Para agravar la situación, como si el universo quisiera añadir una nota de comedia negra al cuadro ya caótico de mi mañana, el teléfono cae. No simplemente cae: se estrella con precisión quirúrgica en la misma zona donde me golpeé con el borde del escritorio, justo en el punto que palpita en mi frente como un tambor desafinado. El impacto es seco, directo, y por un segundo, me quedo paralizada, con los ojos entrecerrados y la boca abierta en una mueca que mezcla dolor, incredulidad y resignación.
—Vaya forma de comenzar el día, Magdalena —me digo a mí misma, con la voz entrecortada, como si al nombrarme pudiera recuperar algo de control sobre el desastre.
Me quedo allí, medio caída, medio incorporada, con el cuerpo aún encorvado por el golpe, y el teléfono vibrando suavemente sobre el suelo, como si no tuviera idea del daño que acaba de causar. Lo observo con recelo, como si fuera un animal herido que podría a****r de nuevo. Ahora, veamos quién ha enviado ese mensaje. Si no es algo relevante, prefiero no responder. No tengo energía para lidiar con trivialidades. Mi frente palpita, mi espalda cruje, y mi dignidad está en algún rincón del garaje, escondida detrás del caballete.
De manera brusca, retiro el celular de mi frente, lo tomo con una mano temblorosa y me coloco boca abajo sobre el suelo, buscando una posición más cómoda para dibujar el patrón de desbloqueo. Es un gesto automático, casi ritual: deslizar el dedo en esa secuencia que conozco de memoria, como si al hacerlo pudiera acceder no solo al contenido del teléfono, sino a una parte de mí que necesita respuestas.
Al desbloquearlo, accedo a la bandeja de entrada. Y ahí está: un mensaje de Axel, mi mejor amigo, mi cómplice, mi hermano elegido. Su nombre aparece en la pantalla con ese apodo que él mismo se puso, como si fuera un personaje de caricatura: "AXILITO MUÑEQUITO
Leo el mensaje con atención:
BB, estoy afuera esperándote. Abre de una vez, que tengo frío.
Lo leo una vez. Luego otra. Y otra más. No porque no lo entienda, sino porque necesito procesarlo. Reflexiono sobre cómo responder. La verdad es que no es que no desee atender a Axel, sino que en este momento me resulta difícil. Estoy tratando de lidiar con el dolor físico de la caída, el impacto con el escritorio, la situación con el teléfono, y todo eso se mezcla con la emoción residual de la pintura que acabo de terminar, con la conversación con mis padres, con la sensación de que el día comenzó con demasiadas capas.
Me quedo unos segundos en silencio, mirando el techo del garaje, que tiene una g****a que siempre me ha parecido una especie de mapa. Me comunico con mi madre por mensaje, pidiéndole que permita la entrada en mi nombre. No tengo fuerzas para levantarme, ni para fingir que estoy bien. Ella responde con un sticker de un pulgar hacia arriba, ese gesto digital que se ha convertido en lenguaje familiar. Lo interpreto como la confirmación de mi solicitud. Considero que eso indica que no tienen inconveniente con ello.
Respiro hondo. Me levanto con precaución del suelo, como si cada vértebra necesitara permiso para moverse. El cuerpo protesta, pero coopera. Me siento en la silla, con el celular en la mano, y reviso una vez más la sección de notificaciones junto con la de mensajes. Y ahí está él. El poeta melancólico. El chico de Noche Blanca. Ese que se comunica conmigo bajo un seudónimo que parece sacado de una novela gótica. Su mensaje no es largo, pero tiene esa cadencia que me atrapa, que me hace sentir que hay algo más allá de las palabras.
Aún siento la misma emoción que experimenté la primera vez que leí sus palabras. Fue como si alguien hubiera abierto una ventana en medio de una habitación cerrada. Pero ahora, con la mente más serena, reflexiono sobre quién podría ser este chico. Lo primero que se me ocurre es que debe ser alguien conocido. No tanto por el contenido de su mensaje, que es siempre enigmático, sino porque mis padres no mostraron sorpresa cuando me mencionaron que alguien me escribía bajo ese nombre. Si se tratara de un desconocido, habrían reaccionado con preocupación, con preguntas, con advertencias hacia este chico y muy posiblemente no me hubiesen dicho nada. Pero no lo hicieron. Lo aceptaron como parte del paisaje.
Me quedo pensando en eso. ¿Quién podría ser? ¿Alguien del colegio? ¿Un amigo de la infancia? ¿Un vecino que ha estado observando desde lejos? Su forma de escribir tiene algo de antiguo, de nostálgico, como si viviera en otro tiempo. Me intriga. Me inquieta. Me atrae. Hay algo en sus palabras que me hace sentir vista, como si pudiera leer entre líneas lo que no digo.
Mientras pienso en él, escucho la puerta del garaje abrirse. Axel entra con su chaqueta de mezclilla, el gorro mal puesto y las manos metidas en los bolsillos. Tiene esa expresión suya de "no me importa nada, pero estoy aquí porque sí", que siempre me ha hecho reír. Me mira y frunce el ceño.
—¿Qué te pasó en la frente? —pregunta, sin saludar.
—Me peleé con el escritorio. Y perdí —respondo, con una sonrisa torcida.