Asiento con la cabeza en un gesto mínimo, una capitulación silenciosa que apenas desplaza unos milímetros los mechones de pelo sobre mi frente. Observo la escena con una fijeza casi clínica: papá, atrapado en ese microsegundo de duda, deja escapar ese chasquido de lengua tan característico, un sonido seco que vibra en el aire del comedor como un punto final a nuestra conversación interrumpida. Es su señal universal de rendición, una mezcla de resignación paternal y una complicidad antigua con la mujer que lo conoce mejor que nadie. Mamá no espera a que él cambie de opinión. Lo toma del brazo derecho, justo por encima del codo, con una firmeza que no admite réplica pero que está envuelta en una dulzura líquida, casi imperceptible para quien no la conozca. Es una coreografía ensayada durant

