Apenas llegué a la librería, la que cabe destacar, aún estaba cerrada, comenzó a regañarme Anís, una niña de nueve años que se había convertido en una amiga muy honesta y directa con sus palabras. Así es, soy una chica de treinta años, la cual solo tiene una amiga de nueve. Bueno, tuve más amigas en el pasado, pero algunas se fueron a estudiar al extranjero y otras entraron a la universidad acá en el país. Me han contactado por r************* en el pasado, pero siempre terminaba desistiendo de sus invitaciones. No quería hablar de cómo había terminado arruinada trabajando en la librería principal de la ciudad, ni mucho menos, que sintieran lástima de mí. Además, no tenía nada nuevo qué contar, así que, siempre terminaba rechazando sus invitaciones. Quizá por eso habían dejado de invitarme desde hace un año.
—¿Te volviste a quedar dormida, Rigel? —me preguntó con evidente molestia Anís. A veces me causaba un poco de gracia sus actitudes, era como ver a un adulto en el cuerpo de una niña pequeña. Sus bracitos cruzados y su ceja levantada me dieron risa —. ¡No te rías de mí! —se quejó.
—No me río de ti, Anís, pero deberías calmar un poco tu mal humor —le dije sonriente, mientras abría la puerta.
Dentro de la librería, había una sección especial para personas que solo querían sentarse a leer un rato, algo así como una biblioteca con ediciones especiales de libros de antaño. Anís gustaba de sentarse a leer en aquel lugar en las vacaciones de la escuela. Nunca habíamos conversado mucho, más allá de los libros que leía, nunca le había preguntado sobre su vida o por qué pasaba metida acá y no en su casa. A veces pensaba que no le gustaba estar en su hogar, pero por más que lo pensaba, nunca lograba dar con el motivo.
—Estaré en la biblioteca —esa era la rutina de Anís cada día de vacaciones. Llegaba a la librería, incluso, antes de que la abrieran y permanecía todo el día en aquel lugar, hasta las nueve de la noche, horario en que se cerraba. A la hora de almuerzo, a veces desaparecía, pensaba que para ir a su casa y almorzar, y luego, a las tres de la tarde, volvía como si nada. Los días de pago, la invitaba a almorzar conmigo, a veces se negaba de una forma muy extraña, pero yo lo asumía como una actitud normal de un niño pequeño. Y como yo no aceptaba las negativas de mi amiga personal de nueve años, compraba pizzas y la invitaba igual. Al final, terminaba aceptando a regañadientes, pero podía ver en sus ojos un brillo distinto, cuando nos sentábamos a comer una simple pizza de pepperoni.
No crean que no me preocupé por ella y llegué a pensar que quizá, vivía en la calle. Es por eso, que un día la seguí. Cerré la librería en tiempo récord y seguí a la pequeña de nueve años. Me tranquilicé, cuando la vi llegar a una casa, tocar el timbre y entrar, cuando un hombre bien vestido le abrió la puerta. El tipo se parecía mucho a ella, bueno, ella se parecía al tipo, así que, supuse que era su padre. Y me tranquilicé aún más, cuando la vi caminar unas siete cuadras en dirección a su casa. En algún momento llegué a pensar que ella tomaba un bus o algo por el estilo. Eso sí que hubiese sido peligroso para ella. Anís era una niña muy hermosa, de cabello claro y ojos verdes, fácil tentación para un degenerado.
Pero eso era durante las vacaciones de la escuela, porque el resto del año, Anís continuaba visitando la biblioteca, aunque lo hacía solo después de clases. Incluso hacía sus tareas y trabajos en aquel lugar. Después de un tiempo, fueron tantas las visitas de Anís a ese lugar, que los mismos dueños de la librería le tomaron cariño a la única niña menor de quince años que visitaba el lugar y le armaron su propio escritorio, con lámpara incluida, para cuando se quedaba hasta tarde. También le regalaron un computador, pero ella prefirió dejarlo guardado en la librería y usarlo solo ahí. Su explicación fue, que en casa tenía más hermanos pequeños y podían romper el aparato. Siendo honesta, nadie vio nada malo y simplemente, incluso hoy en día, se le guardaba su computador en la oficina de los dueños bajo llave.
No podía decir nada malo de Anís, porque solo era una niña con actitudes de adulto. Me imaginaba que la pandemia y el encierro había modificado su forma de actuar y de ser niño, así que, trataba de entenderla y solo ser su amiga, aunque ella no me quisiera de amiga.
