Ecos de Marzo El estruendo de la fiesta de la facultad se sentía como un murmullo lejano, una vibración sorda que golpeaba las paredes del edificio principal pero que apenas llegaba con nitidez hasta nuestro rincón en el césped. Yo los observaba de reojo, manteniendo una pequeña sonrisa críptica en los labios, esa clase de expresión que uno usa cuando se siente espectador de su propia vida. Con un movimiento mecánico y fluido, saqué el celular del bolsillo. La luz fría de la pantalla iluminó mi rostro, contrastando con la calidez de la noche. Al desbloquearlo, el bombardeo fue inmediato. Me encontré con un sinfín de notificaciones acumuladas, una marea digital de spam y mensajes banales que parecían gritar por mi atención. Mis dedos se deslizaron sobre el cristal con una agilidad ensayad

