Él me observa con una sonrisa nerviosa, esa que se forma cuando las palabras se sienten más grandes que la boca que las pronuncia. La acompaña con una risa inquieta, breve, como si lo que está a punto de decir le provocara vergüenza, pero también cierta ternura. Por un instante, me pregunto si mi pregunta fue inapropiada, si toqué una fibra que no debía. Asiento en negación, como si quisiera borrar la curiosidad que me impulsó a preguntar, y retomo mi actividad frente al lienzo, intentando que el silencio vuelva a ser cómodo. Aún no he rozado la superficie con el pincel cuando escucho a mi padre suspirar con desdén. No es un suspiro de molestia, sino de rendición, como si se hubiera dado cuenta de que guardar la historia le pesa más que compartirla. Lo miro de reojo, sin girar del todo, y

