Capitulo 7

906 Words
No, no, no, no lo hagas, Magdalena. Si lo haces, ellos se darán cuenta de que... creo que hasta yo misma me enredé con esto. Mi cabeza bulle de pensamientos contradictorios mientras permanezco sentada en la mesa, moviendo la cuchara lentamente sobre los restos de pollo. Hay algo en el aire que no termina de encajar. Mis padres se han vuelto demasiado generosos esta noche. Demasiado... suaves. Hay sonrisas en los lugares donde antes había gestos de supervisión estricta. Hay permisos que antes implicaban interrogatorios. Algo me están escondiendo. Y parece importante. -¿Puedo irme a mi cuarto, papá y mamá? -pregunto con voz de niña buena, esa que usaba cuando tenía cinco años y quería un dulce antes de dormir-. Es que ya me llené y mañana tengo mucho trabajo que hacer. Ambos se miran. Un cruce de ojos, cejas, y un movimiento sutil del cuello. La clase de comunicación telepática que sólo los padres dominan con maestría. Y luego, sin preámbulos, asienten. Al mismo tiempo. Como si lo hubieran ensayado. Los observo con asombro. ¿Qué clase de magia es esta? ¿Están bajo algún hechizo? ¿Han sido reemplazados por versiones alternativas programadas para ser amables? Con una sonrisa victoriosa, me levanto de la mesa y comienzo a recoger los platos con entusiasmo contenido. Quiero parecer útil, pero también saber cuánto puedo exprimir esta nueva dinámica. -¡Magda! Deja eso -interviene mamá con firmeza, como si la cocina fuese ahora zona prohibida para mí-. De eso nos encargamos tu padre y yo. No te preocupes, mejor ve a dormir y llévate a Bartolomé a tu cuarto para que estés más tranquila con él. ¿Qué? ¿Acaso esto es una ilusión? ¿O mientras trabajaba en mi cuarto me cambiaron a mis padres? ¿Y mamá llamó a Bart por su nombre verdadero y no por su apodo "Hael"? Me giro lentamente, como quien quiere verificar si el universo sigue siendo el mismo. Levanto las cejas, hago un puchero suave, y la miro con la pregunta colgada en la expresión. ¿Dónde está la madre que regaña por dejar el grifo mal cerrado, o por el ruido del teclado a las 2 a.m.? ¿Quién es esta mujer dulce que me invita a dormir con mi gato? No sé qué está pasando, pero me gusta. Aprovecho. Dejo los platos en el lavabo a medio lavar, como quien acepta el regalo sin discutir. Me seco las manos con el paño que vive en la gaveta debajo del grifo, lo extiendo en la puerta del mueble (como ella enseñó, con precisión doméstica) y me acerco para darle un gran beso en la mejilla. El abrazo que le doy no es sólo por agradecimiento: es porque su gesto me ha tocado en algún rincón secreto. Me sostiene con cariño, me devuelve un beso sonoro en la frente, y entonces siento que todo lo extraño de esta noche tiene sentido. Papá, por su parte, me saca la lengua con esa expresividad infantil que ambos compartimos en silencio. Yo hago lo mismo, como si volviéramos a ser dos niños jugando a ser adultos. Al separarme de mamá, paso junto a él sin decir nada, pero le dejo un guiño que él devuelve con una mueca exagerada. Y así salgo de la sala, sin mirar atrás, como quien ha escapado del palacio sin que la reina lo detenga. Subo las escaleras rápido, con el corazón encendido. En el tercer escalón está él: Bartolomé. Acostado como emperador, peludo y blanco, con la panza expuesta y esa expresión que mezcla desdén con confianza. -¿¡Miau miau!? -le pregunto como si tuviéramos un idioma propio, mientras le acaricio el costado-. Eres todo un grosero, bolita de pelo. Lo cargo como quien transporta un tesoro tibio. Sus patas cuelgan, su ronroneo es suave y me sigue el juego, como si supiera que hoy estamos en modo secreto. Paso los últimos seis escalones con Bart en brazos, pisando con cuidado para que no se escuchen mis pasos. Sé que van a hablar. Lo intuyo. Algo en esa mirada cómica que me lanzaron hace unos minutos se quedó vibrando en el aire. Me escondo un poco, pegada a la pared del pasillo, justo donde la sombra del biombo me permite espiar sin ser vista. Y entonces, los escucho: -¡Ay, Roberto! Mejor no te metas con esos asuntos de "adolescentes", perdón... jóvenes -dice mamá, con ese tono entre regaño y diplomacia que sólo usa cuando papá ha cruzado una línea invisible. -Además, recuerda que el chico te pidió que no le dijeras nada a Magda, así que si arruinas la sorpresa, tú y yo vamos a tener un problema. Yo contengo el aliento. ¿El chico? ¿El de la nota? -¡Pero por Dios! Sabes muy bien que no soy bueno guardando ese tipo de cosas -responde papá, como si confesara una debilidad universal-. La próxima vez tú atiendes al muchacho, para que no se me escape alguna indiscreción. Tú y yo sabemos, sobre todo tú, que no puedo guardar secretos, y menos si son de este tipo. Mi corazón late como si corriera por dentro. Bartolomé ronronea más fuerte, como si también sintiera la tensión. Lo abrazo con fuerza y cierro los ojos un momento. Al parecer, este misterio tiene raíces más profundas de lo que imaginaba. Y lo mejor es que... aún no lo han arruinado.
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