafortunada. No, esa no fue su realidad. A pesar de todo, su padre siempre se preocupó de él y si sucedió algo más turbio, pues nunca lo supimos, porque Augustus nunca habló sobre su pasado. Y mi madre, esa mujer que en su juventud había sido hermosísima y llamativa para toda clase de hombre, consideraba que era el hombre quien debía proveer y que los hijos habían llegado a la tierra para hacer lo mismo. Según ella, a sus sesenta y nueve años ya estaba vieja y debía disfrutar de su vejez, mientras los hijos proveían en el hogar. Algo totalmente absurdo. Aun así, eran mis padres y no podía cambiarlos, porque el destino había actuado y ya no se podía hacer nada. ¿Me hubiese gustado tener otra familia? La verdad, sí. Me hubiese gustado nacer en una familia que hubiese apoyado mis esperanzas de estudiar en la universidad, en vez de enviarme a trabajar a los dieciséis años. O en una familia que le exigiera más a mi hermano y no que le tapara todo con un simple “es muy chico para trabajar aún”. O que le hubiesen puesto un alto a Antares, cuando quedó embarazada. No me refiero a echarla de la casa, pero haberle dicho que, si le gustó el jueguito, pues que ahora saliera adelante junto a su hijo, no dejando a su hijo con los abuelos y tíos para que lo cuidaran.
—La vida sería tan sencilla si yo hubiese aprendido a decir que no —dije hablando sola.
Miré al cielo y recordé las palabras de Anís. “Tienes el nombre del sistema estelar más brillante de la constelación de Orión”, me había dicho esa semana. Yo no sabía nada sobre el universo, ni de las estrellas ni de los planetas. ¿Qué sabía yo? Solo vivir en piloto automático y listo, rogándole a dios que esos tres años se cumplieran más rápido que tarde.
Miré otra vez al cielo en dirección este y pude ver un destello verdoso. No sabía qué era eso. ¿Un ovni? ¿Un planeta? ¿Una estrella? ¿Cuál era la diferencia entre una estrella y un planeta? No lo sabía. Yo no sabía nada sobre esos temas, porque nunca me habían importado. Recordé en ese momento a Anís, cuando me dijo algo sobre el color verde y el cielo. ¿Acaso de esto me estaba hablando? Claro, en mi estupidez e incomodidad había dejado de escucharla. Solo esperaba que ella no se hubiese dado cuenta de mi desinterés por los temas que a ella le gustaban. ¿Acaso era un asteroide? Así se llamaban, ¿no? Lo miré por un rato con mayor atención y me maravillé, porque se veía hermoso. Obviamente, estaba a una distancia enorme desde el punto en donde yo estaba parada, en medio de la calle, pero no pude dejar de mirarlo. Un par de segundos después, una idea asaltó mi mente. ¿Y si…?
—¡Estás loca, Rigel! —me dije negando con la cabeza. Continué mi camino y traté de pensar en otra cosa. Pero me fue imposible.
Era un solo pensamiento, algo estúpido y de película. Era obvio que no pasaría jamás. Pero, aun así, decidí intentarlo. Me detuve nuevamente, sin importar que la gente me mirara raro. Miré hacia el cielo, directamente al asteroide que dejaba una estela verdosa en el firmamento y cerré los ojos respirando profundamente. Y solo hablé bajo, para que nadie me escuchara.
—Deseo… no tener familia.
Una brisa cálida pasó por mi rostro y mi cabello, moviéndolo en el acto. Abrí los ojos y continué mi camino. A los segundos después me reí, era obvio que ese deseo jamás se cumpliría. Esas cosas pasaban en las películas, porque ahí todo era ficción. Pero esta era la vida real y debía seguir aguantando las cosas que se les ocurría a mi familia, por el bien de todos.
Continué paseando y mirando las tiendas que a esa hora de la tarde seguían abiertas. Estábamos en plenas vacaciones de la escuela y las familias atiborraban las calles con los niños pequeños y adolescentes, quienes disfrutaban de un par de semanas libres de la agobiante escuela.
Pasé por afuera de un restaurante un poco elegante para mi gusto. Adentro, una familia comía sonriente. se veían realmente felices, eso me provocó una sensación extraña. Quizá era envidia. Con mi familia nunca habíamos podido visitar un restaurante, porque no nos alcanzaba para tanto. Bueno, salvo por los restaurantes de comida rápida. Dejé de mirarlos como una acosadora y continué caminando, pero esta vez, con una sensación extraña en el estómago.
