Capítulo 12 — Insolente

1448 Words
Lloré mucho, durante mucho rato. ¿Cómo iba a dejar ir a mi familia, si la posibilidad de encontrarnos en la calle era altísima? Cada vez que los viera, tendría detonantes como estos o quizá, menos severos, si es que lograba comer algo. No estaba tratando de matarme por inanición de forma inconsciente, era solo que no lograba masticar y tragar la comida. Me estaba costando mucho dormir y beber líquido, porque el nudo que sentía en la garganta era tan grande que me impedía llevar una vida normal. Me dormí un largo tiempo y, cuando desperté me encontré sola en ese espacio rodeado por cortinas de hospital. Era obvio que Ariela y Kron se habían ido. Después de todo, ni siquiera nos conocíamos en profundidad, como para que se preocuparan por mí. No éramos amigos ni conocidos. Éramos unos completos extraños. Ya habían dejado de pasarme suero, así que, me senté en la cama y busqué mis cosas. Mis zapatillas estaban a un costado, así que, me las coloqué. Mi bolso estaba en un pequeño mueble de metal, lo abrí y revisé que estuviesen todas mis cosas dentro. Ahí estaban intactas. Me coloqué el bolso y abrí la cortina encontrándome con un ambiente calmado. El doctor no estaba por ningún lado, así que, me acerqué a la estación de enfermeros y les pregunté si ya me podía ir. La enfermera amablemente me dijo que debía esperar a que el doctor volviera para darme el alta, porque andaba haciendo una ronda. Yo no tenía ningún ánimo de seguir ahí, mucho menos sabiendo que me podía encontrar con Antares en cualquier momento. Pero como si ese día no pudiese estar pasando de una peor forma, Antares apareció acompañada de otras compañeras, riéndose y conversando. Apenas me vio su rostro cambió por uno de sorpresa. Me giré esperando a que no me hubiese visto y reconocido, pero sabía que no era así. —¡¿Qué hace esta mujer aquí?! —dijo enojada. Me tomó del brazo y me obligó a voltear. Me dieron unas ganas locas de darle una cachetada, porque yo era su hermana mayor y ella no tenía derecho a tratarme así, pero al siguiente segundo recordé que, en esa vida, yo no era nada de ella, así que, me aguanté. —¡Antares! ¡Es una paciente! No puedes tratarla así —le dijo la enfermera que segundos antes me estaba hablando. —¿Paciente? Eso es mentira, de seguro fingió para venir a joderme la existencia. Me dio mucha rabia que ella se expresara así, desconfiando de lo que sus propios compañeros de hospital le estaban diciendo. —Es verdad. Me descompensé y unas personas me trajeron hasta acá. —Eres una mentirosa. Ya he conocido a mujercitas como tú. Si no son hijos perdidos o no reconocidos, son supuestas amantes de mi padre. Ya no saben qué inventar para acercarse a mí o a mi familia para sacarnos dinero. —¿Estás loca? —la Antares de esta realidad era muy distinta, decía cosas sin filtrarlas antes. Era hiriente y un poco déspota, a mi parecer. —¿Y te atreves a insultarme? ¿Acaso no sabes quién soy? Tengo un cargo en este hospital que me da prestigio y si quiero sacarte a patadas de este lugar, con una sola llamada puede bastar —sí, esta Antares era una engreída, que se jactaba de su cargo en el trabajo para menospreciar al resto. Detesté su actitud y realmente deseaba, que el resto de mi familia no fuera así. —Pensé que eras una persona distinta, pero me equivoqué. No debiste estudiar enfermería, porque no sabes distinguir entre un paciente y una mentirosa. Me descompensé, porque he tenido una vida difícil este último tiempo, solo por eso estoy acá —me giré y le hablé a la enfermera amable —. Muchas gracias por su ayuda, pero ya debo irme a casa. Dígale al doctor que me tuve que ir urgente. Me fui de aquel lugar y caminé hacia la salida sin mirar atrás. La Antares del pasado era una niña inmadura, pero jamás había sido insolente, engreída, déspota ni nada de