Me fui a casa muy triste. Las personas me miraban en el bus, mientras lloraba en silencio. Podía sentir sus miradas de lástima, pero no me importaba. Necesitaba llorar para poder sacar la enorme pena que llevaba en el corazón.
Así pasaron dos meses. Tuve que continuar con mi vida como si acá nada pasara, aunque en el fondo, me moría de tristeza cada vez que miraba la televisión y un comercial de Augustus aparecía. Sabía que estaba mal, porque después de todo, yo solita me había buscado esto que estaba pasando, esta nueva realidad. Debía asumir mis errores y vivir con ellos, pero tenía que ser sincera y confesar, que cada mañana despertaba pensando que todo había sido un sueño. Me decepcionaba más y más, cuando me veía sola en esa casa que ahora me parecía tremenda.
Ese lunes cualquiera, me fui al trabajo sin ánimos. Parecía un alma en pena y mis ojeras estaban horribles. Ya no me importaba arreglarme o vestirme bien. Estaba en piloto automático y solo estaba tratando de sobrevivir el máximo de tiempo posible. Nada tenía sentido en mi vida, apenas comía, mis noches eran asaltadas por horas y horas de insomnio, el cual me tenía bastante loca a esa altura del juego.
Abrí la librería, hice las labores de cada mañana y me quedé parada detrás de la caja, mirando hacia la calle o, mejor dicho, a la nada. Anís había vuelto a la escuela hace una semana y eso me hizo sentir más sola que nunca. No iba a mentir… todos los días, por lo menos una vez al día, se me cruzaba por la mente la idea del suicidio. Es que realmente mi vida no tenía sentido en esa realidad. De todas las fotos que tenía en el teléfono, ninguna sola de esas personas se había contactado conmigo, ningún mensaje, nada. Ni siquiera sabía si tenía r************* , porque ya no me importaba saber más cosas sobre mí. ¿Para qué? ¿Para sufrir nuevamente al enterarme de mi triste nacimiento a manos de una mujer que no me quiso? Era innecesario. Solo me quedaba resistir el máximo del tiempo posible.
—¿Hay algo interesante afuera? —me dijo un hombre. Suspiré antes de dejar de mirar a ese punto fijo imaginario en la calle y lo miré. Me sorprendí al ver que era un chico guapísimo, alto, fornido, de piel trigueña y cabello color miel. Pero estaba con la cabeza tan hecha mierda por todo lo que estaba viviendo, que mi sorpresa quedó solo en eso, en la sorpresa de ver a una persona nueva.
—Buenos días, señor. Bienvenido a la librería universal. ¿Solo llevará eso? —le dije cabizbaja y sin ánimo.
—¿Nos conocemos? —me preguntó, mientras yo pasaba su libro por la caja registradora sin mirarlo.
—Lo dudo. Vengo del pasado —dije de forma absurda.
—Sí, sí nos conocemos. ¡Eres Rigel Ottum! la chica que estuvo conmigo en el accidente —cuando dijo eso mis ojos se abrieron de par en par y lo miraron por primera vez de forma atenta.
—¿Qué? —pregunté estúpidamente.
—Ese día te fuiste tan rápido que ni tiempo de pedir tu número me diste —lo que me faltaba. La verdad, en ese momento de mi vida era un zombi inservible, incapaz de entablar una conversación decente. ¿Qué podía decirle?
—Veo que te recuperaste —le dije desganada. Quizá la falta de comida en mi cuerpo me tenía así también.
—Nunca pude darte las gracias de forma correcta. Me salvaste la vida y…
—¡Yo! Yo no hice nada —dejé de mirarlo y me concentré en presionar los botones correspondientes para cobrarle el libro.
—Hiciste todo. Me diste la mano, cuando lo necesité. Eso jamás lo olvidaré —continué mirando a la calle, esperando a que el tipo se fuera.
—Kron, llevaré este libro —le dijo una chica. Solo ahí recordé que ese era su nombre, porque su mamá lo había llamado así aquel día en el hospital.
—¿Rigel? —miré a quien pronunció mi nombre y me sorprendí, cuando vi a la chica del pañuelo —. Soy yo, Ariela Paradise —sonrió. Tuve que fingir una sonrisa, porque mi estado anímico no me daba para más.
—¡¿La conoces?!
—¡Claro que sí! Tuvimos un encuentro en la calle. Rigel no estaba bien y yo la ayudé solo un poquito —dijo ella, haciendo una señal con los dedos, cuando dijo poquito.
—No me vas a creer, Rigel es la chica que me ayudó, cuando tuve el accidente —los dos se enfrascaron en una conversación de asombro e incredulidad ante lo chico del mundo, mientras yo estaba ahí, mirándolos con cara de “váyanse luego, por favor”.
Estaba en eso, cuando entró una mujer a la librería. Un perfume extremadamente conocido inundó mis fosas nasales y eso me extrañó muchísimo. Puse atención a la mujer, pero no alcancé a ver su rostro. Bueno, el perfume era bastante común, así que, incluso en esa realidad, cualquiera lo podía usar.
