A la izquierda, una pared entera cubierta de espejos de piso a techo refleja nuestras figuras en movimiento, multiplicando la escena infinitamente, como si fuéramos parte de una coreografía secreta grabada en una película antigua. El eco de nuestros pasos, antes ruidoso, se disuelve ahora en el suelo de madera pulida, que brilla bajo nuestros pies como la superficie de un lago en calma. Por un momento, todos nos quedamos en un silencio absoluto, casi reverencial, admirando el lugar como si hubiéramos descubierto un santuario escondido en medio del brutalismo de la facultad. —Esto es... simplemente perfecto —susurra Sol, con los ojos abiertos como platos, dejando que su mochila resbale al suelo sin hacer ruido. —Es como un cuarto gigante, el refugio que siempre soñamos —añado yo, girando

