Él levanta las cejas, como si algo dentro de sí se aflojara de golpe, y deja escapar un suspiro largo, casi imperceptible, pero cargado de alivio. No sé exactamente qué lo tranquiliza —quizás mi disposición, quizás el silencio que no se volvió reproche—, pero ese gesto me impulsa a moverme con rapidez. Salgo corriendo hacia la puerta, decidida a traer el caballete lo más pronto posible, como si la urgencia de terminar la pintura se hubiera sincronizado con la necesidad de sostener este momento compartido. Sin embargo, al cruzar el comedor, algo me detiene. No es físico, es más bien una pausa interna, como si el cuerpo recordara que no todo debe hacerse corriendo. Empiezo a buscar el caballete con más calma, dejando que mis pasos se desaceleren, que la mirada se pose con atención sobre los

