El Santuario de los Espejos Púrpuras En medio de las risas que todavía rebotan en las paredes del pasillo y el alboroto que nuestra presencia genera, la figura de Axel aparece por fin al final del corredor. Cruza el espacio con un paso firme, rítmico, y una expresión de fastidio tan marcada que parece haberla ensayado frente al espejo. Al vernos a todos reunidos en ese cuadro tan poco académico —yo aún medio recostada sobre las piernas de los primos Aguilar, Selena con la sombra de ojos corrida hasta las mejillas como un mapache exhausto, y Sol con su eterna sonrisa de monje zen que parece levitar sobre el caos—, Axel pone los ojos en blanco con un suspiro dramático. Su mirada sugiere que acaba de descubrir, con una mezcla de resignación y cariño, que su grupo de amigos no es más que una

