Hay instantes en los que la felicidad se instala sin pedir permiso, como una brisa cálida que se cuela por la ventana y acaricia todo lo que toca. Me siento genuinamente feliz de que a ambos les haya gustado lo que he creado. Sus palabras, sus gestos, esa mirada compartida frente al lienzo, me llenan de una alegría que no necesita traducción. Pero lo que realmente me desarma es lo que dijo mamá: que la pintura podría ocupar un lugar en la pared de la sala. Esa frase, tan sencilla, tiene el poder de convertir mi trabajo en un acto de pertenencia. Me hace sentir que lo que he hecho no solo es válido, sino digno de ser parte del hogar, de la memoria familiar. Sin darme cuenta, sonrío. Es una sonrisa que nace desde el pecho, que se escapa sin permiso, como si mi cuerpo celebrara por sí solo.
Mamá mira a papá. Él recoge el plato en el que había comido, y ella toma una escoba, lista para comenzar su ritual cotidiano de limpieza. Hay algo hermoso en esa coreografía doméstica: el modo en que se mueven juntos, como si compartieran un ritmo secreto. Yo me quedo sentada, inclinándome levemente en la silla, observando cómo ambos desaparecen de mi campo de visión al cruzar la puerta. El garaje se queda en silencio, pero no es un silencio vacío. Es un silencio lleno de ecos, de risas recientes, de palabras que aún flotan en el aire.
Un momento después, el sonido de mi teléfono interrumpe la quietud. Es un mensaje de texto. Mi corazón se acelera un poco. Solo espero que no sea trabajo. No ahora. No en este instante suspendido entre la creación y el descanso. Deseo, con una mezcla de ansiedad y esperanza, que sea el joven de Noche Blanca, ese que me ha estado escribiendo con una voz que parece venir de otro tiempo, de otro mundo. Hay algo en sus palabras que me intriga, que me llama, que me invita a seguir explorando.
Me levanto con pereza de la silla. Lo primero que siento es cómo mi espalda cruje, como si protestara por las horas de inmovilidad. Mis nalgas se despegan de la superficie como una calcomanía que ha estado demasiado tiempo adherida al papel. El sonido es casi cómico, y no puedo evitar soltar una exclamación que mezcla dolor y humor.
—Ishhhhh. ¡Auch! ¡Auch! ¡Auch! ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda! —digo, arrastrando las palabras como si fueran parte de un conjuro para aliviar el malestar.
La sensación es desagradable, como si mi cuerpo se rebelara contra mí. Camino hacia el escritorio encorvada, con una postura que me recuerda a Quasimodo, ese personaje trágico y entrañable del libro de Víctor Hugo. Me siento como él, deformada por el esfuerzo, por la entrega, por la torpeza de quien ha estado demasiado tiempo sumergida en su propio mundo.
Con paciencia, tratando de contener la frustración que amenaza con brotar, me acerco al celular. Mis pasos son lentos, cautelosos, como si el suelo pudiera traicionarme en cualquier momento. Y lo hace. Al pisar un pincel que había caído sin que me diera cuenta, siento cómo el equilibrio se rompe. El cuerpo reacciona tarde. No hay dónde sostenerse. Tropiezo con el escritorio, y antes de poder evitarlo, mi frente se estrella contra el borde de la mesa.
El golpe es seco, inesperado, y por un segundo, todo se detiene. El dolor se instala como una ola que sube desde la piel hasta el cráneo. Me quedo allí, medio caída, con el celular a centímetros de mis dedos, como si el universo se burlara de mí. La escena, aunque torpe, tiene algo de tragicomedia. Podría reírme si no doliera tanto.
Me quedo quieta, respirando hondo, intentando recuperar la dignidad que se me escapó junto con el equilibrio. El garaje, testigo de mi caída, parece guardar silencio por respeto. Y mientras me incorporo lentamente, con la frente palpitando y el cuerpo aún encorvado, pienso que quizás este momento también merece ser pintado: una figura caída, un pincel traicionero, un celular que espera, y una historia que continúa, incluso entre tropiezos.