—¿Pagarán eso? —les dije ya cabreada. No me interesaba conversar con ellos, ni saber de las casualidades de la vida y todo eso de lo que estaban hablando.
—¿Cómo has estado? —me preguntó Ariela.
—Bien, gracias —le contesté, mientras cobraba su libro.
—Me alegro mucho —la miré y me pareció curioso que esa chica siempre tuviese una sonrisa en el rostro.
—¿Pagarán en efectivo o con tarjeta?
—Con tarjeta —dijo el chico. Le estaba cobrando, cuando mi corazón latió descontrolado.
—Buenas tardes —escuché que Ariela saludó a alguien. Miré y me fui a blanco.
Al lado de Ariela, esperando su turno para pagar el libro que llevaba en las manos, estaba Antígona Ottum, mi madre. Se veía hermosa, su rostro estaba perfectamente maquillado, su cabello parecía de peluquería y ¿su ropa? Se notaba que era de diseñador. Sentí mis ojos aguarse y mis manos temblar.
—¿Todo bien? —preguntó la Antígona, porque yo no dejaba de mirarla. Tuve que salir de mi estupor, porque no podía delatarme, mucho menos gritarle que ella era mi madre y que esta era una nueva realidad. Aunque ganas no me faltaron.
—Sí, disculpe —dije de forma torpe. Tuve que tragar saliva, pero me fue imposible, porque tenía un nudo en la garganta enorme.
—Rigel, el fin de semana celebraré mi cumpleaños y me gustaría invitarte —dijo Ariela emocionada.
—Ariela, quizá Rigel está cansada —la regañó de forma amable Kron.
—Rigel, debes dormir mejor, esas ojeras te delatan —no pude decir ninguna palabra más, mis manos temblaban y estaba sumamente nerviosa. Mi cabeza gritaba desesperadamente que corriera a abrazar a mamá, pero no podía. Sabía perfecto lo loco que sería eso. De repente, Kron tomó mi mano, aquella que temblaba de forma estúpida.
—¿Estás bien? —me preguntó preocupado.
—Sí —dije bajito. Sentía que las lágrimas en cualquier momento saldrían como cual cascada por mis ojos. Comencé a sentir que transpirada y que tenía frío. Quizá me estaba descompensando por no comer.
—No estás bien —dijo Ariela.
Sentí un ruido en mis oídos, como un pitido ensordecedor y me tuve que correr del mesón de la caja. Mi corazón latía a mil por hora y sentía que la vida me daba vueltas. Agarré mi pecho con desesperación, porque me dolía el corazón y el aire comenzó a faltar. Alcancé a ver que alguien se acercaba a mí y me fui a n***o.
Desperté en una camilla de hospital sin entender nada. Quise levantarme, pero alguien me detuvo apareciendo en mi campo visual. Era Kron.
—No puedes levantarte aún —dijo en un tono suave, quizá para que yo no me asustara. Pero no lo haría, porque recordaba todo y sabía perfecto que me había desmayado.
—¿Te sientes bien? —Ariela apareció en mi campo visual muy preocupada.
—Me desmayé, ¿verdad?
—Sí, por suerte Kron alcanzó a afirmarte, porque si no, el golpe en la cabeza que te hubieses dado, no, no, no —negó con la cabeza.
—El doctor dijo que había sido una descompensación.
—¡Así es! —dijo un hombre apareciendo detrás de la cortina que me separaba del resto de los pacientes en el área de urgencias. Cuando lo vi, me sorprendí. Era el mismo idiota que me había confundido como la novia de Kron.
—¡¿Tú?! —le dije entre sorprendida y enojada.
—Ya te pedí disculpas ese día —me contestó serio —. Muy bien, tuviste una descompensación, estás deshidratada y no has comido como es debido. Tus análisis lo demuestran —levantó unos papeles que llevaba en la mano. Suspiré y me recosté en la cama —. ¿Acaso te quieres morir por inanición? Estás desnutrida, Rigel y no puedo permitir que sigas haciendo eso.
—¡Qué estoy bien! —cubrí parte de mi rostro con el brazo —. Solo estoy pasando por un mal momento en mi vida. No estoy pudiendo dormir bien y estoy cansada. Solo es eso.
—Soy doctor, sé muy bien que te estás privando de comer.
—Qué no —dije ya agotada. Tampoco me podía mover mucho, porque me estaban metiendo suero en el cuerpo.
—Debes quedarte acá un par de horas hasta que yo te dé el alta. ¿Tienes algún familiar al que le podamos avisar de que estás acá? —que me preguntara eso, fue el detonante de mi llanto repentino. Comencé a llorar todas esas lágrimas que llevaba horas aguantando.
—No. Soy huérfana —dije hablando bajito. Sabía que me habían escuchado, porque los tres se quedaron en silencio. Tampoco pretendía darles lástima, pero es que no me pude aguantar y tuve que soltar las lágrimas.
—Quédense un momento con ella. Vuelvo enseguida —escuché que el doctor les dijo. Alguien tocó mi hombro y supuse que era ella, porque estaba justo en ese lado de la cama.