Cuando llegué a una esquina, la luz roja me detuvo. Todo sucedió rápido, en cosa de segundos. Un auto se pasó la luz roja y chocó a otro auto. En cosa de segundos la gente se asustó, comenzaron a gritar, a pedir ayuda para sacar a las personas de los autos. Fue un completo caos. Cuando reaccioné, corrí hacia el auto que había cruzado con luz verde. Las personas le preguntaban si estaba bien, quizá para saber si estaba consciente. Movió un poco la cabeza y luego dejó de hacerlo. Me asusté en ese momento, porque pensé que se había muerto. Era un chico joven, quizá tenía unos treinta o un poco más. Sentí tanta rabia con el otro conductor, ¡¿quién se creía para arrebatarle la vida a una persona de esa manera?!
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡También a los bomberos! —gritaban las personas
—¡Dios santo! ¡Qué tragedia! —escuché decir a unas señoras que estaban horrorizadas con la escena de película.
—¡Escúchame! —me dijo un señor agarrándome del brazo. Estaba de pie como una estúpida a un costado del auto del chico —. Probablemente, estás en shock, como todos aquí. Debemos sacar a este chico, porque el auto puede explotar.
—¡Está cayendo combustible de los autos! —dijo un señor que estaba en el suelo, mirando debajo de ambos autos. ¿Acaso explotaríamos con los autos y todo? ¡Mierda!
—Vamos a sacar al chico y tú te quedarás con él en la acera.
—¿Yo? —dije con las manos temblorosas.
—¡Sí, tú!
—¡A la cuenta de tres! —gritó otro hombre. El señor volvió corriendo al auto y entre varias personas comenzaron a tratar de abrir la puerta del piloto para sacar al único pasajero que había dentro.
Miré hacia el otro auto y otro grupo de personas estaban tratando de hacer lo mismo con el auto del idiota. Comencé a sentir tanto miedo de salir volando producto de la explosión que quise correr como una vil cobarde. Después de todo era mi vida y yo ni siquiera conocía a ese chico. Pero me demoré tanto en decidir, que en menos de lo que canta un gallo, entre varias personas dejaron al chico a mis pies y corrieron para socorrer al otro conductor. No entendía por qué lo ayudaban, si la culpa había sido de él.
Unas señoras se acercaron y comenzaron a hablarle para ver si lograba reaccionar. Yo estaba de pie, junto a un posible cadáver muerta de miedo.
—¡Muchacha, llama a la policía! —me decía una de las señoras. Pero yo estaba aterrada, como nunca lo había estado.
—¡A una ambulancia mejor! —gritaba otra.
Comencé a hiperventilar, porque la situación era caótica, veía a gente gritar y correr, sin entender mucho. Parecía una estatua en aquel lugar. Una estatua o una estúpida, mejor dicho. Quise salir de ahí, pero, cuando traté de mover un pie, algo agarró mi pierna. Me asusté y miré al suelo. La mano del chico sujetaba mi pantalón.
—Ariela —alcanzó a decir. Lo dijo un tanto fuerte, no como si fuera un susurro, por lo que, todos los que estábamos ahí lo escuchamos.
—La ayuda viene en camino, cariño —le dijo una de las señoras, aquella que, al parecer, sabía un poco sobre primeros auxilios.
No supe qué hacer en ese momento. A los segundos llegó una ambulancia y tan rápido como llegaron, se bajaron los paramédicos para prestarle la ayuda necesario a ese chico. Quise correrme y salir de aquel lugar, pero su mano no soltaba mi pantalón. Miré sus heridas y se veían bastante graves.
—¿Lo conoce? —me preguntó un paramédico. Lo miré sin saber qué decir. Obviamente, debí haber dicho que no, pero sentí la necesidad de acompañarlo en ese momento y no dejarlo solo hasta que se lo llevara la ambulancia.
—Lo conozco —dije de forma torpe y mentirosa.
Bueno, si yo hubiese sido la accidentada, tampoco me hubiese gustado estar sola en aquel momento. Solo por eso me quedé a su lado, mientras lo revisaban y subían a la camilla.
Caminé detrás de él, cuando la camilla comenzó a avanzar, pero el paramédico se confundió y me tomó del brazo obligándome a subir a la ambulancia junto con el herido. Ahora sí que había sido una tonta por no hablar y decir que no lo conocía.