eso. La antigua Antares amaba su trabajo, era feliz trabajando en el hospital a pesar de lo envidiosas que eran sus compañeras, porque a ella siempre la felicitaban. Pero esta chica, era totalmente distinta. De seguro se creía superior solo por tener una mejor posición social en esa realidad. Ella sí que necesitaba madurar. Mientras iba llegando a las puertas de salida, coencé a extrañar mucho más a mi hermana, a esa niña de veintidós años que a veces me pedía dinero, pero que siempre se lanzaba sobre mí en la cama para darme besitos y abrazos apretados. Esa que me escuchaba, cuando algo me aquejaba, esa que los fines de mes, compraba sushi a escondida y se encerraba en mi habitación conmigo, para disfrutar de un poquito de sushi, mientras conversábamos y nos reíamos. En ese momento, valoré a Antares y me di cuenta, de que nunca lo había hecho. —¡Rigel! —me llamaron. Me giré y vi a Kron correr hacia mí —. ¿Por qué te estás yendo? El doctor aún no te da el alta. —Lo sé, pero ya me siento bien y quiero ir a casa a descansar. Muchas gracias por tu ayuda y la de Ariela —seguí caminando, pero él se puso delante de mí. —Por lo menos, déjame llevarte a casa. —No te preocupes. Acá afuera está la parada del bus, aquel que me deja cerca de casa. —¡No, no! —tomó mi mano y me obligó a caminar con él —. Ariela me matará si se entera que te fuiste sola a casa —en ese momento caí en cuenta, de que ella era su novia, porque era el mismo nombre que él había pronunciado el día de su accidente. Y como ella era su novia, que él tomara mi mano no era correcto, así que, lo obligué a detenerse y a soltarme la mano. —Puedo caminar sola —le dije carraspeando. —Está bien —levantó los brazos. Mientras íbamos avanzando por las calles de la ciudad, pensaba en los muchos momentos que pasamos con Antares. Esa chica valía muchísimo y yo nunca la había valorado como correspondía. Me arrepentía tanto de haber sido tan severa con ella. El día que Antares me dijo que estaba embarazada, las malas palabras brotaron por mi boca. No la eché de casa solo, porque no era mi casa, sino de mamá. Es que tenía tanta rabia, porque se había adelantado y había arruinado su juventud, su vida. Pero, aun así, siempre estuve a su lado, apoyándola en todo su embarazo. Incluso le organicé su baby shower y me ofrecí como la madrina de Saturno. Cuando mi bebé nació, entendí que Antares no se había arruinado la vida, solo había tomado un camino más largo para cumplir sus sueños, porque ella era empeñosa y decidida, y sabía perfecto que tarde o temprano, mi hermana lograría cumplir todos sus sueños en la vida. —¿Te sientes mejor? —Sí. Muchas gracias por ayudarme. —Ariela se volvió loca, cuando te desmayaste. Digamos que, es un poco cobarde y se pone débil con esas cosas. —¿Ella es tu novia? —¿Quién? ¿Ariela? No —la forma en que dijo el no, me dio a entender que ahí, algo pasaba, pero quién era yo para preguntar. —Muchas gracias por traerme —le dije, cuando vi que ya estábamos llegando. Apenas estacionó el auto afuera de mi casa, me bajé y caminé rápido hacia mi casa. —¡Espero que puedas asistir el sábado! —me gritó. Me giré y negué con la cabeza. —No creo que pueda. Ya sabes, estoy muy cansada. —¡Te puedo venir a buscar! —me dijo hablando fuerte desde el auto —. ¡Vamos! Ariela estará feliz de verte ahí —siempre me había costado decir que no en la vida anterior y en esta ni siquiera sabía cómo era yo. No sabía si hacía lo que quería o si era una paria a donde quiera que fuese debido a su soledad —¡Por favor! —me suplicó y tontamente dije que sí. —Está bien —suspiré derrotada. —¡Super! ¡Paso por ti a las siete! ¡Nos vemos! —vi el auto alejarse por la calle y me odié por no haber podido decir que no. Yo no estaba para hacer amigos ni nada de eso. Al menos, no todavía.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD