Y sin más, Marina se va. Le da una patada a la puerta con una fuerza que no le conocía, y el golpe resuena por todo el salón como un trueno seco. El eco rebota en las paredes vacías, sacudiendo el aire y haciéndonos sobresaltar a Selena y a mí. Nos miramos, ambas con los ojos bien abiertos, como si el estruendo hubiera roto algo más que el silencio. Apenas la puerta se cierra tras ella, el rostro de Selena cambia. Ya no tiene ese gesto sereno, casi maternal, que suele llevar como escudo. Ahora su expresión está tensa, preocupada, como si algo se le hubiera desacomodado por dentro. Sus labios están apretados, y sus ojos, aunque siguen delineando con precisión, parecen mirar hacia otro lugar. ¡Carajo, Magdalena! Eso te pasa por no estar de chismosa y no prestar atención a tus amigas. En ve

