Hay instantes en los que la felicidad se instala sin pedir permiso, como una brisa cálida que se cuela por la ventana y acaricia todo lo que toca. Me siento genuinamente feliz de que a ambos les haya gustado lo que he creado. Sus palabras, sus gestos, esa mirada compartida frente al lienzo, me llenan de una alegría que no necesita traducción. Pero lo que realmente me desarma es lo que dijo mamá: que la pintura podría ocupar un lugar en la pared de la sala. Esa frase, tan sencilla, tiene el poder de convertir mi trabajo en un acto de pertenencia. Me hace sentir que lo que he hecho no solo es válido, sino digno de ser parte del hogar, de la memoria familiar. Sin darme cuenta, sonrío. Es una sonrisa que nace desde el pecho, que se escapa sin permiso, como si mi cuerpo celebrara por sí solo.

