Al día siguiente, llegué temprano a la librería. Seguía tan cansada como el día anterior, pero al menos, había podido comer un poco al desayuno. Me había vuelto a desvelar pensando en mamá. Se veía hermosa, muy distinguida y distinta a como la recordaba de la vida anterior. Vestía ropa cara, se notaba a lo lejos. Y su voz… su voz era exactamente la misma, pero se notaba que había educación en ella. También pensaba que esa mañana había podido comer un poco, gracias a que había logrado verla. Se sentía como si eso me hubiese dado un pequeño impulso para seguir en esta nueva realidad. Pero, por otro lado, sentía algo extraño en el fondo de mi corazón, como si a esta nueva Antígona, yo ya la conociera en esta vida. Quizá solo era mi mente engañándome, así que, no le tomé asunto al tema.
—¡Rigel! —me llamó asustada Anís. Pensé que le había pasado algo, así que, caminé rápido hacia ella, quien me estaba esperando con su ropa de la escuela y su mochila en la espalda, afuera de la librería. No entendía qué pasaba.
—¿Qué haces acá? ¿No deberías estar en la escuela, Anís?
—Sí, lo sé, pero ayer vine en la tarde y me contaron lo que te había sucedido… Me preocupé mucho por ti. Ni siquiera sé en dónde vives y quería verte —la abracé fuerte y ella igual. No entendía nada sobre esta nueva conexión que se estaba dando entre las dos, pero debía confesar que me agradaba, porque yo sí consideraba a Anís como una gran amiga.
—¿Te arrancaste de la escuela? —la solté y la regañé con la mirada.
—Mmm, digamos que técnicamente no.
—¿Cómo así?
—Pues, papá me fue a dejar a la escuela y yo sí ingresé a la escuela. Es solo que… cuando él se fue, me escabullí para venir a verte.
—¡Anís! Te pudo haber pasado algo malo en el camino. ¡No debes hacer esas cosas!
—Lo siento, pero ya lo hice.
—Pues… —miré para todos lados, porque no sabía qué hacer —Te iré a dejar a la escuela en este preciso momento.
—Vamos, no seas aburrida. A nadie le importará que falte un día.
—¿Ah no? ¿y qué harás si desde la escuela llaman a tus padres preguntando por qué no asististe a clases hoy? —se quedó pensativa y luego se rindió.
—Tienes razón.
—¿En dónde queda tu escuela?
—A unos diez minutos en auto, por esta misma calle —apuntó con su dedito.
—Ok —debía abrir la librería, pero ya era tarde para Anís. No sabía cómo hacerlo, porque si nos íbamos en bus tardaríamos al menos unos veinte minutos en llegar y para ese entonces, mis compañeros y los dueños ya estarían preguntando qué había pasado. Tampoco tenía dinero para un taxi en ese momento, así que, obligadamente debíamos ir en bus hasta su escuela.
—¿Debes abrir la librería?
—Sí, pero… —miré la librería y la verdad, qué más daba si un día no se abría temprano. Además, los clientes siempre comenzaban a llegar después de las once de la mañana —No importa, vamos. Debes llegar a la escuela en veinte minutos, por lo menos.
Estaba tomando de la mano a la pequeña Anís, cuando un auto se detuvo justo a nuestro lado. Bajaron el vidrio y una voz femenina me habló.
—¡Hola, Rigel! —era Ariela. No entendía qué hacía ahí.
—Hola.
—¡Hola! —la saludó alegre Anís. Se notaba que ella había cambiado muchísimo con su deseo, porque ya no quedaban rastros de esa niña triste y enojada con la vida.
—¡Hola, pequeña! ¿Necesitas un aventón, Rigel? —me preguntó sonriente. yo ni siquiera la conocía, como para subirme a su vehículo, sobre todo con Anís. Incluso podía ser una asesina en serie, pero estaba tan atrasada y atada de manos, que no me quedó de otra.
—Necesito llegar en diez minutos a la escuela que está al final de esta calle.
—¡Claro, vamos!
Tomé en brazos a Anís y la metí en el auto colocándole el cinturón de seguridad. Solo esperaba que la policía no nos viera, porque la pequeña no iba sentada adecuadamente en una silla especial para niños. Una vez lista Anís, me subí en el asiento del copiloto.
—Muchas gracias, Ariela. Esto es una emergencia.
—Claro —dijo de forma comprensiva.
