El Peso de lo Inevitable —Ey, Magdalena... —la voz de Samuel sonó plana, despojada de su habitual ironía. Seguía con la mirada perdida en la lejanía, donde las luces de la facultad parpadeaban como estrellas moribundas—. ¿Tú qué crees que pase después de esto? Le di un mordisco a un gajo de naranja, sintiendo el zumo ácido inundarme la boca antes de responder. —¿A qué te refieres exactamente? —pregunté con una pizca de sorna, intentando alivianar el peso que empezaba a formarse en el aire. Samuel balbuceó algo ininteligible, girando la cabeza lo justo para mirarme de reojo. Sus ojos reflejaban una molestia sorda, esa frustración de quien siente que está gritando una verdad que nadie quiere escuchar. —Tú sabes perfectamente a qué me refiero —soltó, y esta vez no hubo espacio para broma

