La puerta del garaje se abre con una suavidad casi coreografiada, como si el aire mismo se apartara para dejar entrar a Axel. Lo observo mientras cruza el umbral con esa sonrisa suya que siempre parece esconder una broma privada, una complicidad que solo él entiende. En una mano lleva una pequeña bolsa de papel, arrugada en las esquinas por el calor del contenido, y en la otra una botella de plástico con refresco, que refleja la luz matinal como si fuera un prisma improvisado. Al pasar por la puerta, la cierra con la punta del zapato, un gesto que ha perfeccionado con los años, como si fuera parte de su estilo personal: práctico, silencioso, casi invisible. Su mirada se dirige de inmediato hacia la pintura. No dice nada al principio, pero sus ojos recorren el lienzo con una atención que m