Sorprendentemente llegamos en siete minutos a la escuela de Anís, a quien dejé en la puerta del recinto haciéndome pasar por una tía. No entendía qué clase de personas trabajaban ahí, porque nos creyeron toda la mentira.
Ver a Anís feliz, corriendo hacia el interior de la escuela me provocó algo, como un sentimiento de ¿felicidad? No lo sabía a ciencia cierta. Fui devuelta al auto de Ariela y le agradecí por el gesto.
—Muchas gracias, Ariela. Lamento haberte quitado tiempo. Ya debo volver a mi trabajo, así que, muchas gracias otra vez.
—¡Espera! ¡¿A dónde vas?! ¡Súbete, que yo te llevo devuelta! —me dijo tratando de abrir la puerta del copiloto desde su asiento.
—¡Oh, no! ¡No, no! Ya te he quitado mucho tiempo y…
—¡Ay no seas tonta! —abrió la puerta y no me quedó de otra que subirme.
—Muchas gracias —le dije de forma tímida.
—No tienes nada que agradecer. Yo feliz de ayudarte —la miré mientras conducía por las calles y no entendía por qué seguía con una enorme sonrisa en su rostro.
—Pero no me conoces.
—Ni tu a mí. Ves, estamos en igualdad de condiciones —se encogió de hombros —. Me has caído muy bien, Rigel y no te mentiré, me gustaría que fuéramos amigas —su rostro estaba serio, como si fuese una conversación realmente importante.
—¿A… Amigas?
—Así es. Cuando te vi llorar en la calle, me sentí tan mal por ti, que algo dentro de mí me dijo que debía acercarme a ti y ayudarte.
—¿Algo dentro de ti?
—Sí, algo así como un presentimiento. ¡Y ya ves! Nos volvimos a encontrar ayer, claro, no en las mejores circunstancias, pero bueno. Me alegro de que hoy te sientas mucho mejor, pero aun tienes unas ojeras que ufff están fatales.
—Llevo un par de semanas sin dormir bien —tuve que mirar hacia la calle y ver a las personas pasar para no derrumbarme.
—Entiendo que no hayas estado bien estas últimas semanas, pero yo, como tu nueva amiga, te ayudaré a que mejores —volvió a sonreír.
No entendía qué era todo esto. ¿Acaso yo era una especie de proyecto de caridad para ella? Porque vamos, su auto, su ropa, su perfume, todo gritaba dinero y clase social alta. No entendía qué había visto en mí tan llamativo para ser su amiga.
—¿Por qué quieres ser mi amiga? No entiendo nada. ¿Acaso eres una psicópata? —le pregunté con el ceño fruncido —. Sé karate —mentí, pero ella se largó a reír fuerte. Su risa era una especie extraña de ruido contagioso que en cosa de segundos me hizo reír a su lado. No entendía qué me pasaba.
—¡No, no lo soy! —me miró divertida —. No sé qué vi en ti, no te lo puedo explicar. Pero siento una buena vibra en ti, siento que podemos conectar bien y además, me caes muy bien. Por el momento, es lo único que puedo decirte.
La verdad, ni siquiera sabía qué responder a eso. Había tenido amigas en el pasado, pero todas se habían alejado de mí por mi desinterés y poco tiempo para dedicar, cosa que entendía a la perfección. No era tonta, obviamente, sabía que no era una gran amiga y lo que ellas habían hecho, a mi parecer, estaba bien.
—Ariela, yo… No te puedo mentir. Yo no sirvo para tener amigas —ella me miró haciendo un puchero —. No tengo tiempo ni la cabeza para estar preocupándome por alguien más en estos momentos. Lo siento.
—No te preocupes. Con verte esas tremendas ojeras, cualquiera se daría cuenta de que no estás bien. Mira, yo no soy esa clase de amigas que son exasperantes y tóxicas. Simplemente, creo que tenemos una buena química, como Kron y yo.
—¿Cómo Kron y tú? ¿Son solo amigos?
—Así es, hace muchísimos años. Diría que desde la primaria. Hemos sido inseparables, incluso estudiamos juntos en la misma universidad. Él me ayudaba a ligar con algunos chicos y yo le devolvía el favor haciendo lo mismo con las chicas de las que se enamoraba. Ese chico era un besucón —se rio. Pero había algo que no encajaba. Se notaba que para ella sí era un amigo, pero ayer, el tono de voz de Kron… Claro, ahora lo entendía, era un amor no correspondido.