—Anís… —me acerqué a ella de forma cautelosa, porque sí, debía reconocer que le temía a una niña de nueve años y no me avergonzaba admitirlo. Ella era muy criticona y siempre tenía alguna palabra de desprecio, pero en un tono muy irónico, como si quisiera alejar a todos —¿Quieres almorzar conmigo? Mi madre preparó almuerzo para tres días y traje comida de sobra —le dije de forma estúpida, porque sí, yo era una cobarde en todos los aspectos. Me miró con una ceja levantada y ya sabía yo que me estaba juzgando, como siempre.
—Está bien —dijo encogiéndose de hombros. Eso había sido todo. Dos palabras que me habían asustado, pero que después de unos segundos me habían parecido extrañas. Ella jamás había aceptado de buenas a primera y siempre había sido yo la que la obligara a comer conmigo.
—Está… bien —solo atiné a decir, un poco contenta por la situación que se estaba dando y un poco extrañada por su actitud tan calmada para decir “está bien”. Ahí estaba yo, moviendo las manos como idiota, pero sabía que no podía jugar con mi suerte, así que, me fui devuelta a la caja para seguir trabajando, porque aún faltaban un par de minutos para la hora del almuerzo.
Comimos en silencio, como siempre, hasta que ella comenzó a hablar sobre un tema del que yo no sabía nada.
—¿Sabes de dónde viene tu nombre? —me preguntó, mientras miraba su comida y bebía del juguito que yo le había comprado.
—Mmm, no. La verdad no tengo ni idea —la quedé mirando, porque solo sabía que me llamaba Rigel y ya estaba. Mamá nunca nos había contado alguna historia sobre nuestros nombres o algo por el estilo.
—Tienes el nombre del sistema estelar más brillante de la constelación de Orión —bueno, saber eso no me provocaba nada, porque jamás había escuchado de la boca de mi madre, decir que le gustaran las constelaciones o el universo. Éramos una familia promedio, con coeficientes intelectuales bajísimos y jamás nos habían interesado esas cosas. No éramos unos cerebritos para ser honesta.
—¿Ah sí? Pues no lo sabía.
—¿No sabes nada sobre el universo?
—Mmm, me temo que no.
—¿Tus padres son inteligentes? —vaya pregunta.
—Depende de cuál sea tu significado para la inteligencia —traté de zafar.
—Rigel, sabes muy bien a lo que me refiero. Si tú no fueses inteligente, no me recomendarías libros sobre ciencia, religión, biología, química, historia universal o esos libritos que te gusta leer, esas basuras de romances.
—¡No son basuras! —la regañé con la boca llena.
—No debes hablar con la boca llena, ballena.
—Lo siento —ahí estaba yo, disculpándome y haciéndole caso a una niña de nueve años.
—Yo creo que tú sí eres inteligente —dijo mirándome por primera vez. Sí, sentí algo, algo en el pecho, como una emoción desconocida por tener la atención de una niña de nueve años. No sabía cómo explicarlo. Tragué mi comida como pude, porque tenía la boca seca.
—¿Tú crees?
—Ajá. Creo que eres una rara mezcla de ignorancia e inteligencia para algunas cosas. Estoy casi segura de que eres la única persona que conozco que sea así —no sabía si sus palabras formaban parte de un cumplido o qué, así que, la miré de forma extraña. A veces no la entendía.
—Supongo que… ¿Gracias? —bebí de mi bebida.
—No tienes nada que agradecer. Supongo que los años nos han dado ese derecho implícito a ser sinceras entre las dos —continuó mirándome. Ya no entendía nada. No entendía por qué estaba tan parlanchina.
—Supongo que ¿sí?
—Pues sí. Somos amigas, ¿no? —ahora sí que estaba teniendo un ataque de pánico, porque Anís jamás me había llamado amiga.
—¿A… Amiga?
—Así es. Cambia esa cara, que sabes muy bien que soy tú única amiga. Jamás te han venido a buscar para salir de fiesta un viernes por la noche. No entiendo tu fascinación por querer de amiga a una niña de nueve años, pero ¿quién soy yo para juzgar? Pues nadie —se encogió de hombros y continuó comiendo. Esta niña hoy, definitivamente, estaba muy rara.
Continué comiendo en silencio, porque, a decir verdad, me estaba sintiendo un poco incómoda con Anís. Quizá, porque no estaba acostumbrada a que hablara tanto. Cuando comenzó a hablar sobre algo verde y que se vería en el cielo, dejé de prestarle atención.
La tarde transcurrió con normalidad, muchos clientes, muchos lectores, Anís entremedio y una sensación de que algo estaba tramando la pequeña de nueve años. Jamás había conversado tanto conmigo, mucho menos en el almuerzo. Y ni que decir de sus palabras, me llamó amiga y eso sí que fue mucho. O sea, no iba a mentir y decir que no estaba contenta de que me considerara su amiga, pero sentía, muy en el fondo de mi corazón, que algo estaba pasando por su cabecita, pero por más que lo pensaba, no sabía qué era.